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RESEÑA DEL FESTEJO |
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FERIA DEL CABALLO - JEREZ 2007 Domingo 13 Mayo - 5ª de feria |
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Faltó el toro
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El toreo de Castella es un pozo sin fondo. De valor, de miedo, de auténtica verdad, fiel al rigor de una quietud que apabulla. Cualquier adjetivo cargado con la verdad de una tauromaquia auténtica tiene cabida en el catálogo inagotable de las formas de este francés recriado en Sevilla. Pero Castella no es Castella si le falta el toro. El toro encastado que trasmite emoción junto con el que delante se la juega con verdad y valor. Y esta tarde, en el epílogo de la feria de Jerez, faltó el toro. Los “Jandillas”, descastados y flojos, no eran animales idoneos para que Castella se los pasase por donde sólo él se los pasa. Ni para que El Cid alcanzara el cénit con su característico toreo zurdo largo y profundo. Ni para que Jesulín se despidiera de su plaza y su gente con la apoteosis del triunfo. Y es que ni siquiera eran toros para Jerez.
Si con el complicado tercero desveló Castella una inagotable capacidad de entrega para solventar el calamocheo y la inconstante embestida del “jandilla”, con el descastado sexto tuvo que tomar el camino del trazo ceñido y despacioso con el que privilegia unas formas de quietud y ligazón capaz de preservar la seguridad y el valor del francés. La faena no tuvo continuidad ni con la derecha ni con la izquierda, pero sí detalles constantes por trasmitir a los tendidos la emoción de lo auténtico. Castella toreo a ambos toros muy despacio de capa. Se arrimó en los finales de faena para asustar con su impresionante quietud, pero esta tarde no asustó. Hoy, y con estos animales desfondados y sin raza, no pudo ahondar en el agujero trágico de su propio toreo. Al final le pidieron la oreja tras la muerte del toro que clausuraba el ciclo. Se hizo fuerte el palco y no la concedió.
Me molestó siempre la expectación que crea Jesús Janeiro, sobre todo por estas plazas de su entorno. Y no sólo por snobismo, sino porque su famoso nombre alabado “urbi et orbi” por fans y especialistas de lo mediático, olía siempre a despedida de fin de curso de alumno aventajado. Hoy Jesulín ha sido otro y su gente, sin aspavientos y tonterías, le ha sabido agradecer la importancia de su toreo. Empleó su privilegiado temple para trazar pases, despegados y desplazados hacia fuera, al noble primero. Y se enfadó para torear más de verdad al cuarto, un manso de salida al que pedían la devolución, y con el que Jesús se inhibió con la capa esperando desde la tronera del burladero que la presidenta ordenara el cambio de tercio.
Pues el manso acudió después a los engaños de Janeiro para que el de Ubrique le templara su embestida, le hilvanara los muletazos con la diestra para redondear una faena, con altibajos, pero con la calidad de unas formas que, de ninguna de las maneras, estaban olvidadas. Incluso se hincó de rodillas en nostálgicos desplantes que revieron momentos pasados de un Jesulín dispuesto y entregado. Su gente le pidió la oreja que triunfante paseó.
El Cid no tuvo su tarde ni suerte con los toros que le tocaron. Quizá algo desganado se comportó con el noble y soso segundo. Algunos muletazos sueltos tuvieron el sello de la verdad de las formas de El Cid. Trasteo medido y mal rubricado con la espada. Al distraído y descastado quinto poco más le pudo hacer. Tan poco, que sólo unos circulares despaciosos y rematados levantaron el alicaído ánimo del público. Le silenciaron lo hecho con su primero y le ovacionaron tras matar de media estocada y descabello.
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TorosComunicacion - Manuel Viera |
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