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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Cuatro toros de Hermanos García Jiménez (Matilla) y
dos de Toros de la Reina, (José Miguel Arroyo) que
se jugaron de primero y segundo. Este segundo, muy
brocho, fue de un son extraordinario. Noble el
primero. De los cuatro jandillas de los Matilla, de
variadas hechuras, dieron muy buen juego el quinto,
de amplia cuna, y el sexto, bien rematado. Se rajó
de mansito el tercero; manejable el cuarto.
ESPADAS:
El Cordobés, de añil y
oro, ovación y una oreja.
El Cid, de Burdeos y oro,
saludos tras un aviso y dos orejas.
El Fandi, de negro y
plata, una oreja y silencio.
INCIDENCIAS
7ª de feria. Casi lleno. Caluroso.
Segundo de la tarde, completaba una corrida de los Matilla.
Espectáculo fácil, El Cordobés en su papel, premios de tómbola,
facultades de El Fandi, un esbozo de El Cid.
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La corrida que cerró
feria en Almería se
avino a su patrón de
espectáculo popular.
Casi lleno. Lo pasó
de maravilla la
inmensa mayoría. Más
calentita la gente
de sol, y la de
sombra, después de
la bien regada
merienda. Entrega
incondicional: se
pidió música, sonó
mal que bien, se
palmearon los
pasodobles. No pudo
lidiarse entera la
corrida de los
Matilla. La
completaron dos
toros de uno de los
dos hierros de
Joselito. El de
Toros de la Reina.
Entre unos y otros
se acabó lidiando
una escalera.
Amplios de cuna y
sienes los dos
últimos de corrida.
Con sus puntas pero
sin imponer más que
lo justo dos toros
colorados que se
lidiaron justo antes
y después de la
merienda cena.
Los dos de Joselito
se jugaron por
delante. Porque eran
muy brochitos. Sobre
todo, el segundo,
que se llamó
Mordedor. Número 14.
530 kilos, negro
zaino. Fue un toro
de son
extraordinario. Un
puyazo muy trasero,
dos estrellones
contra un burladero
antes de arrancar el
baile, charcos de
sangre donde se
posaba. No importó.
Temple y compás,
velocidad de
crucero, una manera
de descolgar y
repetir nada común.
La nobleza ideal,
porque el toro no
fue exactamente
pastueño. Y un
borroncito: irse a
tablas muy a última
hora.
Los toros de tal
calidad son, tanto
como los fieros,
capaces de encender
un espectáculo. Y
esta corrida tan
festiva se encendió
todavía más de lo
que estaba antes de
empezar. Y ya
empezada, porque
también el primero
de los dos toros de
Joselito salió
bueno, se sobrepuso
a un puyazo trasero
de los de aquí se
acabó la película y
hasta hizo en algún
que otro viaje el
avión. Planear
planeó el segundo.
Pero ese primero
tenía también las
alas puestas. El
Cordobés no se salió
de su norma:
muletazos y lances
algo eléctricos,
dominio de la
situación,
desplantes, toreo de
costadillo por
delante, molinetes,
seguro gobierno al
hilo del pitón. El
Cid se puso con el
gran toro sin
encontrar ni el
punto ni el pulso.
No llegó a ligar en
serio una tanda. Ni
a esconderse tampoco
ni a perderse. Los
pases cambiados de
remate fueron de
buen aire. Mejor que
los embroques. El
final por circulares
fallidos y
desplantes sin mayor
equilibrio no hizo
justicia al toro. Un
pinchazo, una
estocada trasera,
iba a acularse el
toro en tablas, un
aviso y un
descabello. El Cid
se resistió a salir
a saludar. Pero no
pudo negarse. Adiós,
toro de la feria.
Los clientes de El
Fandi estaban
esperando sin
disimulo a su
torero. Dos largas
cambiadas de
rodillas en el
tercio para recibir
al tercero de la
tarde. Ahí estaba.
El Fandi, ardor
guerrero, manejo
convencional del
capote hasta la hora
de rematar saludo
con media de
rodillas. Y de
aguantar de esa
guisa lo que iba a
ser y no fue un
ataque del toro. Se
tronchó la vara de
picar en el primer
puyazo, se quedó
crudo el toro, y
mejor porque no le
llegaba el aire, y
El Fandi se explayó
en quite mixto de
chicuelinas y
tafalleras, ni
buenas ni malas.
Tres pares de
banderillas. De
trueno. Y una faena
veloz. De torero
listo y capaz. Listo
para librar las
sacudidas más que
embestidas del toro.
Y armarlas. Astuto
para, en uve o por
fuera, engañar al
toro por la mano
izquierda. Una
estocada tendida.
Se había levantado
mucho polvo en la
primera mitad de
corrida y, según
costumbre, se regó
la plaza mientras se
abrían tarteras y
cajas de pasteles. Y
se descorchaba fino
y champán. Se pudo
ver que uno de los
grandes artistas de
Almería es el señor
que riega la plaza.
No se puede regar ni
mejor ni con más
arte. Ni con más
diligencia. Sentido
ecológico: muy
administrado el
chorro, con la mano
se hacía sifón.
Quedó el piso
perfecto. No tan
primorosos los
areneros: los
charcos de sangre
del segundo toro se
quedaron donde
estaban antes del
riego.
Segunda parte.
Capítulo primero: El
Cordobés a tope.
Manos altas, lances
movidos de cine
antiguo, un cuerpo a
cuerpo, tres saltos
de la rana cuando lo
exigió el guión, un
espadazo y una
vuelta al ruedo que
no se la salta un
gitano. Casi cinco
minutos. Clamoroso.
Capítulo segundo: el
más serio toro de
los cuatro de
Matilla, y el de
mejor son. Y un
esfuerzo de El Cid,
de dar cuanto pudo,
de sujetarse como
fuera. Perdiendo
pasos por sistema,
sin redondear, pero
en los medios, a
tiro del toro, en la
diana, en cuclillas
o en la vertical
severa. Todo bajo
control. Muchos
paseos. Y una
estocada cobrada con
la izquierda que fue
un golpe de sorpresa
para la mayoría. Una
estocada caída. Pero
letal. Dos orejas.
Con tan embalado
reparto, salía una
cuenta clara: El
Fandi cortaría al
sexto el rabo. No.
Muchos pinchazos,
casi un aviso. Y
antes de eso, sí:
lances de rodillas,
no tres sino cuatro
pares de
banderillas, y el
mejor fue el cuarto,
rodillazos para
abrir faena, el
sitio justo para que
el toro pasara por
allí, molinetes,
idas y venidas. No
parecía creérselo
demasiado ni el
propio Fandi. Luz
artificial durante
la última media hora
de corrida. La
contradicción más
palmaria: en la
ciudad con más bella
luz natural de
Mediterráneo
español, tres toros
bajo los focos.
Colpisa -
Barquerito
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