|
FICHA DEL FESTEJO |
|
TOROS:
Cinco toros de Lorenzo Fraile, con el hierro de
Puerto de San Lorenzo, y un sobrero de Antonio Palla,
jugado de cuarto.
ESPADAS:
El Cid, de rosa y oro, silencio y pitos.
Sebastián Castella, de carmín y oro, ovación y
silencio.
Miguel Tendero, que sustituyó a El Fundi y
tomó la alternativa, de blanco y oro, vuelta tras un
aviso y silencio
INCIDENCIAS
1ª de las Corridas del Aniversario. Lleno.
Veraniego. El nuevo matador de Albacete gana crédito
y acumula méritos con un raro toro de Lorenzo Fraile
que puso a prueba su pericia, su temple y su valor.
Interesente
ASÍ
LO VIO LA PRENSA |
COPE.ES:
“Ni cambiándole el nombre” (Rafael Cabrera)
BURLADERO.COM:
“Miguel Tendero llega con un soplo de aire
fresco” (Mario Juárez)
ABC:
“Hambre y fibra de Tendero entre mansos” (Zabala
de la Serna)
EL PAÍS:
“El toro miedica” (Antonio Lorca)
AGENCIA EFE: “Toque
de atención de Miguel Tendero en su alternativa”
(Juan Miguel Núñez)
MUNDOTORO.COM:
“Esa modestia que nos mata” (CRV)
|
|
La mayor
emoción la
puso un toro
de Puerto de
San Lorenzo
que se
acuarteló en
tablas, se
huyó mucho y
sólo pudo
torearse en
terreno de
chiqueros,
que era su
querencia.
Fue el toro
de la
alternativa
del
albacetense
Miguel
Tendero y se
juntaron de
pronto el
hambre con
las ganas de
comer. Hubo
fiesta. El
hambre, o la
ambición de
Tendero,
cuya
alternativa
estuvo
anunciada el
pasado
domingo en
Nimes y en
una matinal,
pero se
suspendió la
corrida por
lluvia. De
Nimes a
Madrid y a
la segunda
de las dos
sustituciones
de El Fundi.
La moneda al
aire. Y las
ganas de
comer de un
toro
Caratuerto,
castaño,
acochinado,
remangado y
casi alirado,
serio y
guapo. Palas
y pitones
blancos. La
mancha
greñuda y
tostada en
un ojo de
los toros
llorones.
Acobardado,
el toro
olisqueó de
salida, se
frenó a
capotes,
volvió
grupas y,
luego, en
lugar de
emplazarse
como suelen
los toros
abantos,
huidos o
fríos, vino
a acularse
en tablas.
En las de
toriles
encontró
cálido
refugio. Ahí
vino a
plantarse
tras un
intento de
doma a cargo
de un
banderillero
muy bueno:
Carlos
Ávila. En
huidas y a
oleadas,
estrellado
contra
caballos que
cerraron el
paso y
blandeándose,
el toro
acabó
tomando
cuatro
picotazos.
Muy certero
el joven
picador
Agustín
Collado.
La pelea del
toro y su
lidia fueron
del todo
insólitas.
Por
raramente
vistas,
espectaculares.
Es decir, un
espectáculo
notable, que
vino a
resolverse
felizmente.
Primero,
hubo la
ceremonia de
la cesión de
trastos de
alternativa,
que el toro
estuvo a
punto de
desbaratar
en una de
sus carreras
desnortadas.
Luego, una
buena prueba
de
resolución,
carácter y
oficio a
cargo del
joven
Tendero.
Como si
llevara
horas de
vuelo. Listo
para
entenderse
con el toro,
y sujetarlo
en los
medios en
una primera
tanda de
gran
electricidad
pero buen
temple con
la diestra;
y todavía
más listo y
esforzado
para entre
rayas y, a
porta
gayola, en
paralelo con
ella,
aguantar al
toro con la
zurda en
tres tensas
tandas de
tres y el de
remate. Que
tuvieron su
épica,
porque el
toro se
revolvía en
los
muletazos
contra
querencia y
parecía
reponer de
celoso.
