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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de Victorino
Martín, de distintas y
desiguales hechuras. Muy
descarado el sexto. El
primero, fijo en el
caballo, sacó la correa
clásica y se movió con
ganas. Pegó escopetazos
el segundo; bondadoso el
tercero; de buen estilo
el cuarto, toro de gran
porte; con la cara
arriba y sin entrega un
quinto cinqueño;
manejable pero rajado el
sexto.
ESPADAS:
El Fundi, que
sustituyó a Antonio
Barrera, de esmeralda y
negro, silencio y
saludos.
Antonio Ferrera,
de verde aceituna y oro,
ovación en los dos.
Diego Urdiales,
de turquesa y oro,
silencio tras un aviso y
ovación
INCIDENCIAS
6ª de feria. Tres
cuartos de plaza. Ningún
toro de alta nota pero
sí cuatro de buen nivel.
Porfías largas y
poderosas de El Fundi
con el lote más completo
y complejo. Prestación
discreta de Diego
Urdiales
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De la cuerda clásica de Victorino hubo un primer toro.
Terciado y cárdeno, degollado. Con pies, felino y pronto.
Humillaba y, noble, pecaba de celoso. Por arriba se revolvía y
atizaba. Descabalgó en la primera vara, romaneó en la segunda.
No paró de moverse. Si no iba empapado, se enteraba. Repescado
para San Mateo, El Fundi apechó con el toro guerrero. Lo lidió
con categoría, y con los vuelos del capote echados al hocico, y
lo muleteó con tesón. Faena con cuota excesiva de porfía: larga,
insistente, reiterativa. De no darle respiro al toro ni cuando
lo pedía. Lo que se prometió como un medirse se convirtió en un
cuerpo a cuerpo. Cada vez más cortos los viajes del toro, mayor
el sofocón de tanda en tanda. Los que piden por sistema que
toque la música crearon un raro contrambiente. Se alargó la
pelea. Una estocada muy caída.
En ese son ya no salieron más toros. Dos de los cinco restantes,
cuarto y sexto, entrepelados, astifinos y bien armados, fueron
de soberbio porte. Largos, sacudidos, zancudos, de afilado
hocico, altos de agujas y, sobre todas las cosas, de cuello muy
elástico. Los dos descolgaron y, al estirarse, se sintió su
particular presencia. Mal lidiado, mal tratado en el caballo y
mal banderilleado, el sexto tardó en hacerse ver más que el
cuarto, que no pudo con el caballo y hasta vino gateando. Sin
embargo, ese cuarto, pegajoso de partida, acabó tomando la
muleta con estilo. En la distancia adecuada, quiso bien.
El sexto no pasó factura por malos tratos y, para sorpresa de
todos, tomó la muleta con suave tranco. El cuarto fue toro a
más. El sexto se rajó sin previo aviso. Con ninguno de los dos
toros, pese a su apacible manera, resultó sencillo estar. El
Fundi, pura paciencia y empeño, sacó muletazos espléndidos, pero
sueltos. Y le pegó por norma al toro toques de gran maestría,
que el toro agradeció. Fue, sin embargo, faena mal medida,
interminable, y le dieron dos vueltas a un pasodoble de castigo.
Un pinchazo y una estocada.
Urdiales compuso y se templó sobre las diez embestidas claras
del sexto. Pero cortó tandas antes de tiempo y se puso muy por
fuera. Dos molinetes de apertura de serie, dos cambiados por
alto ligados en el paquete y, castigo divino, un desquiciante
solo de trompeta de la banda que destruye lo que sea. Y el toro
dijo adiós. No encontraron la fórmula de sujetarlo. Pelea
aparente. Una estocada. Y un escalofriante arreón del toro con
la espada dentro.
El tercero, cabezón y muy relleno, cobró una primera vara
durísima. Fue toro bondadoso, pero había que llevarlo
empapadito. Una primera tanda de Urdiales gustosa. Y sólo ésa.
Le costó mucho lo demás. No estaba relajado el torero de Arnedo
y, aunque se acabó metiendo entre pitones, faltó la autoridad
que exige ese gesto. Tres pinchazos y una entera atravesada. Ni
el lote ni el día de Ferrera, que banderilleó con fáciles saltos
en cuarteos y hasta un quiebro, anduvo seguro con el capote y
solucionó sin agobios la papeleta: un segundo que pegaba
escopetazos más que embestir y un quinto fuera de tipo que arreó
estopa por la izquierda y fue y vino por la otra mano. Sin gana
de pelea.
Colpisa - Barquerito