Seis toros de Hermanos
García Jiménez. Corrida
muy astifina. De
condición y hechuras
diversas. El cuarto, el
más serio de los seis,
se empleó en el caballo
y también, pero con
ritmo revoltoso y
desigual, en la muleta.
El segundo, apenas
picado, fue el de mejor
son. El sexto, sin
fuerzas, el más
pastueño. Pitado en el
arrastre el primero, el
de peor nota. El
tercero, que derribó en
el caballo, fue toro
manejable. El quinto,
cabezón y corto de
cuello, buscó tablas con
la mirada.
ESPADAS:
El Juli, de carmín y
oro, silencio y saludos.
El Fandi, de rosa y oro,
saludos en los dos.
Iván Fandiño, que sustituyó a
Morante de la Puebla, de
marfil y azabaches,
saludos en los dos
INCIDENCIAS
Discreto
balance
del
primero
de
los
platos
fuertes
de
Semana
Grande.
Baja
de
Morante.
Corrida
de
escalofriantes
puntas
e
irregular
juego
de
los
Matilla.
No
redondea
El
Juli.
3ª
de
las
Corridas
Generales.
Tres
cuartos
de
plaza.
Encapotado,
fresco.
Iba a ser la
primera traca de las
seis o siete de la
semana. No lo fue.
Corrida de hierro
nuevo en Bilbao. El
debut de los Matilla
como ganaderos no
fue ni bueno ni
malo. Ni tampoco
todo lo contrario.
Corrida de
escalofriantes
puntas. Las del
cuarto eran leznas.
Sólo que ése fue uno
de los toros bien
rematados. Cumplido
cuajo tenía el
segundo, pero sienes
anchas y exagerada
envergadura. Dio la
impresión de tener
torcida la cabeza.
Ese defecto, y no
sólo fue efecto
óptico, se hizo
notar en el toro que
rompió el fuego y
encargado de prender
la mecha. El
primero. El del
estreno.
Montado, casi
playero, fue toro
desagradable. Así
los llaman. Las
manos por delante de
salida, y El Juli
sólo pudo utilizar
su templado capote
para bregar y fijar.
Un toque para
reclamar el primer
viaje al caballo fue
detalle caro y
singular. No iba a
ser ni tarde de
traca ni tarde
redonda de El Juli,
que, sin embargo,
dejó la firma de su
toreo de alta
escuela en detalles
de relieve.
La manera, por
ejemplo, de ir a
ganar posición casi
a la carrera antes
de meterse muleta en
mano con ese primero
que tan poco
apetecía. Suelto de
varas –picó muy bien
Diego Ortiz-, se
vino el toro al paso
en un quite por
chicuelinas que no
pudo ni rematar El
Juli. Porque el toro
se salió suelto.
Luego, pegó
cabezazos. Resuelto,
sin probaturas, El
Juli toreó con la
voz. O lo intentó.
Sordo el toro. Le
tragó El Juli sin
inmutarse un parón
de los de congelar
la respiración. Lo
bonito fue la manera
de soltar el toro
con muletazos por la
cara y al paso antes
de ir Julián a
cambiar de espada.
En la suerte
contraria, tres
pinchazos. Y otro
detalle: pedir de
inmediato el
descabello, que
empieza a ser suerte
en desuso.
Suplantada por los
capotazos de marea o
en rueda. Se ha
hecho raro ver a un
matador reclamar el
verduguillo. Lo hace
El Juli cada vez que
entierra la espada
atrás.
El Fandi recibió al
segundo con una
larga de rodillas en
tablas. En pie,
toreó de capa con
lances de raro
embroque. Con el
perfil del capote.
Una revolera de
remate al paso fue
bonito artificio. El
toro, picado lo
imprescindible,
galopó. En un quite
de Fandiño perdió
las manos dos veces.
Y escarbó. Pero en
banderillas arreó.
