CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Bilbao - 17 Agosto 2009 -

La primera traca no estalla

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Hermanos García Jiménez. Corrida muy astifina. De condición y hechuras diversas. El cuarto, el más serio de los seis, se empleó en el caballo y también, pero con ritmo revoltoso y desigual, en la muleta. El segundo, apenas picado, fue el de mejor son. El sexto, sin fuerzas, el más pastueño. Pitado en el arrastre el primero, el de peor nota. El tercero, que derribó en el caballo, fue toro manejable. El quinto, cabezón y corto de cuello, buscó tablas con la mirada.

ESPADAS:

El Juli, de carmín y oro, silencio y saludos.

El Fandi, de rosa y oro, saludos en los dos.

Iván Fandiño, que sustituyó a Morante de la Puebla, de marfil y azabaches, saludos en los dos

INCIDENCIAS

Discreto balance del primero de los platos fuertes de Semana Grande. Baja de Morante. Corrida de escalofriantes puntas e irregular juego de los Matilla. No redondea El Juli. 3ª de las Corridas Generales. Tres cuartos de plaza. Encapotado, fresco.


 

Iba a ser la primera traca de las seis o siete de la semana. No lo fue. Corrida de hierro nuevo en Bilbao. El debut de los Matilla como ganaderos no fue ni bueno ni malo. Ni tampoco todo lo contrario. Corrida de escalofriantes puntas. Las del cuarto eran leznas. Sólo que ése fue uno de los toros bien rematados. Cumplido cuajo tenía el segundo, pero sienes anchas y exagerada envergadura. Dio la impresión de tener torcida la cabeza. Ese defecto, y no sólo fue efecto óptico, se hizo notar en el toro que rompió el fuego y encargado de prender la mecha. El primero. El del estreno.
Montado, casi playero, fue toro desagradable. Así los llaman. Las manos por delante de salida, y El Juli sólo pudo utilizar su templado capote para bregar y fijar. Un toque para reclamar el primer viaje al caballo fue detalle caro y singular. No iba a ser ni tarde de traca ni tarde redonda de El Juli, que, sin embargo, dejó la firma de su toreo de alta escuela en detalles de relieve.
La manera, por ejemplo, de ir a ganar posición casi a la carrera antes de meterse muleta en mano con ese primero que tan poco apetecía. Suelto de varas –picó muy bien Diego Ortiz-, se vino el toro al paso en un quite por chicuelinas que no pudo ni rematar El Juli. Porque el toro se salió suelto. Luego, pegó cabezazos. Resuelto, sin probaturas, El Juli toreó con la voz. O lo intentó. Sordo el toro. Le tragó El Juli sin inmutarse un parón de los de congelar la respiración. Lo bonito fue la manera de soltar el toro con muletazos por la cara y al paso antes de ir Julián a cambiar de espada. En la suerte contraria, tres pinchazos. Y otro detalle: pedir de inmediato el descabello, que empieza a ser suerte en desuso. Suplantada por los capotazos de marea o en rueda. Se ha hecho raro ver a un matador reclamar el verduguillo. Lo hace El Juli cada vez que entierra la espada atrás.
El Fandi recibió al segundo con una larga de rodillas en tablas. En pie, toreó de capa con lances de raro embroque. Con el perfil del capote. Una revolera de remate al paso fue bonito artificio. El toro, picado lo imprescindible, galopó. En un quite de Fandiño perdió las manos dos veces. Y escarbó. Pero en banderillas arreó. La gente se puso en pie para aclamar los alardes clásicos de El Fandi en tres pares: dos de poder a poder y un tercero al violín y sin arco. Faena de gobierno: la mano baja, pero sostenido el toro. La música se arrancó a los diez muletazos por gentileza del palco. Muy montada, sin vuelo la muleta, que el toro, de largo viaje, pedía más suelta. Trabajo a menos. Por descargar David la suerte cuando hubo que apostar. Y sin un solo detalle con la mano izquierda. El toro tuvo feo final: dos cabezazos. La falta de fuerza en cuanto se le fue el gas.
El tercero, bien hecho, derribó en la primera vara. Fue de admirar la delicadeza con que un solo monosabio logró alzar al caballo sin pegarle ni un palo nadie. Acariciándole el cuello y las orejas. Muchas telas tropezó el toro a partir de entonces. Fandiño brindó al alcalde de Bilbao, que estaba en el callejón. Salió llorón el toro, Fandiño pecó de esconderle la muleta y de pegar algún tirón. No se acoplaron las partes. Cuatro manoletinas y un desplante. Soltando el engaño, dos ataques con la espada.


Tarde encapotada

Lúgubre entonces la luz de una tarde encapotada. Pero salió con pies, repitiendo alborotada y descolgadamente el cuarto. El Juli lo toreó de capa sin dilaciones. La velocidad del toro hizo forzados los embroques, pero El Juli le ganó terreno. La media, la larga y la revolera del remate tuvieron más ritmo que los lances de embroque puro. Tras una vara de guerra, el toro vino de otra manera a un quite mixto. Con menos humos y menos gana. A pues juntos dibujó El Juli dos lances templados. Y la media de remate, severa.
Estrellaron al toro contra las tablas, pasaron apuros los banderilleros, brindó El Juli al público y empezó el baile. No fue sencillo. El toro era tan brioso como frágil y, por tanto, un punto incierto. El Juli acostumbra a romper los toros por abajo a las primeras de cambio. A éste optó por darle sitio sin obligarle. Para que le durara. Torear a base de toques, colocación y el temple de sólo media embestida no es fácil. Sino ejercicio de equilibrista. Casi juegos malabares hizo El Juli para, en larga pero seguida faena, no perderle al toro pasos ni la cara, no escupirlo sino tenerlo en la mano, medirle las fuerzas. Y consentirle los viajes regañados o revueltos. Una excelente tanda en redondo, otra despaciosa con la izquierda. Ligazón siempre. La belleza mayor fue un breve desplante en los medios. Que subrayó el instante en que El Juli sentiría que, sometido, ya no mordía el toro. Un pinchazo y, soltando el engaño, una estocada trasera de muy lenta muerte. Sin puntilla.
El quinto, de fea traza, coceó el caballo de pica, escarbó, vino al trote, roncó, se desinfló, buscó tablas con la mirada. El Fandi –dos largas cambiadas, tres pares de banderillas- abrevió a la vista del paisaje. Soltando el engaño, una estocada muy tendida. Y tres descabellos. En la puerta de arrastre rodó el toro. Y, al fin, un último toro acodado y alto, agitadísimo, de genio en el caballo y cortar en banderillas, claudicante. ¿Embustero? Eso se dice. Pero Fandiño le plantó desmedrado cara, le corrió la mano y, hábilmente, fuera del cacho, le sacó tres tandas dibujadas casi a pulso y rematadas con el de pecho ligado. Buena armonía. Una estocada

 

Colpisa - Barquerito
 

 

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