José Tomás, una cosecha de
orejas, pero no una tarde redonda
FICHA DEL FESTEJO
TOROS:
Toros de tres hierros.
Astifinos los seis, bien rematados. 1º, de Núñez del
Cuvillo, frágil, noble; 2º, de El Pilar, un punto
incierto, de menos a más, la cara alta; 3º, de
Victoriano del Río, de buen son; 4ª, de El Pilar,
con ritmo y calidad; 5º, de Victoriano del Río, de
carril pero rajadito al cabo; 6º, de Núñez del
Cuvillo, muy bondadoso, pero apagado.
ESPADAS:
José Tomás, único espada, de verde musgo y
oro. Silencio, una oreja, oreja tras un aviso, dos
orejas tras un aviso, oreja y palmas.
INCIDENCIAS
Ambiente de
triunfalismo desbordado en la corrida de Barcelona
que el torero de Galapagar toreó como único espada,
desinteresadamente y en gesto de sesgo político. Una
ovación de gala al asomar por la puerta de
cuadrillas José Tomás. Casi dos horas y media de
festejo. Corrida a beneficio de una Fundación José
Tomás en proceso de constitución.
Mejor o peor
calculado,
el capricho
de José
Tomás fue
torear este
año en
Barcelona
una sola vez
pero seis
toros de un
golpe. Dos
de Cuvillo,
que es el
ganadero de
cámara; dos
de El Pilar,
para que
hubiera ese
regusto
denso
imprescindible
en las
corridas de
único
espada; y
dos más de
Victoriano
del Río, que
se apunta a
las grandes
apuestas y
no siempre
para bien.
Sí en esta
baza.
La corrida
fue muchas
cosas.
Primero, un
enredo con
trasfondo
político,
porque, con
el gesto de
torear a
solas,
desinteresadamente
y a plaza
del todo
abarrotada,
José Tomás
se convertía
nada
ingenuamente
en una
bandera: la
que defiende
que no
prospere en
el Parlament
de Catalunya
una
iniciativa
legal que
pretende la
abolición de
las corridas
de toros en
Barcelona.
El ambiente
estuvo, por
tanto,
incondicionalmente
de parte del
torero de
Galapagar,
que no cuajó
ninguno de
los seis
toros ni de
capa ni de
muleta, ni
mató con
rigor a
ninguno de
los seis,
pero anduvo,
en cambio,
valiente,
entregado,
rendido y
firme con
los seis.
Luego y
antes, la
corrida fue
y era un
desafío
inopinado:
el
dramatismo
del toreo
patrón de
José Tomás
–encaje,
ajuste,
emoción,
riesgo,
soledad,
abismamiento,
temeridad-
no se presta
a la
abundancia,
sino que
exige
justamente
lo
contrario.
Dos toros de
una corrida
de seis.
Y un torero
por delante:
ha sido la
norma desde
el día de su
reaparición
hace dos
años en
Barcelona y
en una
corrida de
acento,
digamos,
patriótico.
Aquélla lo
fue, y mucho
más. No
había ni
tres docenas
de
vociferantes
antitaurinos
silbato en
boca y en
una micro
manifestación
mal
escenificada
en la acera
de la calle
Marina,
frente a la
obtusa mole
de la
Monumental.
Eran más los
vigilantes
que los
vigilados.
Más también
las pintadas
antitaurinas
por la
ciudad que
los carteles
pegados
celebrando
la fiesta.
Un cartel de
tres tintas,
con un
memorable
golpe de
negros y
rojos, y la
imagen de un
toro hombre
u hombre
toro, no un
minotauro,
sino una
idea
bastante
feliz. Como
el capricho
de José
Tomás y sus
ganaderos
predilectos.
El ‘casi’
fue la clave
No fue
corrida a la
carta. Casi.
Pero el casi
fue la clave
del asunto:
el segundo
de corrida,
un toro
pobre de
cara de
Moisés
Fraile,
montado,
ancho el
cuello, le
hizo a José
Tomás sudar
la gota
gorda. Por
falto de
fijeza en
principio,
por hacer
hilo o por
atacar sin
resolverse
con
claridad. La
cara alta,
no
descolgaba
el toro. Ni
llegó a
hacerlo
cuando al
fin se
aguantó en
los reclamos
y se decidió
a pelear
arrebatado.
De los seis
trabajos de
José Tomás
éste fue el
de más
difícil
solución,
porque no
resultó
sencillo ni
tragarle al
toro ni
gobernarlo
ni poderle.
Ni estar tan
entero con
él después
de dos
avisos en
los que José
Tomás estuvo
a punto de
ser
arrollado.
La serenidad
de José
Tomás fue la
propia, la
suya: de
escalofriante
sangre fría.
La tanda en
que quedó el
toro
sometido fue
la guinda
más ácida de
todo este
menú tan
preparado.
Una soberbia
serie con la
zurda al
quinto de
corrida, un
pastueño y
desbocadito
toro puro
algarra de
Victoriano
del Río,
resultó más
rica en
temple,
composición,
belleza,
trama y
ligazón.
Pero también
ese toro
quinto fue
el más dulce
en cata,
lengua y
paladar. El
toro de
Moisés
Fraile dejó
huella. Es
decir, dejó
a José Tomás
cansado. Y
se percibió
claramente.
Hacía,
además,
mucho calor.
Y José Tomás
no paró de
estar en la
cara de los
toros, de
todos. De
intentar
torearlos de
capa con
desigual
fortuna pero
abundante
repertorio:
al lance, a
la verónica,
al delantal,
por
chicuelinas,
gaoneras,
largas
cambiadas de
pie y hasta
una de
rodillas,
medias,
faroles,
caleserinas.
Pero faltó
templarse de
verdad con
un toro.
Traérselo en
los vuelos.
Las
emociones
mayores
vinieron en
los cites de
largo y en
embroques de
sobresaliente
firmeza: con
el primero
de los dos
toros de
Victoriano,
tercero de
corrida, que
galopó con
lindeza,
pero le pegó
a José Tomás
una
voltereta
terrible;
con el
cuarto, de
El Pilar,
que sacó son
profundo y
protestaba
si no iba
toreado del
todo, y pasó
eso; y con
el quinto,
de
Victoriano,
que, siendo
bondad en
rama como la
canela, le
pegó dos
volteretas
en errores
de cálculo.
No perfidia
del toro.
Todas las
faenas
tuvieron
cierto
desorden y
también
sentido de
la
improvisación,
más
exigencia
personal que
imaginación,
más sentido
del riesgo
que
recursos.
Siempre el
hilo del
torero
tenaz, que
tanto
apostaba.
Las orejas,
a golpe de
pañuelo,
cayeron por
su peso. El
clima de
apoteosis,
sin embargo,
no fue ni el
del año
pasado ni el
del
anterior.
Los dos
toros de
Cuvillo,
elegidos con
lupa, fueron
de pasta
flora. Pero
José Tomás
no puso
tener al
primer tan
en pie como
se debía. El
sexto, que
era de
llevárselo
envuelto, se
encontró al
torero de
Galapagar
desfondado.
No a su
gente, que
jaleó con
alboroto una
serie de
manoletinas
y un chusco
abanico.