Peras al olmo pedía el cartel: menos gente que cualquier otro día de feria. La crisis. Era sábado, lucía el sol claro de Valladolid, hacía calor. Los tres de terna eran toreros de la tierra. Bien vistos, pero muy vistos. Ancha es Castilla. De tres generaciones distintas. Manolo Sánchez, contemporáneo de Ponce y Jesulín. Leandro -antes Leandro Marcos-, de la quinta de Castella, César Jiménez, Salvador Vega o El Cid. Joselillo, de la de Perera o Cayetano. Así que se juntaron en torno a una misma lumbre ecos de distinto acento. Todavía se busca en Valladolid al sucesor de Roberto Domínguez, que se retiró silenciosamente hace casi veinte años. ¿Veinte años no son nada? Tres generaciones de toreros. Nada más.
La lumbre de la cita fue una corrida de jandillas de Montalvo. Bastante grande, bastante seria y bastante apagada. Más brava que mansa, pero bruscona, áspera. Con un toro encastado que protestó a la antigua manera: el tercero de corrida. Y cinco más. No llegó a darse ninguno. Ninguno fue imposible. Se dejaron cuatro pero se agarraban al piso como si tuvieran pegamento en las pezuñas. No descolgaron. De esa elasticidad tan propia de los jandillas de pura cepa no hubo asomo apenas. Y eso que, en punto a pureza de sangre, Montalvo no es ganadería sospechosa. Cristianos viejos son los toros de Linejos.
Pero, en trance conformista, de los de no jugarse la vida ni la bolsa nadie, los toros todos, los seis, fueron seis de tantos. No se cayeron. Lo cual era suficiente cuando se caían los toros tanto. O por emplearse o por flojera o por falta de casta. Hace dos años, en una sustitución improvisada, Montalvo lidió en Santander una corrida –pedazo de corrida- de distinguida bravura. No ha salido otra. Con aquella le puso El Juli las peras al cuarto a un aspirante. Esta vez no estaba El Juli ni para varear aceitunas ni para poner ni la corrida ni a nadie ni las cosas en su sitio.
De aire dulzón el segundo de la tarde. Amantecado y encogido un cuarto de noble fondo; remolón el quinto; con ganas de largarse y acabar el sexto, que le pegó en un arreón contra un burladero una cornadita a Agustín Serrano. El primero hizo de toro telonero. Así que los sustos sólo se vieron con el zipizape montado por el tercero, que era de hechuras distintas. Chato, sin cuello, cabezón, sienes estrechas. Casi se zampa a Joselillo en un desarme, cortó por las dos manos, se paró. Las embestidas contadas fueron, sin embargo, trepidantes. Joselillo, muy despatarrado, puso su salsa brava. Torear enganchando por el hocico: fórmula clásica. Un pinchazo en zona ósea. O sea que...
Manolo Sánchez se echó la mano al chaleco para descararse con el primero, pero lo trajo enganchado en cómodas uves. De uno en uno muletazos que podrían haber sido exquisitos sin tanto merengue ni tanta rima. Del toreo de inspiración y redibujadito hizo alarde Leandro a cuenta gotas con el segundo. Con cierto desorden, sin llegar al tercer muletazo. En línea, sin soltar toro para que el toro se viera de verdad. Largísimo trabajo. El arte exige brevedad, espuma, sutileza. Que sea pasajera nube.
Ya en la segunda instancia, Manolo Sánchez manejó con sabio oficio la brusca salida del cuarto, que se volvió sedoso en sus manos. Pero luego lo molió a muletazos en faena interminable. Faena de tentadero y no de plaza. “Toreé para mí”, dicen con sospechosa cursilería de faenas de ese corte algunos matadores de pingorote. Para ninguno de los dos. Mientras toreaba Leandro al quinto, se puso la gente a mirar al cielo. Estaría pasando un zeppelín. Como en las viejas ferias. O un globo. Una faena cuerpo a cuerpo. Impropia de un torero de tan gustoso corto, como Leandro, e inaceptable para un jandilla, que por sistema pide espacio libre. El sexto se revolvía si Joselillo le levantaba la mano. Y atacaba si se la bajaba. Más valor que fe del torero. De barrio ferroviario. En Valladolid hay dos o tres.
Colpìsa-Barquerito