|
FICHA DEL FESTEJO |
|
TOROS:
Seis
toros de Garcigrande (Domingo
Hernández). De desiguales hechuras. Bien
rematados segundo, tercero y quinto. Muy
serio el sexto. Dieron buen juego esos
cuatro, con sus renuncias y sombras.
Deslucidos primero y cuarto.
ESPADAS:
Morante de la Puebla, de
marengo y oro, silencio en los dos.
Sebastián Castella, de malva y oro, oreja
tras un aviso y oreja tras un aviso.
Alejandro Talavante, de verdolaga y oro,
silencio tras un aviso y silencio.
INCIDENCIAS
Tarde feliz y rotunda del torero de Beziers
en versión renovada: templado, inteligente, tan
valeroso como siempre, capaz de improvisar y de
volcar plaza y ambiente. El banderillero Rafael
Cuesta cogido por el cuarto cuando bregaba. Cornada
grave de 25 cms. en el muslo con destrozos de
aductores.
La infanta Elena, en el Palco Regio.
Parte medico
"Herida por asta de toro en el tercio superior de la
cara interna del muslo derecho, con una trayectoria
descendente de 25 centímetros con destrozos de los
músculos abductores, con un orificio de salida en el
tercio inferior de la cara posterior. Pronóstico
grave. Trasladado a la clínica de La Fraternidad
|
Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
| |
Asi lo vio la prensa
COPE.ES:
“Torear
y destorear” (Rafael Cabrera)
BURLADERO.COM:
“Castella, a hombros de la mayoría en Madrid”
(Mario Juárez)
ABC:
“Castella
se inventa la Puerta Grande” (Zabala de la
Serna)
LA
RAZÓN:
“Tibia salida en hombros de Castella” (Juan
Posada)
ELMUNDO.ES:
“Castella, primera Puerta Grande” (Lucas Pérez)
EL
PAÍS:
“Puerta Grande para Castella” (Antonio Lorca)
AGENCIA EFE:
“Puerta Grande con alfileres” (Juan Miguel
Núñez)
MUNDOTORO.COM:
“Castella y el papel albal” (Carlos Ruiz
Villasuso)
|
|
|
Sereno,
elegante,
paciente y
distinguido
Morante. Sin
toros
propicios.
Los dos
deslucidos
de la
corrida de
Garcigrande
se colaron
juntos en su
lote.
Distraído,
dolido,
topón el
uno; de
rácana
pereza el
otro, que,
rebrincado
en medias
embestidas,
fue toro sin
fijeza y
venido
abajo. Sólo
dos lances
de gran
dibujo le
pudo pegar
Morante al
primero, que
trotó y no
galopó; al
cuarto,
nueve de
linda brega,
y de dentro
afuera, para
tratar de
fijarlo.
Cuando iba a
rematar
Morante,
salió a
destiempo
Rafael
Cuesta, que
estaba de
lidiador, y
se distrajo
el toro con
él. El toro,
bizco y
acarnerado,
de raro
remate,
desparramaba
la vista. La
cara arriba,
por tanto.
Suelto salió
de una
primera
vara. Cuando
lo llevaba
al caballo
para la
segunda,
Rafael
Cuesta salió
prendido y
corneado.
Pareció
cruzársele
el toro
justo antes
de
embrocarse.
Nadie perdió
la calma.
Al primero
de los dos
toros de
Talavante
también
salió
Morante por
sorpresa en
un quite. De
largo se
vino al
reclamo de
Morante el
toro, el
lance fue
espléndido,
pero al
salir de
embroque el
toro pareció
descaderarse.
Hubo que
cortar. Los
dos trasteos
de Morante
tuvieron
torería. Ni
los
cabezazos
del primero
ni el
incierto
remoloneo
del cuarto
llegaron a
ponerle a
prueba ni
los nervios
ni el
asiento.
Hermosa la
manera de
estar. No es
que no
pasara nada.
Morante
debió de
sentir que
estaba con
él la gente.
Era otro el
ambiente de
la plaza. En
la octava
tarde de San
Isidro
parecía el
Madrid caro
y bueno. Que
es de
Morante.
El que
caldeó de
verdad ese
ambiente fue
Sebastián
Castella en
tarde
grande.
Sembrado el
torero de
Beziers. Una
seguridad
casi
insolente,
dominio
mayúsculo de
la escena y
de los
recursos con
que armar
dos faenas
tan
poderosas
como
delicadas.
