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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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Madrid - 15ª de abono - 21 Mayo 2009 |
| Morante y un privilegiado "¡ahí queda eso!" |
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Morante!
Privilegio y
maravilla.
De capa y
muleta. Con
un noble
toro de Juan
Pedro Domecq,
consentido,
acariciado,
afortunado.
La antología
del toreo a
la verónica
y a la
manera de
Morante.
Encaje del
cuerpo,
asiento
natural,
como si
estuviera
posado el
torero. Sólo
en el
saludo,
recién
fijado el
toro de
salida con
dos meros
lances
genuflexos,
ya estuvo
Morante en
el mismo
platillo.
Ahí se trajo
al toro en
un sutil
toque con el
vuelo y
dibujó a
pulso. Uno,
dos, tres,
cuatro y
cinco lances
a la
verónica de
muy feliz
compás por
lo
despacioso.
De precisión
sorprendente:
sin ganar ni
perder pasos
ni terrenos,
porque ya en
el primer
embroque
estaba Tras la primera vara, Morante salió a quitar. No hubo ni que pedir silencio ni chistar. Estaba el coro con la boca abierta. Ahora fueron cuatro las verónicas del manojo y, a pies juntos, media de seco salero. La sencilla compostura y el tiempo lento con que se marcaron las cuatro y la media volvieron a levantar clamores. Y también tres lances de brega, una revolera cambiada y dos capotazos largos de sacar los brazos. Aún quedaba de postre un supino quite de regalo a tercio cambiado. Dos chicuelinas de lento giro y envueltas como quien pliega un pañuelo. Y a pies juntos, media muy forzada pero resuelta con un caracol. Entonces se puso de pie la gente, tiraron flores al ruedo los que estaban cerca y tenían flores, y pidieron a Morante que diera la vuelta al ruedo. Con sabio criterio se negó Morante. Entonces pareció el torero de la Puebla tocado por el calor tan formidable de la gente. Y lo volvió a parecer después. Cuando concluyó el concierto. Ese toro de tanta música se lo brindó Morante a la actriz Paz Vega, sentada en una barrera. Bellísima. Como la faena de Morante, que, natural, saboreada y no relamida, fue compendio de improvisación, compás, clásica pureza, temple, ingenio, gracia, sensibilidad, entrega, hondura. Dos ayudados por alto de apenas abrir Morante el compás, tres en redondo con su trincherilla, un natural ligado con el kikirikí, una tanda de cinco en redondo ligados sin un rizo ni violencia y abrochados con un desplante, otra tanda todavía cuando ay parecía todo dicho y hecho. Los tiempos entre golpes, clave en toda la escena, fueron los que el toro parecía pedir como aire. Y hasta una manera de torear, no pausas ni paseos de pasarela. Sin terreno determinado, sino donde y cuando mejor convino cada cosa. La escuela sevillana, el llamado toreo eterno. Una riqueza apabullante.
Iba a
cambiar
Morante de
espada y le
pidieron que
se pusiera
por la mano
izquierda.
Aceptó. No
fue la mejor
idea.
Aplomado, el
toro se
empezó a
resistir.
Hubo un
desarme y
hasta el
desarme se
jaleó como
parte del
duende. Y
también hubo
algún
muletazo a
cámara
lentísima,
el mismo
asiento tan
memorable y
enterizo, un
cambio de
mano después
de dos
singulares
ayudados
para cuadrar
al toro y…
Encogido, el
toro no dejó
a Morante
pasar con la
espada. La
estocada
entró al
segundo
viaje.
Cuando dobló
el toro,
sonó el
aviso más
impertinente
de la feria.
Una oreja.
Una vuelta
al ruedo de
natural
torería. Le
pidieron a
coro que
diera otra.
Se negó.
Saludó desde
los medios
con rendida
gratitud de
artista
comprendido.
Y fue, en
fin, un “¡…y
ahí queda
eso!” en
toda regla.
Una cumbre.
(COLPISA,
Barquerito)
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