En la
primera de
las tres
novilladas
de San
Isidro, tres
novilleros
distintos.
Por todo:
trayectoria,
proyección,
destino,
pasado,
estilo,
formas,
fondo. Y
hasta por la
manera de
respirar. Un
José Manuel
Mas, de
Navalcarnero,
en su
tercera
temporada
con
caballos, ya
hecho,
preparado,
valeroso,
puesto,
fácil; un
Miguel
Tendero de
Albacete,
rodado y
bien rodado
en dos
cursos, con
alternativa
de lujo
anunciada
para dentro
de sólo tres
semanas en
Nimes, y por
tanto
novillero
con más
futuro que
presente; y
un Javier
Cortés, de
Getafe,
oriundo de
Villanueva
del
Arzobispo,
salido de la
Escuela de
Madrid, de
mucho
corazón,
todavía
terminando
de arrancar.
Mas tiene
planta,
porte y aire
de torero
caro.
Tendero es
muy
aparatoso.
Cortés tiene
ese aire
severo de
los toreros
de estatura
más bien
mediana que
parecen no
tener
derecho ni a
encogerse ni
a estirarse.
Torero a la
pata la
llana, sin
sombra. Con
veinte años
recién
cumplidos
los tres
mozos. Y una
novillada de
Montealto,
hierro joven
y encaste
relativamente
viejo:
sangre Juan
Pedro de El
Ventorrillo.
Con la
seriedad, el
trapío y la
potencia de
la ganadería
madre. Hizo
una tarde
muy ventosa.
Tan ventosa
que la dejó
marcada,
porque puso
muy caro
todo:
manejar los
avíos,
elegir
terrenos y
torear.
Además del
viento, lo
que fijó en
el
calendario
la fecha fue
un grave
percance: la
cogida en
banderillas
de un
veterano tan
seguro como
el
almeriense
Gimeno Mora.
Con la
excepción de
un sexto
venido abajo
después de
sólo una
primera
vara, y que
no dio a
Javier
Cortés más
opción que
la de acabar
ya, la
novillada,
muy ofensiva
y astifina,
salió
peleona,
mutante y
diversa. El
cuarto de
corrida, el
más mansito
de todos, y
único negro
del envío,
fue el que
con más
docilidad se
dejó.
Parecía el
de la
despedida de
Mas como
novillero de
Madrid.
Porque lo
brindó. Lo
descompuso
todo el
viento. No
encontró
terreno
adecuado
Mas. En
tablas se
podía estar.
No hubo
redondeo. El
de mejor
fondo y más
calidad, el
más
completo,
fue el
quinto,
soberbiamente
picado por
Agustín
Collado.
Rompió el
toro:
fijeza,
acometividad,
nobleza. Muy
poderoso
Tendero,
capaz de
verdad,
templado.
Pero algo
eléctrica y
tensa la
postura: las
salidas
exageradas,
los
desplantes
desafiantes
y
provocadores,
revolucionados,
un teatral
frenesí
reñido con
la pureza y
el temple de
embroques y
pases,
tránsitos y
soluciones.
Torero
bueno, sí.
No con la
espada,
porque ni
pasa ni deja
de pasar.
Torero de
ponerse muy
encima, más
al hilo que
cruzado,
firme pero
algo
encorvado,
un punto
violentos
los toques.
Pero
seriedad
para
embraguetarse
sin
cansarse.
Con las dos
manos sabe y
puede.
El novillo
complicado
fue el
tercero. Por
incierto,
por arrear,
meterse y
revolverse,
y por buscar
por debajo
de los
vuelos. Y
porque fue
cuando más
viento
soplaba. Con
una
sencillez
llamativa,
Javier
Cortés se
trajo el
toro por
delante en
una hermosa
tanda ligada
con la
diestra y
bien
abrochada.
Que pareció
muy fácil. Y
todo lo
contrario
porque el
toro mordía.
Faena luego
de pelearse
con el
viento y las
coladas o
apretones
del toro,
que buscaba
presa.
El primero,
lesionado
tras un
volatín de
salida, fue
novillo
aprovechable,
por
codicioso y
pronto.
Aunque diera
en rajarse.
Mas le pegó
con la zurda
una tanda
extraordinaria.
Pero sólo
una. Muchos
enganchones
de muleta:
por el
viento, por
no soltar a
tiempo o no
cruzarse,
porque el
toro
protestaba.
Faena en mal
terreno:
donde más
pesaba todo.
Y un raro
novillo
segundo, el
que hirió a
Gimeno Mora,
jabonero y
muy
astifino,
que se
blandeó de
manso en los
caballos,
pero metió
la cara.
Sólo que
había que
sujetarlo. O
traerlo muy
toreado
porque, si
no,
punteaba.
Mucha
decisión de
Tendero,
pero en
faena
irregular,
de muchos
vuelcos,
como si
fuera por
asaltos y no
todos los
ganara este
nuevo torero
tan rampante
de Albacete.
El toro
acabó
olisqueando
y
escarbando.
Con el
capote dejó
Tendero su
firma en
lances
sueltos de
gran vuelo y
dibujo. Mas
también dejó
una media
verónica
espléndida
en una
especie de
quite de
perdón con
el último.
Cortés es,
de momento,
de los que
se agarran
al capote
sin saber
soltarse de
él ni que
hacer con él
tampoco.