CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Almería  - 27 Agosto 2009 -

Carisma de Morante, tesón de Perera y pinchazo de Torrealta

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Torrealta (Paloma Eulate). El quinto se jugó de sobrero. Fue corrida de desigual remate. Bien hechos primero, tercero y quinto, que se reventó descaderado en el primer galope y fue devuelto. Feote el sobrero, muy cabezón. Terciados los otros dos. Dieron juego los dos bien hechos. Se vino abajo un segundo muy sangrado; se aplomó el cuarto; manseó mucho el sobrero; punteó y se rajó el sexto. Para los cuatro toros de mala nota hubo palmas de tango y, en el arrastre, pitos.

ESPADAS:

Morante de la Puebla, de rosa y oro, saludos en los dos.

José María Manzanares,
de cobalto y oro, saludos en los dos.

Miguel Ángel Perera, de verde botella y oro, una oreja y saludos.

INCIDENCIAS

5ª de feria. Caluroso. Tres cuartos de plaza.
Notables con las banderillas Juan José Trujillo, Luis Blázquez, Joselito Gutiérrez y, de manera particular, Curro Javier. Todos ellos saludaron montera en mano. Rica salida del torero de la Puebla, una valiente faena del torero extremeño con el toro de mejor aire, machacón Manzanares y pitos fuertes para cuatro toros en el arrastre

Video resumen del festejo

Con Morante se pudo paladear en el primer turno su sentido del toreo, tan privativo. Como si se sorbiera según lo decía y hacía el torero de la Puebla, encajado como a plomo, ingrávida firmeza, sutil imaginación. Un toro ensabanado y capirote, de pinta mosqueada, calcetero. Como tantos toros calzados, dio impresión de embestir a veces a saltos. Morante lo manejó de capa suavemente. Delicado asiento en lances de compostura natural. Por la mano izquierda, que fue la mano buena del toro. Y una faena improvisada y discurrida, de mimosa melodía, es decir, con su propia música y no con la de la banda de los músicos.


Los tiempos de la faena, rota con espléndidos ayudados por alto de cargar la suerte, parecieron caprichosos. No lo eran. Ni las pausas ni los engarces, ni las transiciones, ni las salidas, ni las llegadas. Ni los remates de alta escuela: a pies juntos, por delante, un ensortijado molinete, otro horizontal. Una dejada de toro soberbia. No rompió el toro, encastado pero encogido. Que no remataba viaje pero tuvo nobleza. Le dio confianza Morante. Una estocada desprendida. El eco de la faena fue menor que su rico sabor. El calado, menor también que su riqueza de registros. O que su repertorio, siempre a punto.


Después de arrastrado el toro, Morante pareció sufrir una bajada de tensión y tuvo que refrescarse. Hacía mucho calor. No llegó a recobrar Morante su color natural en toda la corrida. Pero no le abandonaron las musas. Ni cuando tuvo que cortar en banderillas al tercer toro de corrida, con un precioso lance por alto. Ni luego, después de la copiosa merienda de casi media hora que es rito sagrado en Almería. Pues al cuarto de las tarde, que no iba a durar apenas, lo toreó a compás en el saludo, las manos altas, lances enroscados, y en un primoroso quite sellado por esa gotita de torpeza tan torera en algunos casos. El de Morante, por ejemplo. Los diez o quince muletazos que tuvo vivo el toro se los pegó Morante sin aliviarse ni esforzarse. Redonda facilidad. La silueta de un molinete. Cuando el toro se sentó o claudicó por segunda vez o se aplomó,

 Morante tiró tres lindas líneas, cambio de espada y enterró una estocada caída.
Pese a presencia de tanto peso como la de Morante, el torero premiado, y con méritos, fue Perera. Y el protagonismo vino a caer, según plebiscito sonoro, sobre los toros de Torrealta. Y no para bien. El destino se torció cuando la corrida estaba en un dos-dos. Dos toros de buen juego, primero y tercero; y otros dos, de pajuna flaqueza, que parecieron hermanos en todo. Las hechuras del quinto, colorado, largo y ancho, bajo de agujas, bien armado, eran impecables. Espléndido el galope. En la primera carrera se reventó. Se puso en pie. Casta. Pero estaba roto de caderas y no apoyaba las manos. ¡Lástima!


El sobrero, con cuajo de charolés, no dio una. Ni sobado por Perera pudo el sexto salvar los muebles. Se enfadó la gente. No con los toreros. A Manzanares, aburrido con su lote, lo jalearon cuando se estiró o pareció estirarse. A Perera supieron verlo cuando se encajó y se puso, firme de verdad, con el toro mejor de la corrida. Una tanda de cambiados por alto en la distancia. La fórmula Perera. Dos series por la derecha bien trabadas, largas, mandonas. Dos por la zurda, péndulos, circulares. Y cuando el toro tomó las de Villadiego dos veces, una estocada tendida. La misma firmeza con el sexto, que se dejaba por la izquierda y protestaba por la otra. Y por la otra se puso Perera en apuesta que terminó en tablas. Una estocada, muchos pañuelos. No suficientes.



Colpisa - Barquerito

 

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