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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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Madrid - 14ª de abono - 20 Mayo 2009 |
| La célebre confirmación de El Payo |
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Se cayó la
corrida de
Peñajara y
se cayó de
verdad. Tres
toros
devueltos
por
claudicar
irremisiblemente.
Juguetes
rotos. El
primero de
los tres,
terciado,
estaba
escogido
para la
confirmación
de
alternativa
de El Payo;
un tercero
de corrida,
de hirsuto
morrillo,
castaño bien
cortado, se
empotró en
el caballo
en una vara
y salió de
ella como el
puré; el
sexto,
entrado en
carnes, iba
a
desmoronarse
cuando
apareció el
pañuelo
verde. Por
parecidas
razones pudo
haberse
devuelto un
cuajado
cuarto que
se
desencuadernaba
en los
viajes de
ida y se
tambaleaba
en los de
vuelta y que
estaba al
décimo lance
para el
tinte. De
modo que fue
la corrida
catástrofe
imprescindible
de cualquier
San Isidro.
Y magnético:
capaz de
sujetar en
tensión a la
gente en la
plaza
después de
dos horas y
media de
festejo. El
toro y el
torero, que
estuvo
echado para
adelante,
sereno,
templado y
convencido.
Era el
propio El
Payo,
mexicano de
Querétaro,
torero
transterrado
y en crianza
en España.
El Payo no
se entendió
con el
notable
sobrero de
los hermanos
Torres
Gallego:
agarrotado,
tenso, mal
acoplado,
firme pero
sólo a
tirones. El
toro venía
zurrado de
un farragoso
tercio de
varas
sellado por
una riña a
quites y
réplicas de
quite entre
El Payo y su
padrino,
Miguel
Abellán. En
todos los
quites quiso
el toro.
Verónicas de
cadenciosa
mano baja de
Abellán,
gaoneras,
chicuelinas
y delantales
de El Payo,
suelto y
firme con el
capote en
todos los
trances.
Cuando se
alcanzó la
cota del
quinto quite
hubo alguna
protesta.
Sin embargo,
esa fue la
cata del
corazón de
El Payo. La
cortesía
obligaba a
Abellán a
renunciar a
la réplica.
Pero delante
de un toro
con clase
suele
calentarse
cualquiera.
(COLPISA,
Barquerito)
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