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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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Madrid 3 Octubre 2009 |
| Bajonazo y Puerta Grande |
La plaza de Madrid
pierde categoría. A los
vaivenes de un público
que lo mismo aplaude con
delirio un bajonazo para
terminar con el tercero,
que un par de rehiletes
clavados en la paletilla
de uno de los toros; que
lo mismo ovaciona a un
picador tras rectificar
un puyazo caído, que
jalea hasta el paroxismo
un arrimón cuando lo que
el toro pedía era
distancia, lentamente se
va hundiendo su
prestigio. Hoy no ha
habido ni una protesta
ante la mala presencia
de alguno de los
lidiados, se ha pitado
por rutina a los dos
diestros artistas, y se
han aplaudido dos faenas
al trabajador francés,
sustentadas sobre la
ligazón a base de echar
la pierna para atrás y
ceder terreno,
descolocado y largando
siempre trapo hacia
fuera –apenas hubo dos o
tres pases en que se
metió el toro para
adentro y lo remató en
la espalda-. Yo
comprendo, como no puede
ser de otra forma que la
gente va a divertirse,
pero al menos cabe una
cierta reserva si los
conocimientos no son
exagerados. Si usted va
a la ópera, o al ballet,
no se ríe a carcajadas a
media aria, por más que
sea bufa aquella; no
aplaude en la mitad de
la recepción del baile
en Romeo y Julieta, de
Prokofiev. Cautelarmente
guarda un discreto
silencio para ovacionar
a cantantes o bailarines
en su momento justo, y
se fija en lo que hacen
los entendidos para
intentar no meter la
pata. De toros sabe todo
el mundo, ya lo sabemos,
y así le va a la fiesta
mientras que los
estamentos taurinos
–estos sí que sí-
aplauden la ignorancia
porque con ella se
rebaja el nivel de
exigencia, los triunfos
son mayores y creen
asegurarse las
ganancias. La nula
promoción del
espectáculo, el enorme
déficit de enseñanza que
se realiza, les viene de
perlas. En mis años
jóvenes uno podía
encontrar dos docenas de
tertulias donde aprender
de veras de toros,
hablábamos con diestros
veteranos ya retirados,
con ganaderos, íbamos al
campo, toreábamos –o eso
nos creíamos alguno-
alguna que otra
vaquilla, estábamos
atentos a la opinión de
nuestros mayores, y la
plaza tenía una
categoría, peso
específico y
conocimientos que
brillan hoy en buena
medida por su ausencia.
Hoy la ignorancia –sólo
me queda este triste
recurso- de la
presidencia ha concedido
una segunda oreja –la
primera es de petición
popular- después de un
bajonazo, sin un
capotazo digno de recibo
–todo fue perder terreno
en los medios- y con un
quite por chicuelinas
que –comparadas con las
dos previas de Morante-
fueron como si mi madre
saca a pasear la sábana
para colgarla desde la
lavadora. ¡Vaya equipo
presidencial! ¿Dónde
queda la categoría del
coso? ¿Dónde quedarán
todos esos peticionarios
del segundo trofeo,
cuando no cuenten con la
entrada de hoy?
¿Volverán algún día a
los toros? Los domingos,
desde luego, y a la
vista de lo contemplado,
no. ¡Vaya público
entendido y con afición!
Lo mejor del festejo, salvada la mala presentación del ganado, ha sido el comportamiento de los de Núñez de Cuvillo en el último tercio, en el que –sin excepción- todos han estado por encima de los espadas; incluso ese tercero por encima de Castella. Alguno ha tenido menos casta, como el primero, pero había que haber aguantado más y parado ese gazapeo incómodo, cosa que no ha conseguido ni apenas intentado, Aparicio. Levemente incómodo el quinto, al que Morante le ha dado una lidia equivocada y a menos y ahogado el último, por la manía dichosa de acortar terrenos del diestro francés, desaprovechando un pitón derecho que tenía mucho más de lo mostrado. Bien por el ganadero, que, sin embargo, debería haber cuidado más el trapío para esta palaza, por más que se anunciaran figuras y que el ilustrado público no haya protestado nada de ello. Lo de Aparicio se resume en una frase: “Quiero y no puedo”. Mueve las manos con gusto, tiene andares toreros –un buen amigo, finalizado el paseíllo me apuntó que vistos Morante y Aparicio ya podíamos irnos… y a la postre le tengo que dar la razón- y muy poco más. Su primer toro se llamó Tramposo, de 527 kilos, albahío más que ensabanado de capa, delantero de cuerna, menos que justo de trapío, manso, gazapón, flojo y descastado. El peor del encierro. Julio anduvo casi tanto como el bicho y apenas le apuntamos una buena trinchera en el tanteo y nada de nada más. Todo a media altura y pajareando ante el gazapeo del bovino. ¡Vaya fauna en conjunto! Desde fuera le atizó un espadazo entero, por su sitio de colocación, pero sesgando y por ello atravesado. El toro se fue a tablas a morir. En el cuarto, de nombre Lanzafuego, con 554 en la báscula, negro listón, tocado de defensas, un bicho sin culata en absoluto –vergonzoso hace apenas una docena de años-, manso pero embistiendo y soso en el último tercio, se repetiría la película, con muchas desconfianzas, pasos atrás, abuso de pico y ausencia de toreo muleteril. La práctica del nihilismo debería estar penada en la tauromaquia. Se dobló con movimiento antes de dejarle una entera, desprendida, mil veces mejor que el bajonazo de Castella antecedente. Lo de Morante