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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Tres toros de
Cebada Gago, jugados por delante, de desigual
condición, y tres de los Herederos de Salvador
Guardiola Fantoni, que completaron corrida, de buen
cuajo, nobles pero aplomados..
ESPADAS:
Luis
Miguel Encabo, de azul turquí y plata, silencio
y pitos tras un aviso.
Fernando Cruz,
de verde musgo y oro, silencio tras un aviso,
silencio y silencio.
Salvador Cortés,
de carmín y oro, herido por el tercero
INCIDENCIAS
22ª de San Isidro.
Casi lleno. Primaveral. Salvador Cortés cornada de
20 cms. en el tercio inferior del muslo izquierdo de
pronóstico menos grave. Sólo media corrida y de baja
nota en la reaparición de Cebada Gago en las Ventas
al cabo de casi veinte años. Sigue la racha
sangrienta de la feria. Espectáculo pobre.
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Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
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De los seis
toros de
Cebada Gago
previstos
sólo tres
pasaron la
aduana.
Media
corrida.
Frustrada,
por tanto,
la
reaparición
del hierro a
San Isidro
al cabo de
dieciocho
años. Un
jarro de
agua fría.
Distintos
los tres
toros: de
mansa
condición un
primero
bizco, que
acabó
rajado; tan
solo
manejable un
descarado
segundo que
echó las
manos por
delante y
peleó muy
poco; de
codicia
destartalada,
de abrirse y
no humillar
el tercero,
que,
finísimas
las palas y
las puntas,
se dejó
torear más
que sus
hermanos.
Ninguno de
los tres fue
toro de
especial
trapío,
ninguno hizo
en el
caballo nada
memorable.
Para
completar
corrida se
echó mano de
tres toros
de Guardiola
del encaste
Villamaría.
El tercero
de los tres
cebadas le
pegó una
cornada
menor pero
muy
aparatosa a
Salvador
Cortés,
Encabo mató
al toro de
la cornada y
dos de los
villamartas
cayeron en
manos de
Fernando
Cruz. Cuarto
y sexto. Se
corrieron
turnos según
costumbre.
El cuarto,
cinqueño,
fue de
hondura
sobresaliente:
enmorrillado,
prieto de
carnes,
cuello
espectacular,
encajada la
cabeza,
inmensa,
como a
tuerca en
cuello
mínimo.
Cornialto,
cenicientas
la cuerna y
las puntas.
Se empleó en
el caballo
muy en serio
y pagó las
secuelas de
un primer
puyazo casi
letal.
Noble,
tardo,
suave, algo
encogido y
agarradito
al piso, el
toro se vino
a aplomar.
Un largo y
alto quinto
fue de otra
línea:
amplio el
porte, negro
lucero,
ligeramente
zancudo.
Casi la
misma
nobleza que
el cuarto de
corrida, no
tan zurrado
en el
caballo,
pero apagado
y
rebrincado,
tardo.
Descolgó sin
humillar. El
sexto, que
desmontó por
el cuello de
caballo al
piquero
Pedro
Iturralde,
se enceló
con el peto
del jaco
desmontado,
pareció
lastimarse
en el cuarto
galope,
apoyó mal,
se agarró al
piso más que
los otros
dos del
repuesto y
pecó por
mirón: por
desparramar
la vista.
Ni Luis
Miguel
Encabo ni
Fernando
Cruz
encontraron
la manera. A
Encabo,
cogido pero
no herido al
prender al
primer
cebada un
par de
banderillas,
le faltó la
resolución
de veterano
para
disponer con
seguridad de
ese toro que
rompió
plaza, que
probó antes
de rajarse
pero fue
toro
previsible.
Había una
especie de
psicosis en
las
cuadrillas.
Y en la
gente del
callejón,
por donde se
movieron
mucho
alguaciles,
banderilleros,
ayudas,
mozos y
otras
gentes. Como
si la
corrida
fuera de las
de terror,
que no lo
fue. En los
tercios de
varas, los
monosabios
cumplieron
en algún
caso como si
fueran
directores
de lidia,
asomaron
constantemente
puntas de
capote. Sin
razón.
Fernando
Cruz no
anduvo
despejado ni
firme con el
único cebada
que mató. Un
toro
rebrincado
que le hizo
sufrir por
la mano
izquierda y
no le dejó
asentarse
por la otra.
Hubo brindis
al público.
Pero no
justificación
de brindis.
El tercero
sacó cofia
reluciente,
afiladísima
y generosa.
Lavadito de
cara,
sacudido de
carnes y
bien
plantado, un
toro clásico
de Cebada
Gago. Manso
de salir de
estampida
del caballo,
pero, con
pies, fue
toro ligero
y pronto.
Salvador
Cortés,
afanoso con
el capote,
no templado,
apostó por
la heroica
en la
apertura de
faena: de
largo el
cite, no al
galope el
toro pero
casi, y
firmeza para
aguantarse
en el primer
embroque, de
mérito y
riesgo. Una
faena muy de
las de
Madrid. El
propósito.
Una primera
tanda
aceptable,
con un
aviso: el
toro no se
encelaba en
el engaño,
ni Salvador
pretendía
prender al
toro, sino
torear sobre
la inercia.
En la
segunda
tanda, en
vez de
continuidad
hubo pérdida
de pasos del
torero de
Mairena; la
tercera
tanda, a
toro
definido –se
abría, no
humillaba,
pero repetía
y se dejaba
llevar- ,
fue más de
tirones que
de
convencer.
Después de
veinte
muletazos,
estaba en
combate casi
nulo. Por la
mano
izquierda,
el toro
protestaba y
en una de
las
protestas
cazó a
Salvador.
Podía
haberle
hecho mucho
daño. Una
cornada de
veinte
centímetros.
Menos grave
el percance.
Encabo
liquidó al
toro sin
pruebas. Y
la corrida
quedó
entonces
vista para
sentencia.
Se corrió la
voz de que
aquello era
imposible,
cuando
dejaron de
salir
cebadas los
toristas de
Madrid se
quedaron sin
juguete, o
eso pareció,
y la
inspiración
y el
arranque de
los dos
matadores
supervivientes
fueron
mínimos.
Cruz no se
decidió a
tirar del
cuarto ni
Encabo del
quinto. El
sexto, más
deslucido,
aconsejó
abreviar.
Una
decepción.
(COLPISA,
Barquerito)
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