|
FICHA DEL FESTEJO |
|
TOROS:
Cinco toros de Charro de Llen (José Ignacio
Charro), de distinto remate dentro de su encaste,
general justeza de fuerzas y desigual condición, y
un sobrero de Navalrosal (Ramón Gutiérrez, quinto de
festejo, a punto de cumplir la edad límite,
descarado y encastado, noble.
ESPADAS:
Fernando Robleño, de blanco y oro, saludos y
silencio.
Morenito de Aranda, de carmín y oro, saludos y
palmas.
Iván Fandiño, de blanco hueso y azabache,
saludos y vuelta.
INCIDENCIAS
Desigual corrida de Charro de Llen, un
impresionante sobrero de Navalrosal, de seis
espadazos ruedan los seis toros, pero destaca la
espada del torero de Orduña
|
Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
| |
|
|
|
Salió
lastimado
por el
hierro de la
divisa el
primero de
los seis
toros de
Charro. El
más lustroso
de todos, el
de más fino
remate.
Abanto y
frío de
partida,
como buen
atanasio.
Puede que el
de más
calidad del
envío. Pero
no
coordinaba
ni paso ni
galope. Dos
puyazos
traseros y
severos no
fueron
alivio. El
brindis de
Fernando
Robleño al
cielo iría
por Pepe
Asensio,
fallecido la
pasada
semana.
Hombre
bueno,
excelente
aficionado
de la
antigua
escuela,
Asensio fue
durante
medio siglo
alma, y
presidente
también, de
la Peña El
Puyazo de
Madrid, de
gente cabal
y llana. En
el barrio de
Pacífico. No
fue, por
cierto,
tarde
afortunada
de los
piqueros,
sino todo lo
contrario.
El homenaje
a Pepe
Asensio fue
ético, no
pragmático.
Robleño,
aparatoso en
la apertura
a distancia
con el
cambiado por
la espalda,
anduvo
decidido con
el toro
lastimado,
que resistió
pero en
embestidas
no siempre
formales.
Quietud en
una templada
tanda en
redondo del
torero de
San
Fernando.
Más apuros
cuando el
toro se
acostó por
las dos
manos. Como
si pidiera
ser traído y
no sólo
esperado. Y
más sitio.
Se levantó
viento, no
se pudo
elegir
terreno, una
estocada de
mérito.
El segundo
charro,
cinqueño
cumplido,
recogido y
casi brocho,
de rizado
flequillo y
oronda
culata, alto
de agujas,
se frenó de
partida, se
distrajo
algo, se
dejó pegar
más de lo
debido en
dos varas.
Iván Fandiño
hizo en su
turno un
raro y bello
quite: un
lance por
delante y
dos largas
bien
gobernadas.
Parecía toro
dócil. Lo
fue. Brindó
a la gente
Morenito de
Aranda.
Cómodo de
cara el toro
para
embrocarse,
más seguro
el viaje por
la mano
izquierda.
Perezosas
embestidas,
sin prisa ni
desgana.
Poco a poco
se fue
viniendo
abajito,
hasta
aplomarse.
Ganas de
rajarse.
Fácil y
seguro el
torero de
Aranda de
Duero:
picardía
para tantear
con
paciencia
sin meterse
en honduras,
pinturería y
garbito en
los remates
y adornos,
compuesta la
figura a
toro pasado,
medios
muletazos
más que
enteros. Un
donaire
ligero.
Astifino,
arremangado,
el tercero
fue bello
toro.
Descolgado y
humillado en
el saludo de
Fandiño, que
se estiró
sin pruebas,
sacó los
brazos, se
templó y
encajó
cuanto pudo.
Un brindis
sentimental:
al matador
extremeño
Israel
Lancho, que
estaba en
una barrera,
ya olvidada
la grave
cornada de
hace un mes
aquí mismo.
Los humos
del toro se
apagaron
después de
varas y
banderillas.
Iba a
pararse y a
pretender
rajarse.
Fino Fandiño
en una faena
rota sin
pruebas,
descarada
por tanto,
airosa. Mal
administrado
el trabajo:
por dibujar
y no tirar
del toro,
que, flojo,
se quedó
corto al
sentir al
torero
demasiado
encima. Una
estocada de
extraordinaria
ejecución.
Se torció de
repente la
cosa: el
cuarto,
playerito,
alto y
largo, el
peor cortado
de los seis
charros, fue
toro de
potencia y
mucha vida.
Peleón en el
caballo sin
entregarse.
Una vuelta
de campana
después de
la segunda
vara lo dejó
mermadísimo.
A la
defensiva a
partir de
entonces.
Sin fuerza,
pero quería
atacar el
toro y, por
flojo, se
defendía. No
por genio.
Imprevisibles
las
embestidas.
Tuvo fijeza
el toro.
Nada más.
Entereza de
Robleño para
disponer,
manejar y
despachar
sin apuros.
Una estocada
delantera.
El quinto,
desencuadernado,
sin tiempo
de
asentarse,
fue devuelto
por
invalidez.
Salió un
impresionante
sobrero de
Navalrosal.
Casi seis
años
cumplidos.
Tremendo el
balcón.
Estrecho de
sienes, pero
muy
descarado:
casi paso,
acodado,
larga la
cuerda.
Cuajo de
toro
badanudo con
la marca de
la edad.
Largo,
hermoso,
bien hecho
sin contar
la percha
deforme.
Zumbante la
manera de
ser: pronto,
algo
distraído al
salir de
suertes,
francos los
viajes, pero
no
transparentes.
Tres puyazos
traseros y
desafortunadísimos.
Resistió el
toro la
carnicería.
Pero se
descompuso
un poquito.
Raúl
Corralejo
salió ileso
de un
percance: un
resbalón a
la salida de
un par de
banderillas,
caída en la
cara, un
revolcón.
Torería: el
segundo par
fue mejor
que el
primero.
Morenito se
hizo de
ánimo. Faena
de ir
ganando
confianza
poco a poco,
pero de no
romperse del
todo el
torero, algo
a la espera,
de amarrar
los viajes,
de no forzar
distancias.
Un ten con
ten
equilibrado.
Sin mayor
apuesta. Una
estocada, la
quinta en
tarde de
seis
espadazos
certeros.
Y la apuesta
mayor: la de
Fandiño con
un sexto de
hondo cuajo,
traza de
bisonte,
vuelto de
pitones. De
motor bien
engrasado
pero toro de
revolverse,
de enterarse
o resabiarse
si no iba
tapado, de
puntear si
no iba de
verdad
metido en el
engaño.
Listo como
para
sorprender a
Fandiño en
un embroque
en falso,
prenderlo de
lleno por la
ingle y, sin
llegar a
herirlo,
deshacerle
la
taleguilla
en una feroz
paliza. De
la paliza,
salió
Fandiño
crecido: en
torero, sin
nervios.
Bonita la
pelea, que
lo fue, en
los medios,
de rayas
afuera, sin
volver la
cara. Sin
temple, en
desorden. Y
una
monumental
estocada que
confirma las
virtudes
bien
cantadas del
torero de
Orduña con
la espada.
(COLPISA,
Barquerito)
|