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Amplia con
avaricia la
corrida de
Moisés
Fraile. Con
mucha plaza
los seis
toros, de
apabullante
presencia.
No por ser
descarados
ni por estar
exageradamente
armados, aun
siendo
corrida
seria de
cara; ni
porque
impusiera su
fiereza,
porque los
seis fueron
de
temperamento
antes frío
que
caliente. Lo
apabullante
fueron los
volúmenes.
La longitud
de eslora,
de hocico a
penca, y
hasta la
última cerda
de rabos
llamativamente
frondosos y
despeinados.
La alzada
formidable,
que tuvo su
grado de
efecto
óptico en el
caso de dos
toros muy
ensillados,
segundo y
tercero,
pero que fue
excepcional
de promedio.
Con un sexto
de mórbida
presencia,
que montaba
por encima
de la tabla
cimera de
barrera.
Altos,
largos y
estrechos,
de timón y
cuellos
elásticos.
No cargados
de carnes
pero
cuajados los
pechos de
los toros.
Los seis
fueron,
además, muy
prontos. La
prontitud
fue
determinante.
Por ella
vino a
calibrarse
la corrida,
la más densa
de toda esta
feria
bicéfala de
Madrid. La
más
severamente
castigada en
el caballos
de cuantas
se llevan
vistas aquí
desde el 7
de mayo
último.
Dentro de la
corrida,
encastada
por pronta,
vinieron
tres toros
de buena
nota. Un
primero que
rompió a
embestir de
seguido y
sin tregua;
un segundo
codicioso,
tal vez algo
crudo de
varas, y con
la listeza
de la casta
pasada de
grados, y
por eso
parecía
reponer; y
un cuarto
que se llegó
a encaramar
en la
barrera con
la intención
de saltarla,
que cobró a
modo en tres
varas no del
todo
certeras y
que atacó en
la muleta
con son
sostenido. A
más los tres
toros, en
señal de
fondo. La
muerte del
segundo, muy
de bravo,
provocó a la
gente. A ése
y a los
otros dos se
les aplaudió
en el
arrastre con
ganas y
ruido.
Pero la
corrida
trajo,
además,
otros tres
toros de
condición y
suerte muy
diversas. El
tercero
estaba tan
ensillado
que parecía
un toro de
dos mitades,
como dentro
de su
especie los
centauros.
Fue el toro
desafortunado:
lastimado al
salir de la
primera
vara,
renqueó sin
dejar de
moverse
antes de
banderillas
y se
descompuso
en la muleta
por lo mucho
que le
costaba
apoyar. En
toro parado,
tal vez no
hubiera sido
relevante.
Pero éste,
por
codicioso,
se
desmadejaba.
El quinto,
bravucón en
el caballo,
fue
complicado
por áspero e
incierto o
por frenarse
y reponer.
El sexto, el
de más
afiladas
agujas,
trotón de
feo paso, se
blandeó de
manso en dos
varas, pegó
en
banderillas
dos arreones
de oleada y
sacó en la
muleta
intenciones
perversas:
por meterse
por debajo,
por
acostarse y
enterarse,
por volverse
y reponer.
Por
defenderse
mucho, lo
que no hizo
ningún otro
toro de esta
tan
espectacular
corrida de
El Pilar.
Los dos
toros más
formales y
de más
templado
motor se los
llevó Uceda
Leal en su
lote, y a
los dos les
bajó la mano
en tandas
más de
compromiso
que de
dejarse ir,
con el
oficio del
torero de
vuelta y
hasta su
garra sutil
en los
remates de
pecho. A las
dos faenas
les faltó
pensarse, y
asiento y
descaro en
los
embroques
por la mano
izquierda.
Las dos las
remató Uceda
de dos
estocadas
inapelables.
Casi de
sorpresa la
primera; de
rigor de
ingeniero la
otra.
La suerte de
Talavante no
fue redonda.
El toro de
fondo se
había ido
del caballo
con un
puyazo de
menos y no
hubo manera
de
rectificar
ni dar
marcha
atrás.
Enganchó
tela en los
muletazos de
engaño
escondido y
repuso
protestando
en los
muletazos
cortos, casi
rácanos. El
brusco
quinto
sorprendió a
Talavante en
casi todas
las bazas.
La gente se
echó encima
del torero y
fue el caso
dramático de
toro ganador
del combate
casi por cao.
Minoría
intransigente
El lote de
castigo fue
el de Daniel
Luque. Los
dos toros y
la ruidosa
minoría
intransigente
que, fiera
inclemente,
lo estuvo
castigando y
friendo de
punta a cabo
como si
fuera una
primera
figura del
toreo. En el
ojo de
huracán de
fobias
varias
estuvo
Daniel
inesperadamente.
Sin motivo
ninguno. La
reclamación
por la
cojera del
tercero iba
contra el
palco pero
le estuvo a
conciencia
rebotando a
Daniel
encima.
Daniel hizo
alarde de
notable
aplomo. Y de
entereza. El
confuso
guirigay de
fondo con su
acento
reventón y
remolinos de
viento que
entorpecían
el manejo de
engaños. Y
un toro de
aire
incierto por
todo.
Los que
vinieron por
Luque
estuvieron
todavía más
agresivos
después.
Apenas unas
palmas para
un meritorio
quite por
delantales.
Tampoco se
había
reconocido
el detalle
de un
valeroso
quite por
chicuelinas
al quinto.
Y, en fin, a
freír al
torero, que
le buscó al
toro las
vueltas, la
distancia,
la medida,
las dos
manos. Que
no se dejó
coger cuando
el toro
amagó con
hacerlo,
pero aguantó
firme sin
irse de
suerte. Sino
con oficio
precoz.
Cuando tocó
convencer
con un
desafiante
cuerpo a
cuerpo, ahí
estuvo
Daniel de
verdad.
Todo lo fría
que podía
estar la
cabeza
porque
mortificaron
al torero
con el
repertorio
de
impertinencias.
Incluido el
famoso “¡Se
va sin
torear…!”
Cuando los
gestos
pasaron la
batería, la
mayoría se
puso del
lado del
torero.
Entonces
Daniel hizo
la última de
épica:
cuadrar el
toro en los
medios y
atacar por
derecho para
enterrar la
espada
entera.
Salió cogido
y empalado,
rebotado, el
toro lo tuvo
entre las
manos y los
cuernos, y
con los
pitones le
anduvo
rozando la
yugular en
varios
derrotes. De
ellos salió
casi indemne
Daniel.
Héroe
legítimo de
la batalla
final.
(COLPISA,
Barquerito)
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