ha entrado en lo lógico visto el final de temporada que viene haciendo, una temporada a menos, como su toreo de hoy. Con la lesión del primer dedo del otro día en Barcelona, es posible que anduviese disminuido de condiciones y anímicamente más bajo; pero eso no le sirve de excusa, o se está al cien por cien, o más vale pasar palabra. Pero el que tiene, retiene o pónganlo en pasado si más les gusta, y al menos le hemos visto detalles de torería y de gusto como han brillado en sus compañeros por su ausencia. Pocos han sido, desde luego, pero más vale eso que nada. En conjunto suspenso. Su primero fue Juguetón, de 534 kilos, jabonero sucio, o mejor barroso de capa, tocado de puntas, justito de presencia, manso –aunque derribó y empujó un poco en varas- pero embestidor. Lo paró con verónicas entre las que destacaron un par de ellas, con gusto, pero otras varias salieron enganchaditas. Dio dos chicuelinas superiores, llenas de gracia de arte en su quite, verdadero ejemplo de cómo realizar el lance, que no deja de ser accesorio y de adorno más que fundamental o de dominio. El toro pasa mientras uno se enrolla con clase el capote al cuerpo, ciñéndose la embestida y poco más. Luego con la muleta apenas vimos algún buen doblón de entrada, un buen natural –bien colocado anduvo con la zurda- pero en serie desigual y algo sucia, y más poca cosa con la derecha, a la par que se descolocaba de ese terreno importante que había pisado con la izquierda. Un buen derechazo en la tanda final nos dejó un sabor agridulce; no había podido con el toro, pero al menos nos mostraba las mieles del arte clásico. Cuarteando dejó media estocada caída y bastante atravesada que hizo doblar al Juguetón éste. El quinto era Aguaclara de epíteto, con 523 kilos, negro listón, tocado de armas, con poco cuajo por detrás, embistiendo con leve incomodidad en la muleta aunque manseando en varas. Esta vez no le vimos brillar con la capa, y con la muleta se empeñó en tantearlo por alto, y eso que el bicho tenía la tendencia a levantar la cara. Y por ello se fue complicando un poco el toro, que no paró de tocarle la muleta, ciñéndosele una vez y reponiendo alguna otra. Desde fuera y sin ver las cosas claras, al menos estuvo breve: tres series –incluido el tanteo-, unos doblones y a por la espada. Un pinchazo caído y media atravesada al sesgo, fueron rematadas con un certero descabello. A Castella le tocó el mejor toro de la tarde, de nombre Ventanero, con 536 kilos, capa colorada ojo de perdiz y listón, tocado de astas, con poco cuajo pero hondo, manso y boyante en la muleta. Nada con la capa, aunque las chicuelinas del quite se aplaudieron –lo que es tener poca memoria-, y comienzo de muleta como suele, tres pases cambiados por la espalda ligados con una serie por la diestra aceptable, aunque un poco sucios. Cogería la izquierda a continuación y desde fuera o al hilo, dándole distancia, lo pasó en paralelo y ligó, pero a la manera moderna: echando la pata que debe cargar la suerte para atrás, cediendo terreno al toro, para aprovechar el viaje del mismo y ligar con mayor facilidad. El toro se comía la muleta y todo era despedirlo hacia fuera y cogerlo absolutamente descolocado en los lances, es decir ni una sola vez dentro de la serie enfrente de los pitones, sino a lo más en la pala del pitón y algunas en el costillar. Se liga, es cierto, pero el mérito consiste en lo otro. Solo le veríamos metérselo en dos o tres pases, el resto fue despedirlo en paralelo. Tras dos series zurdas, inopinadamente cogió la derecha –por ahí el toro decía menos- y siguieron unas tandas poco profundas, aunque trabajando bastante y con firmeza de plantas. Y luego terminaría con algún cambio de mano, pasándoselo cerca de base de medios pases cuando el bicho ofrecía mucho más, acortando distancias sin necesidad, es más al contrario, dejando de lucir al toro como debía. Un bajonazo entero y verdadero remató su labor y la presidencia concedería esa segunda oreja de Meloncillo de Tuerceabajo. La cosa iba en plan triunfalista también con el sexto, después de algunas tandas instrumentadas desde fuera, con ligazón y paso atrás –ya saben- y con enseñanza de pico en demasía. El toro obedecía por Ganador, con 558 kilos, capa negra, delantera la cuerna y mansa la condición. No hubo nada con el capote, y unos estatuarios para iniciar el trasteo en el último tercio. Después de unas series poco jaleadas decidió pegarse el arrimón encimista –que como decía Marcial Lalanda tiene mucho menos mérito que aguantar la arrancada en la distancia- y para ello incluso llegó a esconderle la muleta en alguna ocasión, terminando por pendulear, dar algún circular en varios tiempos y otros medios lances colocado entre los pitones. Tales cercanías están bien cuando el toro se encuentra ya parado en un desplante torero; pero éste aun tenía pases por el derecho si le hubiese dado unos metros. Un pinchazo hondo, bajo y atravesado y cinco descabellos dejaron la euforia popular en una simple ovación. Un triunfo éste que deja un sabor amargo por la pérdida de categoría de la plaza e insulso por el toreo contemplado Cope.es - Rafael Cabrera
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