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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de Zalduendo
(Fernando Domecq Solís),
de desiguales hechuras,
cumplidores en el
caballos, nobles pero
claudicantes, apagados y
aplomados. Rajado el
cuarto, parado el
tercero.
ESPADAS:
El Juli, de
nazareno y oro, oreja y
silencio tras un aviso.
Sebastián Castella,
de azul pavo y oro,
ovación tras un aviso y
silencio tras un aviso.
Daniel Luque, de
canela y azabache,
silencio en los dos.
INCIDENCIAS
4ª de feria. Casi tres
cuartos de plaza. Un
gran puyazo de Diego
Ortiz al primero. Una
hermosa faena a un toro
de Zalduendo que quiso
irse y no pudo. Técnica
y buen gusto. Corrida de
Zalduendo sin motor ni
entrega. Espesito
Castella, ligero Luque.
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El Juli toreó muy despacito un toro cinqueño de Zalduendo
que, sin gota de fiereza, tuvo, por tener, nobleza pajuna. Y una
manera mansa de protestar. La protesta fue, en el caso de los
dos del lote de El Juli, una renuncia. Pero El Juli le impidió a
ese primer toro irse de los engaños. Lo hizo de la manera
clásica de manual: sujetándolo con la muleta por delante, y
enganchándolo. O con toques en los remates de tanda. Entera en
los medios la faena, para que el toro tuviera las tablas a
distancia. Cuando las buscaba con la mirada, aparecía
interpuesto el vuelo de la muleta.
El toro se abría, se rebrincaba, se frenaba o se arrepentía. Ni
una vez tropezó la muleta, sin embargo. No pudo tampoco
resistirse a los toques, que fueron pura suavidad. No llegó a
haber ni persecuciones ni carreras ni gritos. Ni concesiones.
Sino sentido del toreo. De capa: en el saludo muy despacioso, a
la verónica, y, enseguida, tres lances largos y una impecable
revolera con la que quedó el toro en suerte para tomar, de manos
de Diego Ortiz, un soberbio puyazo, de los de detener con la
vara; y un quite por tafalleras, donde el toro anunció su deseo
de rajarse. Castella hizo un quite movidito por chicuelinas.
El toro zurció a cornadas un burladero después de banderillas y
estuvo a punto de troncharse un cuerno. La faena de El Juli fue
modelo de sobriedad. Sin dilación, con sólo un banderazo, ya
estaba el toro puesto donde iba a tener que quedarse convencido
luego. La falta de impulso la solucionó El Juli con tandas
cortas y traídas por delante, de cuatro y el de remate, siempre
largo y limpio. La joya fueron los muletazos a cámara lenta con
la mano izquierda. No contó tanto la técnica como el dibujo.
Encajado estuvo siempre El Juli. Y más entonces.
El toreo de alta escuela no tuvo, sin embargo, tanto
reconocimiento como el de alardes: las trenzas de circulares
cambiados cosidos con sus pares en la suerte natural, los
péndulos, de fino gobierno. Ligar un circular con un farol fue
el acabóse. Una estocada del todo inapelable. Y se quedaría a
gusto El Juli.
No tanto después, porque no remató con la espada su concienzudo
segundo trabajo. A otro toro cinqueño. Más rajado que el
primero. Más remolón también. Del todo desganado. Faena resuelta
con recursos de gran nivel. Con parecida parsimonia, con
parecida entrega. Pero el renuncio de este cuarto de corrida lo
fue sin condiciones. No había ni que abrirle un hueco. Se colaba
por cualquier rendija. El Juli discurrió torearlo y ligarlo a
base de ganarle pasos en las salidas de suerte. Hubo una tanda
magistral. Y una genial idea: sujetar al toro con un desplante.
El toro por dentro, El Juli por fuera y encañonado. Aunque la
faena, brindada al público, no llegó a la altura de la otra, se
celebró más ruidosamente.
Tristona la corrida de Zalduendo. Ni uno salió galopando. El
cuarto lo hizo en banderillas. Falsa alarma. Se dejaron pegar en
el caballo, y el quinto apretó casi en serio, pero todos
salieron de varas batidos y claudicantes. Castella, ajeno al
juego de recursos de El Juli, se embarcó en dos faenas
tesoneras, eternas y sin pies ni razón ni cabeza. Daniel Luque
se embraguetó por la mano izquierda con un noble tercero, que,
sin celo, se paró enseguida. Se aplomó en seco el sexto y Luque
sólo pudo cumplir con buen oficio. Castella castigó al quinto
con pases y más pases
Colpisa - Barquerito |