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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis
toros de Torrealta (Paloma Eulate). El quinto se
jugó de sobrero. Fue corrida de desigual remate.
Bien hechos primero, tercero y quinto, que se
reventó descaderado en el primer galope y fue
devuelto. Feote el sobrero, muy cabezón. Terciados
los otros dos. Dieron juego los dos bien hechos. Se
vino abajo un segundo muy sangrado; se aplomó el
cuarto; manseó mucho el sobrero; punteó y se rajó el
sexto. Para los cuatro toros de mala nota hubo
palmas de tango y, en el arrastre, pitos.
ESPADAS:
Morante de la Puebla, de rosa y
oro, saludos en los dos.
José María Manzanares, de cobalto y oro, saludos en los dos.
Miguel Ángel Perera, de verde
botella y oro, una oreja y saludos.
INCIDENCIAS
5ª de feria. Caluroso. Tres cuartos de
plaza.
Notables con las banderillas Juan José Trujillo, Luis Blázquez,
Joselito Gutiérrez y, de manera particular, Curro Javier. Todos
ellos saludaron montera en mano. Rica salida del torero de la
Puebla, una valiente faena del torero extremeño con el toro de mejor
aire, machacón Manzanares y pitos fuertes para cuatro toros en el
arrastre
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Con Morante se
pudo paladear en el
primer turno su
sentido del toreo,
tan privativo. Como
si se sorbiera según
lo decía y hacía el
torero de la Puebla,
encajado como a
plomo, ingrávida
firmeza, sutil
imaginación. Un toro
ensabanado y
capirote, de pinta
mosqueada,
calcetero. Como
tantos toros
calzados, dio
impresión de
embestir a veces a
saltos. Morante lo
manejó de capa
suavemente. Delicado
asiento en lances de
compostura natural.
Por la mano
izquierda, que fue
la mano buena del
toro. Y una faena
improvisada y
discurrida, de
mimosa melodía, es
decir, con su propia
música y no con la
de la banda de los
músicos.
Los tiempos de la
faena, rota con
espléndidos ayudados
por alto de cargar
la suerte,
parecieron
caprichosos. No lo
eran. Ni las pausas
ni los engarces, ni
las transiciones, ni
las salidas, ni las
llegadas. Ni los
remates de alta
escuela: a pies
juntos, por delante,
un ensortijado
molinete, otro
horizontal. Una
dejada de toro
soberbia. No rompió
el toro, encastado
pero encogido. Que
no remataba viaje
pero tuvo nobleza.
Le dio confianza
Morante. Una
estocada
desprendida. El eco
de la faena fue
menor que su rico
sabor. El calado,
menor también que su
riqueza de
registros. O que su
repertorio, siempre
a punto.
Después de
arrastrado el toro,
Morante pareció
sufrir una bajada de
tensión y tuvo que
refrescarse. Hacía
mucho calor. No
llegó a recobrar
Morante su color
natural en toda la
corrida. Pero no le
abandonaron las
musas. Ni cuando
tuvo que cortar en
banderillas al
tercer toro de
corrida, con un
precioso lance por
alto. Ni luego,
después de la
copiosa merienda de
casi media hora que
es rito sagrado en
Almería. Pues al
cuarto de las tarde,
que no iba a durar
apenas, lo toreó a
compás en el saludo,
las manos altas,
lances enroscados, y
en un primoroso
quite sellado por
esa gotita de
torpeza tan torera
en algunos casos. El
de Morante, por
ejemplo. Los diez o
quince muletazos que
tuvo vivo el toro se
los pegó Morante sin
aliviarse ni
esforzarse. Redonda
facilidad. La
silueta de un
molinete. Cuando el
toro se sentó o
claudicó por segunda
vez o se aplomó,
Morante
tiró tres lindas
líneas, cambio de
espada y enterró una
estocada caída.
Pese a presencia de
tanto peso como la
de Morante, el
torero premiado, y
con méritos, fue
Perera. Y el
protagonismo vino a
caer, según
plebiscito sonoro,
sobre los toros de
Torrealta. Y no para
bien. El destino se
torció cuando la
corrida estaba en un
dos-dos. Dos toros
de buen juego,
primero y tercero; y
otros dos, de pajuna
flaqueza, que
parecieron hermanos
en todo. Las
hechuras del quinto,
colorado, largo y
ancho, bajo de
agujas, bien armado,
eran impecables.
Espléndido el
galope. En la
primera carrera se
reventó. Se puso en
pie. Casta. Pero
estaba roto de
caderas y no apoyaba
las manos. ¡Lástima!
El sobrero, con
cuajo de charolés,
no dio una. Ni
sobado por Perera
pudo el sexto salvar
los muebles. Se
enfadó la gente. No
con los toreros. A
Manzanares, aburrido
con su lote, lo
jalearon cuando se
estiró o pareció
estirarse. A Perera
supieron verlo
cuando se encajó y
se puso, firme de
verdad, con el toro
mejor de la corrida.
Una tanda de
cambiados por alto
en la distancia. La
fórmula Perera. Dos
series por la
derecha bien
trabadas, largas,
mandonas. Dos por la
zurda, péndulos,
circulares. Y cuando
el toro tomó las de
Villadiego dos
veces, una estocada
tendida. La misma
firmeza con el
sexto, que se dejaba
por la izquierda y
protestaba por la
otra. Y por la otra
se puso Perera en
apuesta que terminó
en tablas. Una
estocada, muchos
pañuelos. No
suficientes.
Colpisa -
Barquerito