Los toros de El Ventorrillo,
propiedad de Fidel San
Román, uno de los
constructores más ricos y
envidiados, eran de
vergüenza: terciados,
enclenques, sospechosos de
pitones, inestables, mansos,
uno sangraba por el pitón y
aquello era una ruina,
excepción hecha del quinto
de la tarde, que buscó la
muleta de José María
Manzanares y redimió al
respetable de tanta
golfería.
La tarde se puso plomiza, y a las seis y media de la tarde, puntual,
empezó a llover durante los
dos primeros toros, por
decir algo. El primero
recibió un puyacito y se
partió el cuerno en el
burladero. El respetable
exigió que volviera al
corral, salió el sobrero y
Ponce se gustó en los
muletazos de recibo, con
temple y oficio, sin más
posibilidades de lucimiento.
Segundo y tercero fueron dos
inválidos, el cuarto muy
escaso de fuerzas y el sexto
era una ruina. Con esos
mimbres, no se puede torear,
lo que no se entiende es que
la terna no supiera como era
el percal.
La ganadería de moda es un
fraude, y lo peor es que los
toreros le hacen el caldo,
reses sin fuerza ni
presencia, picadores que no
tienen medida, diestros que
miran para otro lado y se
lamentan del mal juego de
los bicornes, cuernos
escobillados y síntomas de
afeitado.
No es nuevo; esto debe
suceder desde que el mundo
es mundo, pero se ha llegado
a tal extremo que irrita al
aficionado sin que la
autoridad le ponga coto. Ves
a la gente que con ilusión
para asistir a una corrida y
lo que ve es el cuerno
escobillado y sangrante, el
toro que pierde las manos, a
los acordes de Opera
flamenca, un pasodoble
emblemático. Es sabido que
muchos espectadores van a
ver y a ser vistos, lo cual
no es óbice para que sepan
lo que es el toreo.
Enrique Ponce toreó al
cuarto de la tarde a media
altura para que rodara por
el albero; muletazos sin
ligazón, de uno en uno,
lances de adorno, dejándole
respirar al toro que no
podía con su alma.
Dobló las manos y Ponce miró
al público para dar calor a
la tarde. Parsimonioso, dio
muletazos de uno en uno, y
de súbito, hilvanó cuatro
derechazos, parca rúbrica
para lo que el público
hubiese querido. Lo despenó
con una estocada honda y
atravesada, y el noble
animal dobló tras la
consiguiente rueda de
peones. El palco, con una
mínima mayoría, le regaló
una oreja que el torero
valenciano paseó para
justificar la debacle.
En la
memoria
Menos mal que José María
Manzanares iluminó La
Condomina en los lances de
recibo con la apostura que
le caracteriza, la pata
echá palante,
embarcando al toro en el
capote. Tras un puyazo largo
y sólo dos pares de
banderillas, José Mari
alumbró dos series peinando
el albero, ofreciendo el
pecho y cargada la suerte,
muletazos ligados con el de
pecho. La plaza se convirtió
en un manicomio;
Licenciado,
negro bragado, meano y
listón, de 503 kilos, se
enceló en la muleta, a veces
enroscado en la cintura, con
ambas manos. En la memoria
queda una serie con la mano
baja y honda rematada con el
de pecho, otra al natural,
templado y cruzado, dos
pases de pecho, un recorte y
el estoconazo fulminante que
hizo rodar al noble toro, y
nos redimió de tan aciaga
tarde.
Dos orejas justas paseó
Manzanares y en el aire
quedó la inmerecida oreja de
Ponce.
Los toros de El Ventorrillo
no favorecieron a Cayetano,
por la falta de fuerzas.
Quizá los reclamen así, pero
eso conlleva el peligro de
que no le den juego. Torero
verde y toro inválido es una
mala combinación.
Le recetaron un picotazo, y
el noble animal dobló las
manos y se sentó en el
albero. Cayetano lo sacó a
los medios y el toro era una
ruina. En las postrimerías,
consiguió dar cuatro
muletazos sueltos.