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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Se han lidiado seis toros de Jandilla (el sexto
con el
hierro de Vegahermosa). Justos de presentación.
Muy flojos los cuatro primeros. 4.º inválido. 5.º
manejable y el 6.º, «Envidioso» n.º 17, negro,
premiado con la vuelta al ruedo (se le pidió el
indulto
ESPADAS:
Miguel Ángel Perera
(purísima y
oro): palmas; ovación con saludos tras petición,
oreja, palmas, dos orejas y dos orejas y rabo.
INCIDENCIAS
4.ª de abono. Casi
lleno. El diestro pacense arregló la
tarde en dos toros y sacó provecho:
cinco orejas y un rabo
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Llegaron «pereristas»
a Gijón desde todas
partes, en especial
de su tierra natal.
Badajoz, casi al
completo, estaba
ayer en El Bibio
para ver la
encerrona de su
paisano.
Se derrumbó el
cuarto en el ruedo y
con ello las
esperanzas de
muchos. No estaba
siendo la tarde como
se esperaba. Hasta
ese momento un quite
por chicuelinas muy
ceñidas en el
segundo, los faroles
de rodillas y las
tafalleras del
tercero. Eso y la
voluntad de Perera,
el saber estar y el
querer romper la
tarde con lo que
estaba saliendo por
toriles. Se reunían
los fantasmas
amantes del refrán
taurino: corrida de
expectación, corrida
de decepción. Hasta
que salió el quinto.
Agarró el capote el
torero y por
gaoneras enderezó la
tarde. Perera no
quería fracasar, eso
es una figura, el
que se niega a
perder la batalla,
el que no deja que
se le vaya la tarde.
No se me va, porque
no me da la gana a
mí, dijo Perera
cuando con
estatuarios en el
tercio sacó con el
de pecho un poco
para afuera al de
Jandilla. El toro
tomó la muleta por
el derecho, Miguel
Ángel le dio sitio y
tiempo, se cruzó y
pasó. Aguantó dos
tandas buenas por
ese pitón. Tragó
saliva Perera al
natural. El toro,
renqueante, le
pasaba cerca y con
la cara a media
altura. Le sobró
valor toda la
corrida, eso es ser
torero, hacer que el
toro entre en la
muleta porque hasta
que no pasó no se
movió el de Puebla
de Prior.
Manoletinas para
gustarse y a matar.
No hacía falta más.
Estocada y dos
orejas. Otro aire se
respiraba en la
plaza, y el gris de
la tarde se
convirtió sólo en el
del cielo.
Quería más Perera.
Tres faroles y a la
verónica de
rodillas, me levanto
por chicuelinas y me
vuelvo abajo para
cerrar con una larga
cambiada. Aquí mando
yo, le dijo al de
Vegahermosa. Aceptó
el mandato el toro y
fue por donde le
señaló el maestro.
Lo dejó vivo en el
caballo y permitió a
los sobresalientes
intervenir en el
tercio de quites
(como hacen los
toreros), por
chicuelinas Álvaro
de la Calle y a la
verónica «Chapurra»,
pero la tarde era de
un señor, Perera
replicó los quites.
Por saltilleras y
tafalleras levantó a
los peñistas que
predecían algo
grande.
Más aún cuando
Miguel Ángel agarró
los garapullos. De
poder a poder y
clavando en la cara.
Cerró el tercio con
un quiebro al hilo
de las tablas. Sin
descansar ni un
momento se fue a los
medios para brindar
al público. Rodillas
en tierra citó de
largo, se desplazó
el toro de Borja
Domecq. Muy por
abajo lo llevó
pegado Perera a su
muleta, se levantó y
con el de pecho
rompió la plaza.
Encarriló el tren
que había chocado
con el jabonero
cuarto.
Siempre por abajo,
despacio, como la
embestida del astado.
Probó Perera a
alargarle el viaje y
repitió así otra
tanda por el
derecho. Aseguró en
redondo la respuesta
del público y cambió
de mano. Más largo
iba «Envidioso» por
el izquierdo y más a
gusto se encontraba
el matador. Mañana
tendrán que tapar el
socavón que dejó
Perera en el ruedo.
No movió las
zapatillas del metro
cuadrado en que
toreó al sexto.
Vibrando estaba la
gente cuando empezó
el toreo con los
circulares. Repetía
el toro y allí tenía
la franela del
torero para
seguirla, siempre se
la puso en la cara y
por abajo. Sin
mentiras. Volvió a
la izquierda y otra
tanda más, veinte
muletazos los
llevaba el toro, eso
sin contar los
capotazos que le
dieron al animal en
quites. Por el
derecho, al natural
seguía engolosinando
el diestro y el toro
repetía con alegría.
Rápido salieron los
pañuelos blancos
entre los olés del
tendido a cada pase.
Se pedía el indulto
para «Envidioso»,
que nada tenía que
envidiar a los
petardos que tuvo
por hermanos.
Decía Ortega y
Gasset que quien
quisiera saber cómo
estaba el país se
fuera a una plaza de
toros. La crisis es
evidente, no damos
ni lo que no es
nuestro.
Indeciso Perera,
decidió dar muerte
al sexto. Efectivo
fue el espadazo del
torero, se echó el
toro y se pidieron
los máximos trofeos.
Menos mal que se
desbocaron las
mulillas, si no el
momento hubiera
pasado a los anales
por algo más. Pero
la historia llevaba
firma exclusiva.
Firmó Perera en El
Bibio una tarde para
hemerotecas. No se
apartó de la cara de
sus oponentes en
ningún momento de la
lidia. Atornillado
al suelo pasó la
encerrona. Nada se
le puede reprochar.
«Catedrático», le
gritaron desde el
tendido. Hoy, Perera
ha creado escuela.
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