Se tuvo la
impresión de
que Castella
iba a salir
en triunfo
nada más
verlo asomar
por la
puerta de
cuadrillas.
El pálpito
que provocan
a veces
algunos
toreros. Se
cumplió el
presagio.
Sin prisa,
Castella se
tomó su
tiempo antes
de meterse
con el
primero de
lote. Un
toro burraco,
muy bien
hecho y fino
de cabos,
dócil y
noble, que
vino a
romper en
sus manos.
Un arranque
espléndido:
cuatro
muletazos de
impecable
encaje, por
alto los
cuatro, y
por las dos
manos,
cosidos,
fortísimos,
y cosidos a
su vez y
luego con
cinco más
por abajo,
cambiados o
no, con el
toro
provocado y
toreado.
Hubo clamor.
Tomó la
faena peso y
vuelo de
trabajo
caro. Lo
fue. No
sencillo
porque
enseguida el
toro hizo
amago de
rajarse, y
se estuvo
yendo casi
por norma
del que
pretendía
ser tercer
muletazo de
tanda.
Tercero
después de
dos primeros
templados,
dibujadísimos,
firmes.
La manera de
buscar
Castella al
toro para
forzarle a
seguir sin
violentarlo
fue sabia.
De torero
mayor. No
hubo un solo
enganchón,
sino
cadencia en
cada una de
las
transiciones
obligadas
por las
renuncias
del toro. No
hubo tampoco
tiempos
muertos, y
eso fue
mérito de
Castella
también. Una
faena
seguida con
toro tan
dado a
rajarse no
está al
alcance de
cualquiera.
Coces pegó
también el
toro al
salir de
suertes,
pero siempre
lo esperaba
Castella con
la muleta
por delante
para
convencerlo.
Muy bonito
el trabajo.
Una gran
estocada.
La puerta
grande
La primera
de las dos
orejas de
esta tarde
en que iba
abrírsele la
puerta
grande. La
otra,
petición
mayoritaria
pese a una
estocada
impropia,
premió una
faena de
idea y línea
diferentes,
y con un
toro muy
distinto
también. El
de más
carácter del
envío. La
apertura fue
de nuevo
espectacular:
tres
estatuarios,
soberbios
por la
manera de
dejar llegar
y librar
todo el
toro, y con
ellos, en la
misma
madeja, dos
trincheras y
el de pecho.
Runrún
grande. Sólo
dos peros:
el viento,
que no dejó
elegir
terreno, y
la falta de
una tanda
redonda por
la mano
izquierda,
porque el
toro, que
reponía, le
pisó a
Castella la
muleta y lo
desarmó.
Antes de ese
mal
calculado
intento,
Castella
toreó a
placer con
la derecha
en dos
tandas de
temple,
ligadas,
ajustadas,
de impecable
asiento.
Bien tapado
el toro, que
tenía una
pizca
agresiva. Se
impuso
Castella. Y
tragó las
dos o tres
veces que lo
midió o se
le resistió
el toro. El
final, a
pies juntos,
tuvo el
regusto del
toreo
mexicano de
alta
escuela.
Como el
temple mismo
de las dos
faenas, tan
improvisadas
y tan
lógicas a la
vez. De
manera que
el campanazo
fue sonado.
Talavante
tuvo a favor
los toros,
que se
dejaron
hacer, y en
contra el
ambiente,
que lo
estuvo
castigando
de continuo.
Con o sin
razón. El
viento se
puso de
cara, a
Talavante le
costó
templar los
viajes del
toro que se
descaderaba
de cuando en
cuando, el
tercero, y
abusó de los
muñecazos o
del toreo en
línea, al
toque y la
suerte
descargada.
El sexto, de
embestida
más brusca
pero fiable,
pudo haber
sido de los
de subirse
en marcha.
Los toques
por fuera
cuando
todavía
Talavante de
tomarle el
pulso al
toro.
Despegadito
y en línea
cuando se lo
tomó.
Vertical
pero no
siempre
firme.
Codillero
unas veces,
soltando
exageradamente
brazos y
engaño
otras. Un
poco
mecánico.
Con gritos
en contra
que no
servían
precisamente
de aliento.
Como si
Talavante
hubiera
perdido de
golpe el
favor de su
gente de
Madrid. O el
crédito.
(COLPISA,
Barquerito).
|