Herido en Mérida, no compareció Perera. Circuló el nombre de posibles sustitutos: Abellán, Talavante... Al final, pacto de intereses: corrida de sólo dos espadas. La bolsa o la vida. Morante y Castella. Que no era ni fue propiamente un mano a mano. Por no haber no hubo ni quites de Morante en los toros de Castella ni de Castella en los de Morante. Y a ratos pareció incluso que toreaban corridas distintas. Mano a mano en toda regla, y con toros de Victoriano del Río, están anunciados en la matinal del domingo 20 en Nimes. Ahí sí habrá duelo. No aquí.
La corrida de Domingo Hernández no fue precisamente un estímulo. No pudo, además, empezar peor: el primero de la tarde, que se venía a engaños sin fijeza, se llevó por delante a Pepín Monge, que lidiaba, y le pegó en la pierna derecha una grave cornada. Todavía no había sido ni picado el toro. Morante se había probado en tres lances de echar los vuelos sin dilación; y enseguida en tres delantales y dos lances más a compás abierto. Y media enganchada. Suelto se fue el toro, que ya había escarbado antes del percance de Pepín. Un infortunio: al ser corrida de dos espadas, Pepín, hombre de confianza de Antonio Barrera, entró en liza. Mañana mismo salía para Venezuela para torear en Tovar una corrida.
Para curarse en salud, Morante decidió que al toro lo sangraran a modo en tres varas. El toro se paró casi en seco. No podía ni empujar. Morante se siguió probando. Parecía un examen de conciencia delante de un toro. Se impuso el sentido común: abrevió. Unos celebraron que abreviara, otros se lo censuraron. Un pinchazo trasero sin muerte y el toro se aculó en tablas. Morante prefirió descabellar antes que volver a cruzar. Un fiasco: no se descubría el toro y, al sentir la punta del verduguillo, pegaba cabezazos terribles. Desarmó a Morante tres veces y las tres se estrelló la espada contra las tablas. Ocho descabellos, se echó el toro. Un aviso.
Iba a ser tarde de avisos, no todos puntuales. El primero de Morante sonó antes de tiempo. Los tres que oyó Castella en cada uno de sus turnos llegaron con el tiempo cumplido. El episodio del fallo repetido en el descabello, con la debida dosis de cabezazos del toro, volvió a repetirse casi al calco en el quinto toro. Nueve avisos para Morante tras un pinchazo y una estocada atravesada. Se oyeron muchos pitos. Pero luego, cuando Morante ocupaba su plaza durante la lidia del sexto, un fiel dijo en voz bien alta: “¡Morante, te queremos...!” Y no hubo ni un voto en contra.
Tampoco en contra de la banda de música, que es la municipal de Íscar, y está bien afinada, pero es un puro exceso. No estaba Castella ni en el décimo muletazo del segundo toro, y ya se arrancó la música. Y lo mismo en el cuarto y en el sexto toro. Lo bueno fue poder ver a Morante en silencio: sus caprichosas pruebas, su toreo improvisado, sus espléndidos toques de muleta, su encaje sereno incluso con un tercero de finas y descaradas astas, los despaciosos lances que le pegó al sexto de salida y en tres momentos distintos. Los tres antes de salir los caballos. El quinto, rebrincado, le puso los pitones en el chaleco dos o tres veces. Con la mano izquierda dibujó en pases sueltos. Ni el uno ni el otro, por falta de gas o por puntear, fueron toros de poder medirse.
Castella hizo casi lo mismo en los tres toros que mató. Lancear a pies juntos con aire risueño, amanoletado, y rematar con medias dibujadas levemente por delante. Un sutil lance clásico. A los tres se los sacó a los medios, con los tres se descaró, a los tres se los pasó muy cerquita, con los tres ligó sin perder pasos. Con los tres se enroscó en trenzas de circulares por las dos manos salteados con péndulos entre pitones. Y en las tres bazas, cuando ya estaba hecho y dicho cuanto había que hacer y decir, se emperró en seguir y seguir. Con la misma melodía. Rajadito un cuarto toro nervioso, bondadoso un sexto que pedía distancia pero Castella se la negó y distraído un segundo mansito que embistió poco y sin gana. De modo que ni mano a mano ni mucho menos.
Colpìsa-Barquerito