|
FICHA DEL FESTEJO |
|
TOROS:
Seis toros
despuntados para rejones de Flores Tassara, de
desigual remate y distinto empleo. El quinto, manso,
no se encelaba con el caballo. Deslucidos primero y
cuarto; bueno el segundo; a menos el tercero
ESPADAS:
Joao Moura padre,
silencio en los dos.
Joao Moura hijo,
vuelta y silencio.
Leonardo
Hernández, silencio tras aviso y una oreja.
INCIDENCIAS
Festejo fuera de
abono. . Veraniego. Tres cuartos largos. Despedida
silenciosa de Moura padre, desigual actuación de
Moura hijo y una excelente faena del joven caballero
cordobés a un nada sencillo torete de Flores Tassara.
|
Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
| |

|
|
|
Sobre el
rescoldo
humeante de
San Isidro y
en vísperas
de las seis
corridas del
Aniversario,
vino a
darse, según
costumbre
nueva, un
festejo de
rejones. El
tercero que
se
organizaba
en Madrid en
el plazo de
dos semanas.
Fue de pobre
resultado.
Moura padre
toreó a la
clásica y
con sabia
torería al
primero en
banderillas.
Con un gran
caballo bayo
llamado
Merlín y
mágico.
Mágica la
manera de
pisar
terrenos del
toro, muy
garbosas las
llegadas con
los pechos,
espléndida
la pureza de
las salidas
de embroque.
Y, de parte
de Moura, la
puntería al
clavar
farpas.
No los
rejones de
castigo, que
fueron dos,
mal reunidos
y excesivos.
La espada
fue como
tantas veces
un quinario.
Una entera
ladeada,
tres
pinchazos al
asalto y
entrando por
la grupa del
toro, y casi
un caballo
pierde Moura
en un
arreoncito
contra las
tablas que
alcanzó la
montura pero
sólo para
proyectarla.
Moura hijo
esperó
frente a
toriles la
suelta del
segundo, que
salió a
cañón. Marró
el Moura en
el primer
embroque,
acertó en un
segundo de
muy
precipitada
reunión.
La moda de
poner a los
caballos
nombres de
torero ha
tocado de
pronto a
rigurosos
contemporáneos.
Licencias de
Calígula. En
la cuadra
del Moura
junior hay
un tordo
Belmonte,
otro tordo
Perera y un
tercer tordo
Castella.
Este
Castella fue
el que se
encargó de
galopar de
costado en
banderillas,
de templarse
pero no
siempre y de
adornarse
cuando se
dejó el toro
querer. Un
par de
piruetas. Se
empezó a
meter en
tablas el
toro, a
cerrarse en
ellas. Antes
de que la
cosa llegara
a mayores,
un pinchazo
y media
estocada. El
palco contó
los
pañuelos: no
había
mayoría, no
hubo oreja.
Luego, se
puso el
espectáculo
muy espeso.
El tercero
fue el de
más volumen
de la
corrida de
murubes de
Flores
Tassara.
Mucho ruido
y pocas
nueces: con
un rejón de
castigo
caído que
apenas hizo
sangre
sobró. Salió
manso ese
toro, que
vino a
apagarse, a
esperar y a
responder
con arreones.
No oleadas
feroces,
pero
incómodas.
Lo bastante
como para no
permitir
confiarse a
Leonardo
Hernández.
Bueno el
acople en
banderillas
con un
caballo muy
valiente que
se llama
Amatista.
Más voluntad
que temple o
precisión
con un
careto de
nombre
Quieto, que
protestó en
una pirueta.
Las clavadas
fueron
certeras,
pero la
faena, por
espaciarse,
se fue
desinflando.
En un
arranque
populista
Leonardo
quiso
levantar el
vuelo con
tres ataques
a violín con
las cortas
en los
medios.
Traición a
su regusto
campero y
purista.
Tres ataques
con la
espada,
cuatro
golpes de
descabello,
no contaron
los golpes
de mérito a
la hora del
recuento.
El cuarto,
según se
supo luego,
fue el toro
de la
despedida de
Moura padre.
Su adiós a
Madrid. No
hubo aviso
ni
ceremonia.
Ni brillo.
Sino ganas
de acabar
cuanto
antes. Una
desilusión
manifiesta,
cansancio,
hacía mucho
calor, Moura
se lastimó
una mano al
clavar una
farpa corta,
fueron
cuatro los
ataques con
la espada y
ninguno
bueno.
El quinto
toro, de
aire
distraído
muy propio
del encaste
murube, fue
a su manera
protagonista
de un
espectáculo
insólito que
puso a
prueba la
pericia y
los nervios
de Moura
hijo. Poca
pericia,
muchos
nervios. Fue
que, después
de barbear
generosamente
tablas, el
toro no se
encelaba con
los
caballos.
Pasa a veces
con los
toros de
marisma que
conviven con
caballos de
trabajo. Ni
los rejones
de castigo
lo
espoleaban.
Y como si
Moura no
existiera.
Pasaba de
él. De
Castella y
de Belmonte.
A los
capotes se
arrancaba el
toro con
templado
son, codicia
fina, y
repetía.
Entonces
algunos
pidieron que
se
devolviera
el toro. No
procedía.
Tardó un
mundo Moura
en animarse
a pisarle al
toro los
terrenos de
flanco para
desde ahí
soltar como
flechas de
arco las
farpas de
castigo, que
al toro le
daban
exactamente
igual. Para
embrocarse
con el rejón
de muerte,
Moura rodeó
el toro por
los cuartos
traseros
como diez o
quince
veces. Sin
respuestas
del toro.
Iba a sonar
un aviso, se
temía lo
peor. No se
sabe cómo
entraron dos
estocadas.
Tras la
segunda se
fue el toro
a los
medios. Para
echarse. No
para morir
de bravo.
Esas dos
faenas de
cuarto y
quinto
dejaron para
el arrastre
a la
mayoría. Se
habían
pasado la
tarde
tocando las
palmas de
ganso que
son ahora
moda en los
rejones en
Madrid. Y
ahora ni
ganso ni
gaitas. El
sexto toro,
ensillado y
chico, como
una cabra
crecida,
hizo de
salida casi
las mismas
cosas de
resabiado
que el
quinto. No
se encelaba.
Pero aquí
sacó el
látigo y el
corazón el
joven
Leonardo, y
sacó además
dos caballos
de soberbia
marcha, un
Chispa y un
Verdi, y con
ellos se
metió en
terrenos del
toro como si
le echara al
hocico la
muleta, y al
cuarteo o al
pitón
contrario,
logró
embrocarse a
punto, sacar
el brazo y
clavar con
tino, entrar
y salir
toreando,
adornarse
con un
violín y
descolgarse
al codo y
teléfono
como si el
toro fuera
un marajá.
No lo era.
Una
estocada.
Una oreja de
gran mérito.
De las que
se guardan.
(COLPISA,
Barquerito)
|