CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Valladolid  - 10 septiembre 2009

Excelentes parladés, genio de Esplá, corazón de Cayetano

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de “Toros de Parladé” (Juan Pedro Domecq Morenés). El segundo, jugado de sobrero. Corrida de bellas hechuras. De soberbio remate el quinto, de bravo aire. Notables por la fijeza, la elasticidad y la nobleza, dieron muy buen juego los seis. Los dos últimos y el tercero pelearon con categoría. Con bondad primero y cuarto. Fueron aplaudidos en el arrastre los seis.
 

.ESPADAS

Luis Francisco Esplá, de azul marino y oro, saludos y una oreja.

José María Manzanares, de violeta y oro, una oreja y saludos.

Cayetano, de nilo y oro, una oreja y dos orejas.
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INCIDENCIAS

5ª de feria. Muy caluroso. Algo más de media plaza. Excelentes en banderillas Curro Javier y Juan José Trujillo. Brava y buena corrida del segundo hierro de Juan Pedro, con un quinto extraordinario, cinco orejas de balance, rejuvenecimiento feliz de Esplá, entrega y temple de Cayetano.

 

Video resumen del festejo

 

El grifo de Juan Pedro Domecq se abrió con el primer toro y ya no se cerró. Constante el manantial. Bravura de surtidor. Con las texturas y sabores de la moderna bravura: nobleza, fijeza, son, temple, entrega, motor. Y docilidad. Una chispa de temperamento tuvo el quinto, que se vino arriba con la codicia antigua. Y que era, además, un toro de espléndido cuajo: el cuello, la cara, los riñones. Las puntas bien finas. Prontos fueron los seis. Y hasta los siete, porque el segundo, picado corrido y muy trasero, y claudicante después de sangrar, fue tan pronto como el que más. Y el que menos pronto pareció, un sexto astifino y gachito, de apenas cuello y suave papada, fue, en cambio, de una particular elasticidad.
Los seis se entregaron en el caballo: el tercero le tronchó al picador la vara por la mitad en el primer encuentro; al segundo hubo que darle de lo lindo porque apretaría lo suyo. Eran juampedros de la reserva más cuidada: la del hierro de Parladé. Y, por tanto, no fue corrida turbulenta. Sí de distinguida seriedad. La forma: armonía, y el toro en tipo por su alzada y su tamaño. Y el fondo: una manera de embestir a ritmo. Como de terciopelo. Para dejar al ganadero contento. Y a la gente. Y, naturalmente, a los toreros.
Esplá se pasó la tarde jugando al toro y no se cansó ni de prodigarse ni de firmar maravillas. Con el primero de corrida, listón y chorreado en verdugo, toro con plaza. Y con el cuarto, colorado ojo de perdiz, que tal vez no tuviera el mismo ritmo constante de los tres toros de alta nota de la corrida –tercero, quinto y sexto- pero sí encontró, a cambio, en Esplá la horma de su zapato. El sentido de la lidia fue delicia para cualquiera: al lance Esplá antes que nadie y sin mediar carreras, dos remates a una mano en largas por delante recogidas, preciosas, verónicas de espléndidos ajuste al tomar por los vuelos al cuarto, media clásica de las de las fotos de El Gallo, un lance de recorte en molinete, de estirpe también gallista, y, por supuesto, un galleo por chicuelinas que concluyó con el toro puesto donde tenía que dejarse para tomar por derecho una vara. Seis buenos pares de banderillas prendió Esplá. El tercero de cada una de las dos series lo prendió al violín con llamativa suavidad: grácil el embroque de costado, como un recorte.
Y dos faenas de muleta de imaginación a chorro, llenas de cosas inesperadas. Con su mucha pureza: la del toreo ajustado y ligado por una y otra mano. Con sus muchos ingenios: los cambios de terreno, las salidas, las llegadas, los remates con el cambiado o con la simple dejada del toro, un cambio de mano por detrás cruzándose Esplá al paso, los molinetes del repertorio mexicano que tanto prodiga este año. Y todo parecía tan fácil que hasta el toro –los dos- parecían en sus manos de juguete. Pero sin serlo. No estuvo fina la espada. Pero se calentó la gente, sobre todo en el cuarto toro, y la vuelta al ruedo de despedida tuvo su fondo apoteósico. Hacía en Valladolid un calor severo y Esplá no paró de devolver abanicos después de haberlos besado. El gesto de felicidad era indescriptible. Toreando y después de haber toreado. Tan bien.

Fuera de cacho

Pasó que, por contraste, parecieron Manzanares y Cayetano toreros de otra época. Porque lo son. No sólo fue cosa de parecerlo. Se echó adelante Cayetano con el lote más bravo de la corrida, se encajó con incontestable firmeza, toreó con los brazos, jugó con su sentido del ritmo de la media altura, supo acoplarse cuando toreaba fuera de cacho o pecaba de hacerlo despegadamente, les puso la barriga a los dos toros en los muletazos embraguetados, resistió incólume los momentos en que se quedó al descubierto, supo ir calentando las faenas, adornarlas con pases de rodillas o toreo por alto de suerte cargada, que son ya notas distintivas de su toreo. Y, además, llenó Cayetano la plaza con su singular presencia: entre timidez y descaro, concentración, decisión. Iba, como siempre, vestido con gran elegancia: un terno nilo y oro. Lo dejarían para el tinte después de una salida a hombros muy celebrada y bien ganada. Porque la fe mayor de todas la de Cayetano fue la de irse detrás de la espada despacio y a ley. Sin terminar de jugar la mano de la muleta. Mandaba el corazón.
Manzanares mató a sus dos toros de estocadas supersónicas y de una eficacia fantástica. No redondeó, sin embargo, con ninguno de esos dos toros. El bravo quinto, que sacó el caballo a los medios empujando, fue ese toro que uno espera cuajar en septiembre en la plaza que sea. Y no. Una tanda, algún latigazo poderoso, muchos pasos perdidos, muy corta la apuesta. Al sobrero, que se sobrepuso a un volatín, le pegó Manzanares muchos pases sueltos, salió a zancadas de los remates de tanda y le hizo una faena de apenas hilván. Los momentos finos fueron los justos. Se jalearon mucho.


 

Colpìsa-Barquerito

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