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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de Victoriano
del Río. El segundo,
sobrero. De desigual
remate, corrida de
generoso perfil. De
espléndido remate
primero y quinto, que
fueron, uno en bravo y
otro en bueno, los de
mejor nota. Al quinto lo
premiaron con la vuelta
al ruedo. El sobrero fue
nobilísimo. El tercero,
el más terciado, salió
listo. El cuarto, mirón
pero noble, dio juego en
buenas manos.
Deslumbrado por los
focos, el sexto, noble
también, no llegó ni a
fijarse ni a rajarse.
ESPADAS:
El Juli, de
nazareno y oro, oreja
con petición y oreja.
Manzanares, de
carmín y oro, dos orejas
y dos orejas tras un
aviso.
Cayetano, de azul
prusia y oro, ovación en
los dos. Un gran
par de Trujillo al
quinto.
INCIDENCIAS
Tres sobresalientes
toros de Victoriano del
Río, El Juli soberbio y
rotundo en dos versiones
distintas, a placer
Manzanares con gran
lote, sin fortuna
Cayetano.
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El prólogo fue muy emocionante. Al final del paseíllo, y bajo
el palco de presidencia, cuadrillas y dependencias se
destocaron, la gente se puso en pie y se guardó un riguroso
minuto de silencio para honrar la memoria de Francisco Rivera “Paquirri”.
Su hijo Cayetano, con brazalete de luto, era de esta partida. La
ovación, tras el silencio y el rompan filas, fue tan fuerte e
intencionada que El Juli, percatado de lo que suponía, hizo
salir a Cayetano a saludar. Por él y por su difunto padre iban
las palmas en catarata, cariñosísimas. Cayetano sacó con él a
Julián y a Manzanares.
Por megafonía se había anunciado la intención de conmemorar con
ese minuto de respeto los veinticinco años de la muerte de
Paquirri en Pozoblanco y se recordó, de paso, el detalle casi
olvidado de que fue en la Monumental de Barcelona donde Paquirri
tomó, en 1966, la alternativa. Estalló una ovación de trueno aún
mayor cuando, antes de soltarse el tercero de corrida, Cayetano
se fue a esperarlo a porta gayola. Una suerte que Paquirri
protagonizó tantas veces y transformó hasta darle un sello
personal. El gesto de Cayetano provocó un vuelco de corazón.
Ese toro, suelto de la larga cambiada de recibo, fue el garbanzo
negro de una más que notable corrida de Victoriano del Río. Con
ella brillaron, de un lado, el poder, el saber y el querer de El
Juli en astronómica tarde; de otra, el sentido plástico, y el
temple o el poderío más que la pureza de Manzanares. Con los
focos encendidos, no lució lo esperado el sexto, que derribó y
salió del derribo encelado y desgobernado. Cayetano, por tanto,
no tuvo suerte. No fue mal toro ese sexto, pero no tuvo ni las
calidades del quinto, de extraordinario son, ni el bravo fondo
del primero. Ni siquiera la formidable bondad del sobrero que se
jugó de segundo. Ni tampoco las dificultades del cuarto, que no
fue sencillo de torear.
Ni imposible. Pero estaba El Juli al aparato y capaz fue de
hacerle hasta dos faenas a ese toro que se encampanaba a la
salida de suerte por sistema y que, encampanadito, le miraba al
torero las hombreras. Tenía torcida la cabeza, embestía muy
despacito porque no tenía golpe de riñón y se lo pensó más de
una vez a mitad de suerte. El Juli había sido una especie de
chorro de sangre caliente con el bravo primero de corrida, pero
ahora apareció su versión de sangre fría, que es tan original
como la otra. Despatarrado con la mano derecha, a pies juntos
con la izquierda, siempre en los medios, ni un muletazo de más
ni de menos, una genial improvisación de trinchera transformada
en molinete, cambios de mano, péndulos cuando se resistió el
toro, gran pulso, ni un enganchón, y el pulso para convertir lo
que eran medias embestidas iniciales en viajes completos.
Las dos faenas de más ricos recursos de cuantas se vieron fueron
las dos de El Juli. Y de las dos, la más compleja, esta segunda.
Su final, un sorprendente telonazo en las rayas previo a tres
toques para encontrar la igualada. Media estocada y un
descabello sin dilación. La primera fue más pasión en catarata.
Toda en los medios, que es donde estuvo puesto El Juli tras seis
largos muletazos por debajo de tanteo y asiento. El toro, sardo
y berrendo, muy serias las puntas, de pies ligeros, atacó en
chorro disparado. Cuando se desataba, lo ataba El Juli a base de
enganches y toques. Y de mano baja. Ligado, bien medio toreo. La
gente, entregada con El Juli desde el principio, celebró los
lances de saludos templados y un ajustadísimo quite por
chicuelinas. Y coreó con fiebre cada uno de los pasajes de esa
faena tan poderosa y tam abundante, tan seguida, tan sin pausas,
rematada y redonda. Un estoconazo algo ladeado. De muerte lenta.
La acompañó El Juli con distinción. Se pidió una segunda oreja.
Se la negó el palco, que luego se las regaló a Manzanares sin
motivo mayor. El palco estaba con Manzanares. O eso parecía.
Precipitadamente fue devuelto el segundo de corrida, que no
llegó ni a caerse ni a poder sangrar en el caballo. El sobrero
fue un bollito bueno. Salpicado y capirote, cornicorto y
gordinflón, se empleó fijo en varas y embistió con franqueza y
son. Manzanares le pegó muchos muletazos de gran ritmo. Mejor el
ritmo de los muletazos que los de las tandas, porque Manzanares
perdió pasos siempre y no llegó nunca al cuarto ligado.
Exageradamente tapado el toro en cada toma, como si no hubiera
muletazos nuevos. Un poco bruscas las salidas de la cara. Una
estocada sin puntilla.
Al gran quinto lo recibió Manzanares con lances de corto vuelo.
Renunció al quite a pesar de que el toro lo tenía y se fue
enseguida a los medios, donde pedía el toro. No siempre cargada
la suerte, no siempre traído el toro por delante y en la mano,
hermosamente rematados algunos muletazos, lentísimos a veces,
enganchados otros, una faena desordenada. No mala, Tampoco a la
altura del toro, que calentaba a cualquiera. Una estocada
contraria y sin muerte, Manzanares renunció a descabellar y dio
la impresión de que era el miedo a no acertar, y el toro tuvo
inmerecida muerte: como si barbeara las tablas o se acostara en
ellas. El palco lo premió con dos orejas. Generosamente.
Cayetano, avisado por el tercero en dos aviesos viajes, quiso en
serio con el último antes de que se le fuera. Y después. Majeza
y gitanería, puro clasicismo en el toreo de traer, mecer y
soltar. Gran encaje. Finura. Una estocada. Lo despidieron con
mucho afecto. A hombros El Juli y Manzanares
Colpisa - Barquerito |