La gente se puso en
pie para aclamar los
alardes clásicos de
El Fandi en tres
pares: dos de poder
a poder y un tercero
al violín y sin
arco. Faena de
gobierno: la mano
baja, pero sostenido
el toro. La música
se arrancó a los
diez muletazos por
gentileza del palco.
Muy montada, sin
vuelo la muleta, que
el toro, de largo
viaje, pedía más
suelta. Trabajo a
menos. Por descargar
David la suerte
cuando hubo que
apostar. Y sin un
solo detalle con la
mano izquierda. El
toro tuvo feo final:
dos cabezazos. La
falta de fuerza en
cuanto se le fue el
gas.
El tercero, bien
hecho, derribó en la
primera vara. Fue de
admirar la
delicadeza con que
un solo monosabio
logró alzar al
caballo sin pegarle
ni un palo nadie.
Acariciándole el
cuello y las orejas.
Muchas telas tropezó
el toro a partir de
entonces. Fandiño
brindó al alcalde de
Bilbao, que estaba
en el callejón.
Salió llorón el
toro, Fandiño pecó
de esconderle la
muleta y de pegar
algún tirón. No se
acoplaron las
partes. Cuatro
manoletinas y un
desplante. Soltando
el engaño, dos
ataques con la
espada.
Tarde encapotada
Lúgubre entonces la
luz de una tarde
encapotada. Pero
salió con pies,
repitiendo
alborotada y
descolgadamente el
cuarto. El Juli lo
toreó de capa sin
dilaciones. La
velocidad del toro
hizo forzados los
embroques, pero El
Juli le ganó
terreno. La media,
la larga y la
revolera del remate
tuvieron más ritmo
que los lances de
embroque puro. Tras
una vara de guerra,
el toro vino de otra
manera a un quite
mixto. Con menos
humos y menos gana.
A pues juntos dibujó
El Juli dos lances
templados. Y la
media de remate,
severa.
Estrellaron al toro
contra las tablas,
pasaron apuros los
banderilleros,
brindó El Juli al
público y empezó el
baile. No fue
sencillo. El toro
era tan brioso como
frágil y, por tanto,
un punto incierto.
El Juli acostumbra a
romper los toros por
abajo a las primeras
de cambio. A éste
optó por darle sitio
sin obligarle. Para
que le durara.
Torear a base de
toques, colocación y
el temple de sólo
media embestida no
es fácil. Sino
ejercicio de
equilibrista. Casi
juegos malabares
hizo El Juli para,
en larga pero
seguida faena, no
perderle al toro
pasos ni la cara, no
escupirlo sino
tenerlo en la mano,
medirle las fuerzas.
Y consentirle los
viajes regañados o
revueltos. Una
excelente tanda en
redondo, otra
despaciosa con la
izquierda. Ligazón
siempre. La belleza
mayor fue un breve
desplante en los
medios. Que subrayó
el instante en que
El Juli sentiría
que, sometido, ya no
mordía el toro. Un
pinchazo y, soltando
el engaño, una
estocada trasera de
muy lenta muerte.
Sin puntilla.
El quinto, de fea
traza, coceó el
caballo de pica,
escarbó, vino al
trote, roncó, se
desinfló, buscó
tablas con la
mirada. El Fandi
–dos largas
cambiadas, tres
pares de
banderillas- abrevió
a la vista del
paisaje. Soltando el
engaño, una estocada
muy tendida. Y tres
descabellos. En la
puerta de arrastre
rodó el toro. Y, al
fin, un último toro
acodado y alto,
agitadísimo, de
genio en el caballo
y cortar en
banderillas,
claudicante.
¿Embustero? Eso se
dice. Pero Fandiño
le plantó desmedrado
cara, le corrió la
mano y, hábilmente,
fuera del cacho, le
sacó tres tandas
dibujadas casi a
pulso y rematadas
con el de pecho
ligado. Buena
armonía. Una
estocada