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FICHA DEL FESTEJO |
TOROS:
Seis toros de Victoriano Martín, de muy desigual
fachada. El segundo, el mejor rematado, fue el de
mejor nota. El cuarto, a la defensiva, el peor.
Simplemente manejables los otros cuatro. Se paró el
tercero, acabó defendiéndose el quinto.
ESPADAS:
Juan José Padilla, de castaño y oro, silencio
y pitos.
Diego Urdiales, de rosa y oro, una oreja y
silencio tras un aviso.
Sergio Aguilar, de corinto y oro, silencio y
una oreja.
INCIDENCIAS
Vicente Yestera, cogido por el cuarto en
banderillas, sufrió una cornada que atravesó la
bolsa escrotal con evisceración de testículo.
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Ingrata corrida
de Victorino: grandullona, de darse en una baza y dejarse de dar
de pronto en la siguiente, de medir y mirar, de pararse y
pensárselo, o de protestar inesperadamente. Un toro parecía
dormido y de repente arreaba estopa. Y otro exactamente al
revés. Etcétera. Sólo un toro en tipo, y de bello remate: el
segundo, degolladito, armónico, el único terciado del envío. El
mejor de las seis. La sangre a la pezuña, tres agujeritos de
puyazo, una salida barbeando que es casi preceptiva en los toros
que han corrido por la mañana el encierro de Tudela. Un encierro
llano con sólo una doble escuadra previa a la entrada por el
callejón a la plaza. Con nobleza se empleó por las dos manos. Se
dejó querer.
Sólo que en esta corrida tan poco apetecible de victorinos de
despensa se coló de invitado fatal el viento. Cosas del clima de
la Ribera del Ebro: viento de levante, azote constante. De
descubrir a los toreros cuando quisieron descararse y ponerse
donde procedía. Descubrió una y cien veces a Diego Urdiales, a
cuyas manos vino a parar ese buen segundo toro, reunido de
cabeza, bajo de agujas, flexible. Sin viento se habría visto
mejor todo. Entregado, firme el torero de Arnedo, pero costaba
embrocarse y aguantar las repeticiones porque los golpes de aire
descomponían el engaño. Como si en la postura le viera el toro
las cartas al torero.
Este victorino tuvo, sin embargo, nobleza. La nobleza de la
casta, no de la mansedumbre. Tuvo mérito la entereza de
Urdiales. Su sencillo gusto, su empaque un poco encorsetado. Su
rigor para torear encajado y por abajo. Y por las dos manos.
Aunque por culpa del viento se quedó a deber una tanda redonda,
y de paso una redonda faena, la fortuna guió certera al brazo
que tunde a los toros: una estocada. Una oreja.
La fiesta la abrió Padilla con un toraco bruscote y algo
andarín, altísimo, veleto, más feo que lindo. Con motorcito al
principio, repuso después. Se embrocó al paso. Padilla lo manejó
con facilidad, le puso tres buenos pares y, cuando se cansó de
marear a contraviento, montó la espada sin pena y pasó página.
Después de esos dos turnos primeros entró en escena
exquisitamente Sergio Aguilar, que sólo el domingo había
despachado mano a mano con El Fundi en Beaucaire, en la Francia
mediterránea, una mastodóntica corrida de Victorino que no dio
alegrías a nadie. Los lances con que Sergio recibió y fijó al
tercero, de fino embroque, manos bajas y suave compás, tuvieron
caro sello. Distraído, mansote en varas, encogido, un punto
reservón, el toro estuvo entre pararse o defenderse. Le costó
mucho pelear. No a Sergio, que, claras las ideas, segura
disposición, resolvió con sencillez una faena de tres partes:
acople y tanteo elegantes, ajuste y toque delicados por la mano
izquierda, la estoica firmeza del valor natural y del toreo de
brazos. La banda de Tudela, que toca de maravilla, eligió para
celebrar las cosas de Sergio Aguilar el “Nerva” de Rojas. La
versión, muy afortunada, puso su ritmo en juego cuando el toro
se negó. A Sergio, lesionado en una muñeca, se le negó la
espada. Cuatro pinchazos de palillero. Se fue al éter una oreja
ya ganada.
No en el segundo de sus dos turnos. Con un sexto toro
disparatado. Bicharracote de casi seis años, montado, largo,
estrecho, de culata caballar y cuello y cara de rata, cornicorto
pero ofensivo. Por construcción –metro y medio de pezuña a
cruz-, de cartón piedra la gaita, no podía descolgar el toro,
que apretó en el caballo y sangró lo suficiente como para perder
humos. Las manos por delante y casi por sistema. Y, sin embargo,
tenía cierta bondad. En manos de Sergio pareció seguramente
mucho mejor toro de lo que fue o era.
Pues, riguroso en el propósito, sereno de verdad, entregado sin
gestos baratos, se puso Sergio en zona de tiro y diana, sacó los
brazos, se trajo enredado y enroscado al toro, le aguantó los
renuncios, un pisotón, un desarme, y resistió impertérrito las
repeticiones en bruto para conducirlas por abajo con
virtuosismo. El final, a la mexicana, de toreo a pies juntos,
cambiado o en la suerte natural, fue un pianísimo perfecto. Un
pinchazo, una estocada. Una oreja muy difícil. ¡Qué menos...!
Había por las gradas gente venida de la cercana Arnedo para ver
a Urdiales. Y fieles de Padilla, que en Navarra importa y
cuenta. Y también unos cuantos que habían visto el bello debut
de Aguilar en Pamplona hace tres semanas con dos toros de Cebada
y quisieron repetir la cata de un torero de tan buen gusto.
Valió la pena.
El viento se lo puso imposible a Urdiales con un quinto
asaltillado, paso y veleto de cuerna, que se defendió pegando
tarascadas a última hora, pero que había querido antes y a su
manera un poco. Sólo que este toro, corneado en los corrales por
un compañero de viaje, acusó los efectos de la paliza y a veces
se derrumbaba o se orientaba al revolverse. Paciente, Diego le
buscó son afligirse ni volver la cara las vueltas. Dominó la
situación. Padilla, contrariado con el estilo amoruchado del
cuarto, renunció a banderillear y, curvas peligrosas del
destino, ese mismo toro cogió de lleno a Yestera en el embroque
del tercer par. Cornada en la bolsa escrotal. Se echó encima la
gente de Padilla cuando éste decidió abreviar, que fue una
decisión inteligente.
COLPISA, Barquerito).
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