Tendero pecó
de abusar de
los gestos,
la gallardía
impostada,
pero la
gente se
calentó no
con los
gestos, que
también,
sino con el
descaro, el
dominio, la
firmeza y el
temple de
este nuevo
matador que
pone
Albacete en
el planeta.
Un
telonzazo,
una
trinchera,
alguna voz
de más, un
desplante y,
en la suerte
contraria,
una estocada
de soberbia
habilidad.
Pero
trasera, de
muerte lenta
al
acurrucarse
de nuevo el
toro contra
la barrera,
un aviso,
tres
descabellos,
una bien
ganada
vuelta al
ruedo. Pudo
haber sido
fiesta
mayor. Y
fue, en todo
caso, una
bonita
manera de
plantarse en
el
escalafón.
No se acabó
la corrida
entonces.
Pero faltó
el canto de
un duro.
Renunció sin
disimulo El
Cid en tres
turnos:
primero, en
el toro del
Puerto de la
devolución
de trastos,
que fue
bondadoso y
manejable;
luego, en el
cuarto de
corrida, del
propio
Puerto, un
galán
enmorrillado
de no mal
aire, sólo
que El Cid y
su gente
decidieron
mandarlo al
limbo, lo
lidiaron y
picaron a la
contra.
Hicieron por
derribarlo y
aburrirlo, y
provocaron
una
injustificada
y caprichosa
devolución;
y, en fin,
con un
sobrero de
Antonio
Palla,
altísimo,
largo y
estrecho que
fue lidiado
como en
capea
pueblerina y
sacó en la
muleta
nobleza
pajuna y
poca fuerza.
Toreo
templado
Junto al
renuncio de
El Cid, la
confianza de
Castella en
turnos
relativamente
propicios.
Se protestó
por no se
sabe qué
razón la
presencia y
el estilo de
un tercero,
hondo y algo
endeble; no
anduvo
sobrado de
fuerzas sino
casi lo
contrario un
quinto
imponente,
el más serio
de la
corrida.
Castella
toreó
templado con
el capote,
pero,
mientras
quitaba por
chicuelinas,
empezaron a
oírse las
consignas de
los
reventadores:
el muy mal,
el que no,
el miau. El
torero en la
diana era
esta vez
Castella.
Quedó claro.
Castella
abrió con el
segundo por
bellos
estatuarios,
tiró a
tenaza del
toro por la
mano
izquierda,
lo apuró en
exceso, le
exigió más
de lo que
tenía y lo
mató de
media
defectuosa.
Con el
quinto, muy
mugidor,
rebrincado
de los de
puntear
engaños sin
romper ni
darse,
Castella
tuvo que
aguantar
todavía más
de un
insultante
miau. Todas
las ventajas
le dio el
torero de
Beziers al
toro, que se
vino abajo y
se defendió.
Una
estocada.
Turno en
blanco.
La calorina,
el
repajolero
corito
reventón y
piconero, la
desigualdad
de la
corrida, su
falta de
gasolina:
por todo eso
pesaba hasta
el aire
cuando se
soltó el
sexto y
volvió a
salir
Tendero. Con
casi la
misma
ambición de
antes, la
hierba en la
boca y al
toro que es
una mona. No
lo era:
bravito, de
ataques
desordenado,
descolgado,
pedía calma.
Precipitado
ahora
Tendero,
como si le
perdieran
las ganas de
montarse
encima. Con
el capote
toreó a
compás y con
ritmo. Y con
la muleta,
descargada
por sistema
la suerte,
dejó ver sus
intenciones:
tocar más
que
enganchar,
más en corto
que de
lejos. Justo
lo contrario
de lo que
pedía el
toro en
espera.
(COLPISA,
Barquerito)
|