CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Murcia  -14 septiembre 2009 -

Manzanares triunfa en Murcia

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Se lidiaron toros de "EL Ventorrillo", parejos de presentación, sosos y deslucidos. Destacó el quinto

ESPADAS:

Enrique Ponce, silencio y una oreja tras aviso.

José María Manzanares, ovación tras petición y dos orejas.

Cayetano Rivera, silencio en ambos.


INCIDENCIAS

La plaza tuvo dos tercios en tarde fresca, y con un fuerte aguacero en la lidia de los dos primeros toros. El diestro José María Manzanares cuajó una gran faena al único toro potable del festejo, al que cortó las dos orejas, mientras que Enrique Ponce paseó también una, y Cayetano no tuvo opciones con su lote.

 

 

Los toros de El Ventorrillo, propiedad de Fidel San Román, uno de los constructores más ricos y envidiados, eran de vergüenza: terciados, enclenques, sospechosos de pitones, inestables, mansos, uno sangraba por el pitón y aquello era una ruina, excepción hecha del quinto de la tarde, que buscó la muleta de José María Manzanares y redimió al respetable de tanta golfería.
 

La tarde se puso plomiza, y a las seis y media de la tarde, puntual, empezó a llover durante los dos primeros toros, por decir algo. El primero recibió un puyacito y se partió el cuerno en el burladero. El respetable exigió que volviera al corral, salió el sobrero y Ponce se gustó en los muletazos de recibo, con temple y oficio, sin más posibilidades de lucimiento.

 

Segundo y tercero fueron dos inválidos, el cuarto muy escaso de fuerzas y el sexto era una ruina. Con esos mimbres, no se puede torear, lo que no se entiende es que la terna no supiera como era el percal.

 

La ganadería de moda es un fraude, y lo peor es que los toreros le hacen el caldo, reses sin fuerza ni presencia, picadores que no tienen medida, diestros que miran para otro lado y se lamentan del mal juego de los bicornes, cuernos escobillados y síntomas de afeitado.

 

No es nuevo; esto debe suceder desde que el mundo es mundo, pero se ha llegado a tal extremo que irrita al aficionado sin que la autoridad le ponga coto. Ves a la gente que con ilusión para asistir a una corrida y lo que ve es el cuerno escobillado y sangrante, el toro que pierde las manos, a los acordes de Opera flamenca, un pasodoble emblemático. Es sabido que muchos espectadores van a ver y a ser vistos, lo cual no es óbice para que sepan lo que es el toreo.
Enrique Ponce toreó al cuarto de la tarde a media altura para que rodara por el albero; muletazos sin ligazón, de uno en uno, lances de adorno, dejándole respirar al toro que no podía con su alma.

 

Dobló las manos y Ponce miró al público para dar calor a la tarde. Parsimonioso, dio muletazos de uno en uno, y de súbito, hilvanó cuatro derechazos, parca rúbrica para lo que el público hubiese querido. Lo despenó con una estocada honda y atravesada, y el noble animal dobló tras la consiguiente rueda de peones. El palco, con una mínima mayoría, le regaló una oreja que el torero valenciano paseó para justificar la debacle.
En la memoria
Menos mal que José María Manzanares iluminó La Condomina en los lances de recibo con la apostura que le caracteriza, la pata echá palante, embarcando al toro en el capote. Tras un puyazo largo y sólo dos pares de banderillas, José Mari alumbró dos series peinando el albero, ofreciendo el pecho y cargada la suerte, muletazos ligados con el de pecho. La plaza se convirtió en un manicomio; Licenciado, negro bragado, meano y listón, de 503 kilos, se enceló en la muleta, a veces enroscado en la cintura, con ambas manos. En la memoria queda una serie con la mano baja y honda rematada con el de pecho, otra al natural, templado y cruzado, dos pases de pecho, un recorte y el estoconazo fulminante que hizo rodar al noble toro, y nos redimió de tan aciaga tarde.

 

Dos orejas justas paseó Manzanares y en el aire quedó la inmerecida oreja de Ponce.
Los toros de El Ventorrillo no favorecieron a Cayetano, por la falta de fuerzas. Quizá los reclamen así, pero eso conlleva el peligro de que no le den juego. Torero verde y toro inválido es una mala combinación.

 

Le recetaron un picotazo, y el noble animal dobló las manos y se sentó en el albero. Cayetano lo sacó a los medios y el toro era una ruina. En las postrimerías, consiguió dar cuatro muletazos sueltos.

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