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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de
Guadaira (Manuel Cañaveral). Corrida seria de
variadas hechuras y distinta condición. Fueron
nobles los seis. Justos de fuerzas los tres
primeros, pero muy noble el segundo. De buena nota
los tres últimos: el cuarto, flojo, se empleó; de
calidad el quinto y el sexto.
ESPADAS:
Curro Díaz,
de púrpura y oro, silencio y vuelta al ruedo.
Eduardo Gallo,
de verde aceituna y oro, saludos y ovación tras
un aviso.
Andrés Palacios,
de escarlata y oro, silencio en los dos.
INCIDENCIAS
Un minuto de
silencio en memoria del comisario Puelles, asesinado
por ETA el pasado viernes. Decisión y personalidad
del torero de Linares, firmeza y temple del torero
salmantino. Una corrida noble de Guadaira, de
desigual motor y excesivamente castigada en varas.
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Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
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Buenas
noticias de
Curro Díaz y
Eduardo
Gallo. Curro
y su toreo
plástico,
sincero, a
veces
ligero, a
veces garbo
puro, entre
saleroso y
hondo, bien
recitado.
Gallo y su
honradez:
firmeza,
encaje,
renovada
ambición,
sentido del
temple. Y
una de
Guadaira,
que se
estrenaba en
Madrid con
corrida de
toros. La
novillada de
San Isidro
fue de
vértigo por
su genio,
por la
dinamita.
Violencia,
poder
indómito,
agresiva
resistencia.
Esta corrida
de primicia
fue
justamente
lo
contrario:
nobleza, el
fuelle justo
en general,
las gotas
suficientes
de
docilidad.
Dos o tres
toros de
buena nota.
Fue corrida
seriamente
armada: un
primero
cornalón y
descaradito,
bizco, y
que, mal
medido en
varas, se
defendió
rebrincado y
casi
punteando en
la muleta
por falta de
fuerzas y no
por otra
razón.
Soltura de
Curro Díaz.
El
desparpajo
de
pinceladas
sueltas. Y
el viento a
favor de la
parroquia,
que jaleaba
los
muletazos
antes de
embrocarse
las partes
propiamente.
Se
celebraron
más las
ideas y la
compostura
que los
logros. Más
la guinda
que el
pastel.
No luego. Un
cuarto toro
amplio pero
descolgado
de carnes,
la cuerna
ancha y en
tubular pero
acapachada,
admisible.
Toro flojo,
de mucho
claudicar,
pero pronto.
De partida
algo
descompuesto
por falta de
fondo, pero
después con
las ganas
sobradas
para
emplearse a
conveniencia
de Curro
Díaz: látigo
sedoso, aquí
acelerado,
ahora
calmoso, por
una mano y
por la otra,
con
variantes
floridas de
toreo
cambiado.
Faena
profusa,
graciosa,
improvisada,
salpicada y
salteada: en
distancia
mayor
primero, más
en corto
después, de
gran trazo
dos tandas
con la
izquierda en
muletazos de
tres cuartos
de pase con
el embroque
por fuera y
el remate,
en cambio,
muy hacia
dentro, con
el toro
mecido lo
más posible.
A pies
juntos los
trances de
más encaje.
Sinuosos los
adornos: un
molinete
ligado con
una
trinchera y
el del
desdén. Y
todo pasó
seguido y de
pronto, con
el aire
caliente de
las faenas
airosas. Un
pinchazo,
una estocada
desprendida,
petición
suficiente
de oreja. Se
enrocó el
palco. Y
nones.
Dos buenos
toros en el
lote de
Eduardo
Gallo. Sin
fuerza, y
molido en
varas, un
segundo
mugidor y
rebrincadito
pero muy
noble; con
calidad un
hondo quinto
retinto,
estampa de
toro viejo,
de mucho
calibre y
llamativa
pechuga, y
que, de
menos a más,
sacó
distinguida
codicia,
humilló,
repitió,
vino a todo
y murió de
bravo. Gallo
estuvo firme
de verdad en
el capote en
el recibo de
los dos. A
pies juntos
lances de
buen vuelo,
verticales,
de brazos
jugados.
Despacio.
Con cabeza
lidió Gallo
al feble
segundo, que
se le acabó
enseguida en
la muleta.
Pero lo
templó con
primor en la
media
altura, que
no es fácil:
lo sostuvo
sin
necesidad de
atemperarlo.
Era toro
sumiso.
Encajado
Gallo en
tandas
cortas. Y
temerario
pero
tranquilo en
una trenza
final entre
pitones,
valorada por
la mayoría,
no por
todos. Fue
hermoso ver
al torero de
Salamanca
tan
descarado.
Como cuando
despuntó. Y
tan de
verdad. Una
excelente
estocada.
Faltó calma,
y astucia,
para
entenderse a
tiempo con
el notable
quinto de la
tarde, el
toro tan
toro
antiguo, y
tan bien
hecho.
Quebrantado
en dos
varas, el
toro pedía
distancia,
terrenos de
afuera: no
quería al
torero tan
encima como
se puso de
salida
Gallo,
porque
protestaba
como si
fuera lo que
no era: un
toro
pegajoso. Y,
además, por
codicioso y
pronto,
quería que
el torero
perdiera
pasos y no
los ganara.
Una primera
parte de
faena con
Gallo
tocando
todas las
teclas pero
sin afinar
ninguna. Y
una segunda
parte
francamente
buena: de
dar con
sitio y
distancia, y
la mano
buena: la
izquierda.
Para torear
ahora Gallo
sin
cansarse, la
mano baja,
su buen
gusto
natural,
ligazón,
quietud.
Larguísima
la faena. Un
aviso antes
de cuadrarse
el toro. Una
notable
estocada.
El tercero
de corrida
volcó un
caballo de
picar.
Volcar no
derribar. Se
lastimó.
Algo celoso,
zurrado,
toro de poca
voluntad.
Andrés
Palacios
abrió con el
trueno de
tres
estatuarios,
que fueron
falsa
promesa.
Frágil, se
vino abajo
el toro, que
se acostó
por una mano
y punteó de
flojo por la
otra. No
hubo
acuerdo. El
sexto,
hondo,
cinqueño,
soberbio,
fue
gravemente
castigado en
dos varas
sin
escrúpulos.
Y acusó la
paliza. Se
aplomó. A
toro parado,
amagos de
arrebato de
Palacios,
que no dio
con la
fórmula.
(COLPISA,
Barquerito)
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