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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis
toros de Núñez del
Cuvillo. El segundo bis
–quinto de sorteo-,
premiado con la vuelta
al ruedo. Toro de tanto
corazón como nobleza.
Corrida de juego y
remate desiguales. El
sexto apenas pudo verse
pero hizo cosas de gran
toro. Se paró el
primero; se empleó el
tercero; un punto
violento el cuarto;
manejable el quinto,
sobrero, menos toro que
los demás
ESPADAS:
Julio
Aparicio, de añil y
azabache, saludos, pitos
y pitos en el que mató
por lesión de Morante.
José
Tomás, de azul
marino y oro, dos orejas
y dos orejas.
Morante de la Puebla,
de violeta y oro, una
oreja.
INCIDENCIAS
2ª del
abono de La Mercé.
Lleno. Veraniego, algo
de viento .Lesionado en
la muñeca, Morante no
pudo salir a matar al
sexto. Tarde segura,
feliz y completa del
torero de Galapagar.
Brillantes golpes de
Morante. Buena corrida
de Cuvillo. Y clima
político intenso como
nube que envolvía el
festejo
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La corrida de Cuvillo, el cartel con sus burbujas y el cierre
de curso de José Tomás fueron cosa de peso y, en muchos
momentos, muy brillantes. El talento de José Tomás, un
espléndido cuvillo, un maravilloso disparate de Morante... Pero
el verdadero peso no estaba tanto en la carne de la corrida como
en su entorno político. Dentro de mes y medio, el voto
particular de un centenar de diputados socialistas y
nacionalistas en el Parlament de Catalunya podría desencadenar
la abolición de los toros en Barcelona. La moneda está en el
aire.
No pocos tenían la sensación de que ésta iba a ser la última
corrida de toros en la Monumental. No eran menos quienes fueron
a la plaza para reivindicar el derecho a sobrevivir de la fiesta
y a rescatarla de un intervensionismo político que se tiene por
gratuito. Las casi 20.000 almas que llenaban la Monumental eran,
en conjunto, un manifiesto y, a su manera, un acto de fuerza.
Una llamada a la cordura. Una forma de desautorizar la
discrecionalidad de los partidos políticos catalanes.
Docena y medio de antitaurinos en el cruce de Marina y Gran Vía.
Y miles y miles de aficionados dentro de la plaza clamando al
cielo. Mucho de clamor tuvo el espectáculo. Como cada una de las
veces que, a plaza llena y en ambiente intensísimo, José Tomás
ha toreado en Barcelona desde el día de su reaparición en junio
de 2007. A la intensidad habitual vino a sumarse como el gramo
que la colmaba la sensación de vivirse los toros al borde del
infinito o del final. Un centenar de votos parlamentarios son la
espada de Damocles.
Con tan rara angustia de fondo no se había vivido nunca una
corrida de toros. La gente se puso en pie unas cuantas veces: al
final del paseíllo, en varios momentos de las dos faenas de José
Tomás, que fueron de muy distinto sentido, contenido y acierto,
durante las dos apoteósicas vueltas al ruedo del torero de
Galapagar –con el “¡Torero-torero-torero...!” coreado por diez
mil gargantas-, durante la vuelta al ruedo al segundo bis de la
corrida de Cuvillo y, sobre todo, al final del festejo, cuando,
invadido el ruedo por voluntarios, José Tomás salió izado a
hombros. Como la bandera que defiende en Cataluña los toros.
Y la corrida. No falló Cuvillo. Los dos toros del lote de
Aparicio costó verlos porque Aparicio, con la excepción de siete
lances de arrebato, no estuvo para nada en toda la tarde.
Pareció apagarse un primero al que había que provocar; el
cuarto, que escarbó, protestó en cuanto Aparicio le tocó los
costados. Morante se lesionó al matar al tercero y Aparicio,
presencia imprevista, tuvo que despachar el sexto. La clase de
ese toro no la pudo tapar Aparicio cuando la renuncia fue
absoluta y sin solución.
El toro mejor iba a haber sido el quinto, pero el segundo, hondo
cinqueño de serio cuajo, salió tocado de la divisa, cabeceó como
desarbolado, cobró dos puyazos traseros, se armó una gresca y
fue devuelto. Se corrió turno y José Tomás pudo disfrutar a modo
con ese quinto, que tuvo las virtudes emblema del toro de
Cuvillo: galope, elasticidad, resistencia, codicia y corazón.
Toro de público, de ganadero y de torero. Un par de
claudicaciones y escarbaduras, pero alguno pidió hasta el
indulto. No era el día.
José Tomás lo toreó con asiento, facilidad, resolución y hasta
comodidad. El viento anduvo enredando algún rato. Se calmó.
Abierta con estatuarios en los medios y de largo el cite, la
faena tuvo dos vértices o dos caras. Toreo en redondo con el
toro traído de largo, y de largo llevado también, mecido, ligado
y casi siempre templado. Un par de cambios de mano, dos de pecho
muy cargados. Y ritmo sin tregua. Ni pausas ni paseítos.
Lo mejor fue, con diferencia, una tanda con la izquierda, casi
de perfil José Tomás, con el toro embarcado geométricamente por
el mismo vuelto de un engaño plano magníficamente volado al
ralentí. Más compuesto y vertical José Tomás entonces que en las
tandas previas. Más despacio. A toro domado, un final casi
rumboso: trincheras y tirabuzones, el tres en uno. Y un raro
intento de torear rodilla en tierra a los Ordóñez, que no salió
ni procedía. Una estocada de las de morir. El puntillero levantó
el toro y fue desarmado. El cachete prendido. Se lo quitó José
Tomás y rodó el toro. De vuelta al ruedo a petición del propio
matador.
Como clima tan tropical, no le resultó a sencillo a Morante
resistir las comparaciones. Pero las aguantó y, en algún
momento, hasta con ventaja. Un tercero colorado, astifino,
estrecho, anovillado. Algunos lances de ambiciosa traza pero
enganchaditos, un mayúsculo quite de los de muy despacio –de
verdad despacio- y una sinuosa faena salpicada de cambios de
idea y gobernada por la firmeza. Morante posado en las plantas
de los pies y descargando el peso en ellas. Con su punto de
torpeza. Pero con su toreo de brazos que, al cabo de un rato,
fundió el regusto, la calma y la improvisación que son esencia
de Morante. El temple cuando se templó. La gracia siempre.
Molinetes, ayudados. Una manera de estar. Tocaron a final de
faena el Ayamonte, el único pueblo de Huelva que tiene un
pasodoble como Dios manda. Y una estocada casi infame.
El sobrero fue poco toro y raro de conducta. José Tomás lo toreó
de capa con caro gusto. Media inmejorable. Un quite por
delantales muy airoso. Y una faena que, tras apuestas fallidas
porque el toro cabeceaba o punteaba o se metía, vino a encontrar
salida de manera impensada: de frente, en muletazos uno a uno,
José Tomás rescató el natural de Manolete. Con ese toro de
Cuvillo. Pura quietud, a compás el brazo en enganche y suelta,
las zapatillas en oblicuo, sutil el giro. Una maravilla. Y casi
ahí la igualada. Un pinchazo, ay. Sorpresa: a toro pinchado, una
tanda de manoletinas. ¡No puede ser! Pudo. Provocaron más
euforia que todo lo anterior. Y una estocada extraordinaria. La
firma y la rúbrica. No se sabe si el final
Colpisa - Barquerito |