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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis novillos de
Guadaira (Manuel Cañaveral). De variadas hechuras,
fue novillada astifina. De genio temperamental el
tercero; violentos cuarto y sexto, que mansearon.
Bueno el primero; manejables un informal segundo y
un apagado quinto.
ESPADAS:
Francisco
Pajares, de negro y oro, silencio tras un aviso
y saludos tras un aviso.
Juan Carlos Rey,
de Colmenar Viejo, nuevo en Madrid, de grana y
oro, saludos tras un aviso y silencio.
Pablo Lechuga,
de corinto y oro, silencio en los dos.
INCIDENCIAS
19ª de San Isidro.
Tres cuartos largos. Primaveral, ventoso. Atendido
en la enfermería Francisco Pajares de un puntazo
corrido en el muslo derecho de pronóstico leve.
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Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
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Abrió un
astifino y
bien tocado
novillo
castaño y
rubio. De
buen aire,
pero al
trote
primero, la
cara a media
altura,
picado al
relance,
suelto de
varas. No
parecía que,
pero fue que
sí. En la
muleta vino
a querer con
son y
fijeza. De
esa virtud
del carácter
de un toro
que se
define como
el
“recorrido”
hubo
generosa
muestra.
Recorrido
largo. Mucha
nobleza,
además. En
corto y no,
por las dos
manos, en
las idas,
venidas y
vueltas, por
alto y por
bajo. Entre
tanda y
tanda tendía
a engallarse
el toro.
Un Francisco
Pajares
placentino
de Plasencia
de Cáceres,
alumno de la
Escuela de
Madrid y ya
veterano en
el
escalafón,
le anduvo
con
delicadeza,
ortodoxo y
oficio en
faena
sosegada,
acoplada,
segura en
casi todos
los
embroques.
Algo seco el
trabajo: por
monotonía o
falta de
inspiración.
Por
academicismo,
de cuyo
repertorio
brotaron
como
aislados
chispazos un
cambio de
mano por
delante y un
par de
trincheras
de remate.
Era el toro
primero de
corrida, la
gente estaba
fría y ajena
como es
costumbre en
tal turno,
la faena
perdió ritmo
al acortar
Pajares
distancia,
corrió el
tiempo y el
trabajito
estaba de
pronto
desinflado.
Iba a pesar,
sin embargo,
a la hora
del recuento
y en la
busca del
tiempo
perdido. Por
dos razones:
la primera,
porque el
toro de
apertura fue
con
diferencia
el de más
calidad y
mejor trato
de una
novillada de
Guadaira que
vino con las
del Beri
inesperadamente;
luego,
porque la
única faena
de asiento y
definida
forma fue,
dentro de su
plana línea,
esa misma
que abrió el
fuego.
El fuego fue
de dinamita
durante la
lidia de
tres
novillos
especialmente
díscolos,
revoltosos,
geniudos y
violentos:
el tercero,
el cuarto y
el sexto.
Mansote al
decantarse,
el quinto,
playerito y
astifino, no
entró en el
recuento de
tragos
amargos; ni
tampoco un
segundo que
se defendió
por falta de
fuerzas pero
no
agresivamente.
Durante la
pelea y
lidia de los
tres toros
broncos
sopló, para
colmo de
males, el
viento. El
parte de
batalla dejó
registro de
dos toreros
cogidos:
Pablo
Lechuga,
prendido por
el tercero
en un avieso
gañafón, y
el propio
Pajares,
encunado y
volteado
brutalmente
en el primer
embroque de
estocada en
la suerte
contraria
con el
cuarto toro
y vuelto a
ser volteado
dos y hasta
tres veces
en un solo
envite al
cobrar en un
segundo
intento la
que iba a
ser estocada
letal. Rodó
sin puntilla
y patas
arriba el
toro
mientras
Pajares, con
la
taleguilla
atravesada
de ingle a
cadera,
yacía en
apariencia
malherido a
menos de un
metro del
toro rodado.
La cogida de
Lechuga se
saldó con un
boquete en
la
taleguilla
de un
precioso
traje
corinto y
oro que
parecía de
estreno. El
tercer
novillo,
terciado,
zancudito,
finas cañas,
se empleó
con genio en
el caballo,
cortó en
banderillas
con listeza
y estuvo a
punto de
llevarse por
delante a un
Félix
Estévez
banderillero
con el que
hizo hilo
enfurecidamente.
Probón y
celoso y,
por tanto,
incierto,
cazaba por
la mano
izquierda, y
por ahí cazó
a Lechuga, y
arreaba
temperamentalmente
por la
derecha.
Prueba
durísima
para
novillero
relativamente
nuevo. Tal
vez hubiera
convenido un
macheteo de
dominio y no
un intento
franco de
faena de
molde, que
el toro, con
gatos
dentro, no
quería. Se
metía al
menor hueco.
Acapachado
El cuarto,
de elegante
porte, alto,
entre
remangado y
acapachado,
muy
astifino,
echó las
manos por
delante, no
quiso en
serio, se
embrocaba al
paso
arrepentido
y
frenándose.
No fue dueño
de la cosa
Pajares.
Pero su
arrojo con
la espada se
celebró con
grandes
honores. El
sexto,
suelto del
caballo,
violento de
puntear,
protestar y
rebrincarse,
no hizo más
que guerrear
de huida y
no de cara.
Se sintió
desbordado
Pablo
Lechuga, con
quien se
abre la vía
de una
dinastía de
toreros de
San Martín
de
Valdeiglesias,
gran pueblo
torero del
Madrid
occidental.
Hijo de
torero bueno
y sobrino de
buen torero.
Juan de los
Reyes y
Fernando
Lechuga,
luego
apodado
Fernando
Rivera. Sin
suerte el
nuevo
Lechuga en
este estreno
accidentado
de San
Isidro.
La fecha
fue, además,
la de
presentación
en la plaza
de Madrid de
un novillero
de Colmenar
Viejo, Juan
Carlos Rey,
bien
plantado
mozo de
buena
cintura,
brazos sin
soltar del
todo y
asiento
irregular.
Una estocada
al encuentro
o por las
bravas tumbó
espectacularmente
al novillo
del debut
que, en
momentos de
mucho
viento, lo
sorprendió
por sistema
antes de
embroque:
mansito, el
quinto
perdió los
humos al ser
castigado a
modo por
Antonio
Vallejo,
Pimpi hijo,
o Pimpi
nieto, y
¡bisnieto!
de El
Anguila, el
picador que
pegó el
primer
puyazo en
esta plaza
entonces
nueva y en
junio de
1931.
Reducido el
toro, Juan
Carlos Rey
se sintió
tranquilo.
No
inspirado.
(COLPISA,
Barquerito)
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