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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Cinco de Adolfo
Martín, de variadas hechuras, en tipo, de desigual
condición, y uno de Arauz de Robles, segundo sobrero
y lidiado de quinto, acaballado, mansurrón, topón.
El cuarto de Adolfo tuvo en la muleta buen son.
Noble peor listo el primero; noble y manejable el
tercero; sin fijeza el segundo; se cayó un sexto de
gran porte.
ESPADAS:
Carlos Escolar
“Frascuelo”, de lila y oro, silencio y pitos.
Rafael
Rubio “Rafaelillo”, de nazareno y oro, silencio en
los dos.
Javier Valverde, de morado y oro, silencio
en los dos.
INCIDENCIAS
23ª de San Isidro.
Casi lleno. Frascuelo, en tarde de renuncia, no se
acopla con dos de ellos ni Valverde se entiende con
el otro. Más bondad que fiereza. Los toristas salen
decepcionados de la cita.
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Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
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Así
lo vio la prensa
COPE.ES:
“La alegría de volver a casa”
(Rafael Cabrera)
BURLADERO.COM:
“El ocaso de un sueño incumplido”
(Mario Juárez) ABC: “La
bola y la bula de Adolfo Martín” (Zabala
de la Serna)
LA RAZÓN: “Madrid,
desánimos y tormentos” (Patricia
Navarro)
EL MUNDO: “Frascuelo; elegía
por un torero viejo” (Javier Villán)
EL PAÍS:
“Un señor honorable” (Antonio Lorca)
AGENCIA EFE:
“Una corrida insufrible” (Juan
Miguel Núñez)
MUNDOTORO.COM:
“Historias de la p… mili” (CRV)
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La corrida
de Adolfo
Martín salió
muy
desigual,
pero dio
tres toros
de buen
juego: un
noble
primero
terciado y
veleto que
se frenaba
un poco pero
pasaba; un
tercero de
aire algo
felino que
se echó para
atrás en el
caballo y,
luego, algo
tardo, metió
la cara; y
un cuarto de
hermoso
porte,
remangado
pero no
incómodo, de
pobre empleo
en el
caballo pero
de notable
condición en
la muleta.
Frascuelo
estuvo en
renuncio
prácticamente
desde el
primer
embroque con
el noble
toro que
rompió plaza
y hasta la
hora de
despachar
con sabio
golpe de
descabello a
ese cuarto
de tan buen
aire. No
porque no se
entendiera
con los
toros, pues
dio la
impresión de
verlos muy
claramente,
sino porque
no le dieron
las piernas,
ni el
corazón ni
el fuelle.
El
contrapeso
de la
sabiduría en
los toreros
veteranos es
un lastre
insuperable:
sin
reflejos,
Frascuelo no
se sintió
cómodo con
esa por
norma
incómoda
codicia del
toro de
estilo y
fondo
asaltillado,
que
predomina en
la ganadería
de Adolfo
Martín.
El primero,
encastadito,
se acabó
revolviendo,
se frenaba
si no venía
empapado y,
como tantos
albaserradas
de origen,
fue un
puntito
andarín. El
castigo en
el caballo
pareció
excesivo:
tres varas.
Para el toro
de menos
carnes de
toda la
feria. Tres
pinchazos a
toro
arrancado y
dos
descabellos.
El acierto
del segundo
fue
proverbial:
descabello a
la antigua,
sin
encajarse el
torero ni en
tablas ni
entre
pitones,
sino a la
boca de la
segunda raya
y apuntando
en diagonal.
Lo que hizo
Frascuelo,
como en son
de desquite,
fue salir a
parar al
cuarto en el
primer
galope, y
encajarse
cuanto pudo
para sacarle
los brazos y
tragarle
tres
embestidas
procelosas.
Pero el
cuarto
lance,
apretando
mucho el
toro, se
saldó con un
desarme y,
por tanto,
un desaire.
Inerme,
Frascuelo
tuvo que
saltar la
barrera como
pudo. Los
toreros de
su
generación
no sabían
saltar la
barrera. Y
ese detalle
quedó de
pronto de
manifiesto.
