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FICHA DEL
FESTEJO |
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TOROS
Seis toros de El Torreón
(César Rincón). Corrida muy bien hecha,
son dos toros, segundo y tercero, de
bella lámina. El sexto dio muy bien
juego. Bondadoso un primero fragilísimo;
manejables segundo, tercero y cuarto; se
rajó el tercero.
ESPADAS
Luis Francisco Esplá,
de turquesa y oro, silencio y saludos
José Tomás, de
rosa y oro, oreja y oreja tras un aviso.
Abel Valls, de
malva y oro, saludos y dos orejas.
INCIDENCIAS
Lleno. Primaveral.
Cogido por el sexto el banderillero José
Vicente Almagro. Una cornada superficial
en zona inguinal y escrotal con
amputación de un testículo.

Foto:
Burladero.com
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Antes de soltarse el
segundo toro, se liaron
a bofetadas dos
parroquianos en los
altos del 7, que en
Castellón es tendido de
sol y sombra. Pegaba el
primer sol calentito de
la primavera. Los
púgiles iban tocados con
esos sombreros de
plástico que remedan la
paja trenzada Por
ansiedad sería. Lo
propio de los llenos
reventones. Los nervios.
No fue para tanto: ni
para pegarse ni para
ponerse de pie ni para
rasgarse las vestiduras.
Ni para entonar el
famoso “¡Ya lo vi!”.
Nada de eso.
Un hermoso toro de El
Torreón, el mejor
rematado de la corrida:
negro, engatillado, todo
puesto en su sitio y en
armonía. José Tomás lo
recibió con una gavilla
mixta de tres verónicas,
cinco chicuelinas y
revolera. De cuanto
acabó haciendo el toro,
esas embestidas de
salida codiciosas y
suaves fueron lo de
mejor son. Noble,
apagado, dócil y
mansito, escarbó al
dolerse. Al descolgar
parecía rendido,
exánime. Fue y vino sin
más. Y sin gas.
José
Tomás se embarcó en
larga faena. Ni mística
ni retórica. La castigó
la banda de música con
las marciales notas del
Amparito Roca. Ni así se
animó el toro, cada vez
más encogido. Tampoco se
inspiró el torero:
encima pero por fuera,
sin pausas apenas. La
apuesta, convencional,
se quedó corta por las
dos manos. Sin soltar
toro en una tanda en
redondo; perdiéndole
pasos por la izquierda.
La distinción de una
trinchera de salida y
uno de la firma. No hubo
ni el subrayado de óles.
A pies juntos y de
perfil, en un palmo,
ligó José Tomás una
tanda forzada. Un
frustrado adorno del
repertorio mexicano: el
pase de las flores y
otros pétalos sueltos. Y
un final intencionado:
de quererle ganar al
toro el pitón contrario
a pasitos, ya demasiado
tarde, y de firmar la
cosa toda con pases por
alto a pies juntos
ligados sin rectificar.
Pinchazo y estocada. No
hubo petición
mayoritaria. Tenía floja
la mano el palco: una
oreja.
Antes
de soltarse el quinto,
otros dos del 7 alto,
tal vez los mismos de
antes, se engancharon a
puñetazo limpio. Toda la
ventaja para el que
estaba dos filas por
encima. No había ni
espacio para que
entraran agentes del
orden. Asomó el toro y
fue como firmar en
Westfalia una paz que no
dejó heridos ni muertos.
Un toro colorado, bizco,
de anchas mazorcas,
recogidito, lleno.
También a éste salió
José Tomás a recibirlo y
fijarlo. Con lances a
pies juntos, siete u
ocho, despaciosos,
acompasados, de lindo
juego de brazos y
muñecas. Promesa de
mejorar la prestación
previa. En un quite
premeditado y solemne,
dando distancia, José
Tomás atacó por
gaoneras, y pasó el toro
rozando los alamares
pero salieron
enganchados los tres
lances. Y desplazado el
torero.
Desgana
Este quinto de corrida,
bondadoso, iba a
aplomarse o a obedecer
con desgana. Tras
hermosa apertura a dos
manos, y la suerte
cargada que distingue en
el toreo por alto la
mena de la ganga, José
Tomás volvió a
embarcarse en prolija
faena. Ajustada,
tesonera, pero de las de
una tanda y otra, y otra
más, ninguna redonda.
Muchos embroques a pies
juntos, no se rompía el
toro por falta de fondo.
Doce minutos. Al palco
se le paró el reloj. No
tocó la banda esta vez.
Pero en un tendido de
sol apareció un Farina o
Farinelli flamenco. Voz
en falsete que se saltó
el diapasón como con
pértiga. Parodia del
duende de cante jondo.
Visita inesperada y no
del todo oportuna. No
hubo duende. Sí el
remate por manoletinas,
abundantes, y al segundo
viaje, tras sonar un
aviso, una estocada.
Esplá había cumplido sus
dos turnos sin apuros ni
apreturas ni remilgos.
Tuvo el detalle de
banderillear los dos
toros de lote. Una
ortopédica faena al
primero de la tarde, que
no podía con su alma; y
un trasteo como al
escondite con el cuarto,
que después de
banderillas, ya no tuvo
ganas de nada. Un
circular ligado con un
molinete fue el único
sello Esplá en esta su
corrida de adiós a
Castellón. Como su
huella dactilar
El tercer hombre, Abel
Valls, fue el torero de
la tarde. El mejor
librado, el claro
triunfador de la pelea
que no fue tal pelea. O
la pelea de verdad: de
torero y toro. Abel no
terminó de entenderse
con el tercero de la
tarde, que se rajó a los
diez muletazos. Torero
nuevo, sólo cuatro días
de antigüedad en el
escalafón de matadores
de alternativa. No dio
con la manera de sujetar
y perseguir al toro. Fue
luego, con el sexto,
cariavacado, flaco y
largo, de raras
hechuras. Al
banderillero Almagro lo
prendió de feísima
manera en el segundo par
y le pegó una cornada
del ano al ombligo con
lesiones en ingle y
escroto. Abel se echó
adelante. Y vino, con el
toro de la corrida, la
faena de la tarde: la
más templada, la de la
ambición, la de éste no
se me escapa. “Éste” fue
el toro que, con
gasolina y estilo, tomó
la muleta por las dos
manos, por abajo y
repitiendo. Y el nuevo
matador de Castellón
hizo lo propio: bajar la
mano, correrla,
templarse, despatarrarse
sin exagerar, sujetarse
cuando por algún motivo
le dudó el toro en el
embroque. Fueron
fantásticos los
naturales y los de
pecho: por el dibujo y
el gobierno. Sinceridad
de torero nuevo.
Corazón. La gota de
calidad imprescindible.
Una estocada sin
puntilla. Puerta grande.
A hombros con José
Tomás. Un lujo.
Colpisa- Barquerito
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