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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de Domingo
Hernández, bien presentados, de juego desigual.
Nobles los dos primeros, que fueron los mejores.
Mansearon los otros cuatro.
ESPADAS:
Luis Francisco Esplá, que sustituyó a
El Fundi, de azul turquí y oro, saludos y una oreja.
El Juli, de violeta y oro, oreja y dos orejas.
Sebastián Castella, de escarlata y oro,
silencio y saludos.
INCIDENCIAS
6ª de feria. Calor. Tres cuartos de plaza. Una oreja
para la más redonda de sus dos faenas y sólo una para otra de
inteligencia y técnica pero de menor relieve. Despedida cariñosa y
lesión leve de Esplá. Cumple Castella
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La ronda de
despedidas y
reapariciones de
Esplá hizo escala en
Almería. Y aquí oyó
el grito de rito:
“¡No te vayas…!” Una
manera de decir “te
quiero”. Esplá no se
escondió. Se dejó
ver y sentir. Toreó
de capa con ligero
donaire, lidió sin
secretos toros que
no lo tenían, puso
seis pares de
banderillas de
tantos recursos como
facultades y acierto
y, luego, les dio
candela y cuartel a
dos animales
distintos. Humo. Un
cuarto muy rajadito
que en tablas tomó
el engaño de
doméstica manera. Y
un primero demasiado
bondadoso,
claudicante, la boca
abierta al quinto
viaje. Como si
tuviera sed.
Los galleos de
brega, un quite por
delantales, una
larga florida y más
floreos, una tanda
de costadillo, los
derechazos de muleta
apaisada, un par de
rebuscados
molinetes, una
inefable sonrisa
cómplice: Esplá. Al
atacar con la espada
al cuarto, sufrió un
violento desarme. La
luxación de un dedo
de la mano
izquierda. Con gesto
de dolor pero feliz
se despidió Esplá de
Almería. Una oreja
del cuarto. Tomó un
puñadito de arena y
la besó. Y se fue
para la enfermería.
La víctima del toro
de la despedida
había sido poco
antes Aurelio
García, picador de
categoría, decano en
activo de todos los
gremios del toreo.
Casi caballero
andante. No fue que
el cuarto derribara
sino que un caballo
sabiondo se le cayó
encima y, contra
tablas, estuvo a
punto de aplastarlo.
Por su pie se
levantó Aurelio,
pero, entre
barreras, parecía
pálido y muy
dolorido. Se lo
llevaron a un
hospital. El toro,
después de soltarse
del caballo, llevaba
arriba un puyazo
perfecto.
La corrida tuvo de
actor mayor a El
Juli todopoderoso y
rotundo. Dos toros
distintos, dos
faenas diferentes,
encendidas sin
pausas, a pulso
labradas, más o
menos redondas. Dos
trasteos de capa de
elocuente seguridad,
una generosa
presencia en quites,
la autoridad
acostumbrada. Y la
garra. No toda la
fiereza de El Juli.
Pero la suficiente.
El primero de sus
toros, bien
sangrado, se empleó
con codicia. Le
faltaba la chispa de
un impulso más.
Acusaría los ocho
lances de manos
bajas con que, en
línea, lo domó de
salida El Juli, que
dibujó bellísima
media y, tras ella,
una larga y lo que
iba a haber sido una
brionesa. No dio
para tanto el toro,
que enterró los
pitones en un quite
y estuvo a punto de
sentarse, no
echarse.
El Juli tiró de él
con temple sabio.
Muletazos enteros,
con todos sus
tiempos, y en las
dosis que pedía el
toro. Despatarrado
al citar El Juli con
la derecha.
Habilidoso para, con
la zurda, hacer de
la necesidad virtud.
La necesidad de
torear casi al hilo
del pitón. La virtud
de sacarse el toro
por donde dispuso. A
toro rendido,
vinieron por su
orden los muletazos
de trenza, los
circulares ligados
con el farol y el de
pecho. Y vino, sobre
todas las cosas, que
tantas fueron, una
estocada memorable.
Sin puntilla el
toro. Un poco
refractaria la
clientela al
principio. Entregada
luego. Se pidió la
segunda oreja. Se
puso rácano el
palco.
Con dos orejas se
premió la segunda
faena, que fue de
menor calado,
contenido y
ambición. Toro
rajado. Lo sujetó El
Juli con recursos de
torero largo. No
todo el mundo es
capaz de sujetar un
toro así. Sin
carreras ni
pisotones. Entre
pitones El Juli se
columpió, se abrió
cuando se le antojó
y, listo, le pegó en
la suerte contraria
al toro media
lagartijera. Que
bastó. Del largo
patrimonio de toreo
de capa puesto esta
vez en el
escaparate, lo más
hermoso fueron
cuatro lances a pies
juntos para saludar
al quinto, y dos
largas sencillamente
espléndidas. El toro
fue toreado hasta el
último hilo del
capote.
El tercero fue un
toro rajado del
todo, mansote de
pésima nota. Una
porfía larga de
Castella. Esfuerzo
vago y en vano. El
sexto, bizco, bien
armado, fue toro de
alborotar. Se vino
abajo, se deslumbró,
empezó a perderse.
Otra vez la visión
porfiota del
Castella
inalterable. Un poco
autómata.
Colpisa -
Barquerito
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