Yestera le
bajó los
humos al
toro con
capotazos
por la cara,
Luis Carlos
Aranda puso
dos hermosos
pares –cite,
embroque y
salida- y,
al saludar
tras el
segundo de
ellos, besó
la montera
apuntando al
cielo. Era
en memoria
de su
difunto
padre,
Manolillo de
Valencia,
recién
fallecido,
rehiletero
excelente. Y
entonces
llegó el
turno de lo
que en un
momento dado
parecía el
último toro
que iba
Frascuelo a
matar en una
feria de San
Isidro. No
se asentó
Frascuelo,
tampoco se
escondió. Ni
tiró líneas
sin ton ni
son. Sino
que,
generoso en
ese punto,
dejó venir
al toro en
ataques
templados.
Fue en la
muleta el
toro de la
tarde.
De otra
manera,
también el
tercero tuvo
su son y sus
ataques.
Tres lances
buenos de
saludo le
pegó Javier
Valverde; en
el cuarto no
se
encontraron
las partes.
O por marcar
Valverde el
lance a
destiempo,
como si
intentara
salirse
afuera, o
por cruzarse
el toro, que
no venía
humillado.
Un puyazo
traserísimo
del tantas
veces
certero Paco
Tapia fue un
duelo para
el toro, que
a la salida
del lanzazo
se volvió
con la
mirada para
saber quién
había sido y
dónde
regalaban
los
caramelos.
Buena fue la
postura del
toro, que se
agarraba al
piso pero
repetía al
soltarse. El
puyazo
trasero pasó
factura.
Valverde no
se acopló.
Fuera de
cacho,
ligeros y
raudos los
embroques,
sin tomar ni
despedir del
todo al toro
nunca. Nada
generoso el
trato. Se
oyó algún
grito en
contra del
ganadero, a
quien en los
tendidos de
sol de
Madrid
llaman,
igual que a
Victorino,
por su
nombre de
pila:
“¡Adolfo…!”
Para
llamarle la
atención.
Tal vez
decepcionara
a los fieles
que en esa
primera
mitad de
corrida,
justa de
trapío, no
hubiera ni
una brizna
de la
fiereza
propia del
encaste. El
segundo de
esos tres
toros,
además,
suelto del
caballo,
corretón, se
fue de los
engaños,
pecó de
falta de
fijeza y, la
cara arriba,
fue de
preocupar.
Al ganadero.
Rafaelillo
lo intentó
convencer en
corto y por
abajo, y no
tan en
corto. Lo
veía el toro
si se
descubría.
No fue más
feliz la
segunda
parte de
festejo.
Frascuelo no
anduvo. El
quinto, de
excelente
remate,
cárdeno
facado, una
gloria de
belleza,
metió la
mano en el
hoyo y,
lastimado,
ya cojo e
inválido,
fue
devuelto.
Cojo se
quedó
también un
lustroso y
bien hecho
sobrero de
Sepúlveda
que se soltó
con la
divisa de
Arauz. Y no
sirvió para
nada un
acaballado
segundo
sobrero de
Arauz de
Robles que
se soltó sin
divisa. Y
que hizo
pasar en
blanco a
Rafaelillo
este segundo
turno suyo
en la feria.
El sexto de
corrida fue
el más serio
de los seis
de Adolfo:
veleto,
degollado,
astifino,
largo,
precioso,
excesivamente
magro. Una
larga
cambiada de
rodillas en
el saludo
extravagante
de Valverde,
y lances por
delante que
no parecía
querer el
toro. Otro
mal paso, en
el hoyo no
se sabe
cuántos de
un ruedo
minado y, en
fin, la
casta en
apariencia
aguada de
toro de
tanta
fachada.
Claudicante,
frágil,
lindo el
son. Pero
ninguna
fuerza, un
desparrame.
Un trasteo
encimista,
aparatoso en
apariencia
de Valverde.
La medicina
contraindicada.
Los
villamelones
tiraron al
acabar unas
cuantas
almohadillas
de las de
plumas.
(COLPISA,
Barquerito)
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