|
FICHA DEL FESTEJO |
|
TOROS:
Seis toros de
Victorino Martín, de gran cuajo, desiguales hechuras
y variada condición. De pobre y mala nota los dos
últimos, que dejaron agrio sabor. Encastado el
primero; bondadoso el segundo; se enteró el tercero;
agresivo el cuarto, que fue el más difícil.
ESPADAS:
Diego Urdiales, de
burdeos y oro, silencio tras un aviso y silencio. El
Cid, de púrpura y oro, ovación y silencio. Iván
Fandiño, que sustituyó a El Fundi, de verde botella
y oro, silencio en los dos.
INCIDENCIAS
24 ª de San Isidro.
Lleno. Bochornoso. Oscuro cierre de San Isidro. El
Cid no redondea con el toro más propicio, tampoco
Diego Urdiales con un primero encastado y no
sencillo, desbordado Iván Fandiño.
|
Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
| |
|
|
|
Los dos
últimos
toros de
corrida y
feria fueron
de impropio
acento y
dejaron
marcada la
corrida de
Victorino
con un muy
agrio sabor
de boca. El
quinto, por
flojo, por
emplearse al
paso y con
terrible
desgana, sin
chispa ni
celo; el
sexto, por
bronco,
áspero y por
la manera de
defenderse a
bastonazos.
El Cid y su
gente
hicieron no
poco por
echar al
quinto al
suelo, la
gente se
erizó y
reclamó la
devolución
del toro, el
palco no
compró y la
lidia fue un
pequeño
disparate.
Se estaba
fraguando
una tormenta
de verano,
se
encapotaron
los cielos,
se levantó
viento, El
Cid se puso
donde pudo
en medio de
desquiciado
ambiente.
Eso se vivió
en medio de
una de esas
confusas
broncas tan
de San
Isidro.
Desquiciadas,
incongruentes,
derrotistas.
El sexto fue
un amplio
pajarraco de
casi
seiscientos
kilos,
degollado,
embastecido,
altísimo,
perfil
escaleno de
testuz, dos
leños
formidables.
Un derribo
de caballo
por los
pechos, el
único de la
feria.
El derribo
fue a última
hora la seña
de identidad
o la huella
de un
espectáculo
pobre, mal
atendido y
entendido,
seguido sin
la devoción
y el rumbo
tan habitual
en las
corridas de
Victorino en
Madrid. Ésta
se puso
cuesta
arriba a
partir del
tercer toro
y entonces
tomó torcida
deriva. No
compareció
El Fundi y
entró en su
puesto un
torero
nuevo, Iván
Fandiño, con
aire de
artista y no
de
gladiador.
Lo superaron
las
intenciones
del tercero
de corrida,
que lo cogió
en un
resbalón y
le pegó una
imponente
paliza. Ese
tercero, muy
en
santacoloma
antiguo, con
la cabeza
enroscada en
el tronco,
fue toro
encastado.
En corto, se
quedaba en
las
zapatillas;
de largo
venía pero
había que
traerlo
tapado. No
hubo acuerdo
entre las
partes. Y
menos
después de
la paliza,
que fue más
accidente
que cogida,
pero hizo
correr la
voz de que
la corrida
traía
perverso
fondo.
No lo tuvo
un primero
de buen
empleo por
la mano
derecha.
Embestidas
humilladas,
largas- pero
revoltoso
por la
izquierda,
siempre
celoso
entonces. Ni
lo tuvo
tampoco un
segundo
bondadoso
que se
empleó de
salida en el
capote y se
dejó con son
cierto por
la mano
derecha.
Pero ni
Diego
Urdiales
terminó de
romperse con
el primero,
que fue toro
encastado
pero no
sencillo, ni
El Cid
redondeó
nada en
serio con el
buen
segundo, que
lo desarmó
una vez, le
rompió
entonces el
ritmo y no
le dejó
embrocarse
con
verdadero
asiento por
la mano
izquierda.
Los
villamelones
pitaron en
el arrastre
a ese
segundo
toro. Esas
fueron las
dos
oportunidades.
O los dos
toros
propicios. A
su manera.
Después de
torcerse el
rumbo con el
tercero,
saltó un
cuarto
incierto,
agresivo,
borrascoso,
que ganó por
la mano a
Urdiales y
le adivinaba
las
intenciones.
No pudo
tener fría
la cabeza el
torero de
Arnedo.
Menos
todavía
Fandiño con
el
borrascoso y
violento
sexto, que,
en otro
resbalón
inopinado,
cogió al
torero y le
pegó la
mayor paliza
de la feria.
Pero sin
herirlo. Que
fue un
milagro.
(COLPISA,
Barquerito)
|