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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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Valladolid - 11 septiembre 2009 |
| Serio El Juli, bulle sin freno El Fandi, firme Talavante" |
MÁS aparatosa que brava, con más fachada que fondo, la corrida de los Matilla dio por capricho dos toros colorados. De buen empleo los dos. Un segundo apenas sangrado por un picotazo trasero y un sexto que tuvo dos virtudes mayores: nobleza y fijeza. Talavante tiró bien de ese sexto. El Fandi se aceleró bastante con el segundo y todo iba sobre ruedas hasta que el toro divisó las tablas. Las quería de refugio. Estaría cansado. Porque El Fandi le había pegado dos largas cambiadas de rodillas, otra larga más afarolada, y, sin tregua, cuatro o cinco lances hechos, y un recorte, y un galleo. Y le había puesto tres pares de banderillas de recorrer las dos circunferencias de cal más de una vez. Ya entonces hizo el toro amago de querer pirárselas. Sin embargo, el toro tenía su galopito y su corazón. Como El Fandi. Bueno el ritmo de la pareja. Salvo que al ponerse el torero granadino con la mano izquierda se oyó esa especie de golpe de bombo que es la renuncia de un toro. Antes de la renuncia, el toro se había llevado no menos de cuarenta muletazos. Y no todos de los de acá para allá. Ni todos de los de toma y toma y vuelve a tomar. La banda de música hizo su agosto y le dio a un pasodoble trompetero dos vueltas. Tampoco El Fandi encontraba la hora de acabar. Lo hizo de dudosa estocada. Desprendida. Sin puntilla el toro, que se arrastró sin orejas. Por voluntad popular.
Algo tardo cuando hubo que trabajar por bajo, pero muy franco en los viajes por alto, el sexto pudo haber corrido la misma suerte que su congénere de pinta, que no de familia. Eran de hechuras distintas. Este sexto escarbó un poco más de lo permitido. Un lanzazo de un puyazo lo derribó, pero se recompuso. Talavante, que vino a sustituir a El Cid, se templó con el capote en lances de manos altas y, a pesar del viento, supo sujetarse sin cabildeos cuando decidió, fuera de las rayas, dejarse ver por el toro. Ponerse a tiro. Y tirar: Talavante del toro, naturalmente. Fue conmovedora la firmeza de Talavante. Notable su buen pulso, que era prueba de valor.
No tan emotiva su discutible idea de abrir pausas exageradas entre tandas, o pasarse de tiempo como si el toro no tuviera otra cosa que hacer. A los once minutos y medio de faena, sin cuadrar siquiera el toro, sonó un aviso. Y después de una estocada que lo hizo guardia, el toro se arreó de huirse. Y cantó la gallina. Tarde pero cantó. Antes del canto de la gallina, Talavante pareció torero ilusionado: en su apuesta primitiva aquella del modelo José Tomás tomado del original y ahora bien digerido. Con la excepción de unas manoletinas del todo indigestas. Los que habían visto la corrida en el sorteo contaron que había dos o tres toros de Bilbao. Y no hubo que esperar para comprobarlo: el primero, armado fina y abundantemente. Fue un toro muy desapacible: de embestidas inciertas, regañadas, busconas y al paso. No apetecía torearlo. El Juli se puso, lo descubría el viento. Buscó variantes El Juli en las distancias. Jugar con ellas. Se enteró el toro por norma en la segunda baza. Y reponía. Como es terco, El Juli consintió. No paró hasta que no se supo superior en la pelea. Mató de estocada desprendida, pero bien cobrada. Todavía mejor fue la estocada que tumbó sin puntilla al cuarto, que fue toro ingrato también. Por rebrincarse, por cabecear, por puntear y, sobre todo, por reponer tras el primer embroque. Se enfadó ahora El Juli. No terquedad. Sino carácter. Crecido, le buscó al toro las vueltas. Con parco y fiero gesto, lo llegó a embarcar de largo y a llevarlo largo también. Y a ligarlo sin trampa: soltando toro y volviendo a enganchar. Sin perder pasos. También se enfadó el toro, que se quedó debajo más de una vez y que renunció antes de embrocarse dos o tres veces. No fue sencillo poderle tan a modo a ese toro. De la parte de Bilbao fue también por anchura de velamen el quinto, un toro muy apaisado. El Fandi tocó diana con el capote: dos largas de rodillas, un galleo de frente por detrás pero yéndose antes de tiempo de la reunión. Clavó sus tres pares. Chirriante el violín. Y luego se arremangó en faena trajinadísima donde alternaron los golpes de sereno oficio con los molinetes porque sí, los naturales de calma y mérito con el pimpampún del todo vale. Para deleite de los paganos. La banda acompañó la fiesta con una especie de marcha ceremonial. Una estocada en los bajos. Pero se pidió hasta la segunda oreja. También el tercero entró en el cupo de los toros amplios de guadaña. A pies juntos lo saludó Talavante pero se pisó dos veces el capote. Lo gasta grande. Un quite a la valenciana: por saltilleras o tapatías. Mejor la intención que la obra. Y una faena deslucida porque el toro pegó cabezazos, se levantó viento y costó estar. No se arrugó el torero extremeño. Buen detalle.
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