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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis
toros de Moisés Fraile. Primero y quinto, de encaste
Atanasio, con el hierro de su nombre. Los demás,
encaste Aldeanueva, con el de El Pilar. Seria y
cuajada la corrida toda. Brusco, agresivo y
encastado el primero; noble y bondadoso el segundo;
falto de fijeza el tercero; guerrero el cuarto;
manso y cobardón el quinto; codicioso y listo el
sexto.
ESPADAS:
Juan Bautista,
de malva y oro, silencio y una oreja.
Alejandro Talavante, de azul cobalto y oro,
saludos tras dos avisos y silencio tras un aviso.
Daniel Luque, de carmesí y oro, oreja y
ovación tras un aviso.
INCIDENCIAS
Densa corrida de los dos hierros
de Moisés Fraile.
Juan Bautista firma lo de más calidad con un cuarto bien
sometido. Luque pelea con ganas. Talavante, descorazonado
Daniel Luque - Foto:Burladero.com
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Mucho toro. Y se
esperaba. Pero no
tanto. Salieron de
las dos ramas que
cría Moisés Fraile:
cuatro de la parte
Aldeanueva-Raboso,
con el hierro de El
Pilar, y dos de
sangre Atanasio. Los
dos atanasios fueron
de hechuras y porte
diferentes. Y
también los cuatro
pilares. De esos
cuatro, llamaba la
atención por su
abundancia el
cuarto, que pasó el
listón de los 600
kilos. Era inmenso.
Ya tenía cumplidos
los cinco años. Más
alto y largo que
hondo, porque tuvo
un punto acaballado
y zancudo. Muchísima
caja. Pezuñas
exageradamente
grandes y espolones
visibles. El toro
patinó más de una
vez. O porque dieran
vértigo las pezuñas
o porque el piso de
plaza no esté del
todo asentado. Juan
Bautista hizo
descalzo la faena
entera. Fue toro de
mutante conducta.
Incierto de salida,
se vino cruzado en
un ataque a
querencia, se empleó
en el caballo
poderosamente y
metió la cara en el
capote. En tromba
los ataques, pero
firme el torero de
Arles para dibujar
la verónica clásica
con gusto y rematar
con la media
auténtica, que da
salida al toro y lo
deja toreado.
No tan en tromba en
la muleta los viajes
del toro, que tuvo
más que torear que
ningún otro. Cuando
vino prendido, vino
entregado. En los
huecos se metía. O
se revolvía y
reponía y, entonces,
se empleaba al paso
y no a golpe de
riñón. La mano
derecha fue mucho
más de fiar que la
izquierda. Juan
Bautista anduvo
entregado y entero.
Con astucia de
torero curtido. No
le sorprendió nunca
el toro, y eso que
cada embestida
pesaba lo suyo. Más
o menos ceñidos los
embroques, pero no
hubo un solo
enganchón.
Y por su orden
salieron las cosas:
lo duro al principio
–una suave tanda con
la diestra de cinco
ligados y por abajo-
y lo vistoso
después: los
circulares a pies
juntos con el toro
enroscadito, los
molinetes de entrada
o solución, las
sanjuaneras de tanda
–manoletinas sin
espada- y el
molinete ligado con
el de pecho. El
manejo del toro fue
cerebral y valeroso.
Tuvo sello de
autoridad. Mandó el
torero. Una estocada
de excelente
ejecución y un
descabello certero.
Buen trabajo de Juan
Bautista.
Lo fue también el
primero de los
suyos. Sólo que con
un toro bastante
distinto. De los dos
atanasios que
completaban corrida.
Muy armado, negro
girón, astracanado
el cuello. Frío de
salida, pero en
agitación constante,
se apalancó contra
el caballo de pica
pero con la salida a
querencia tapada.
Sangró mucho. No
hubiera estado de
más una segunda
vara. Venido arriba
en banderillas, el
toro persiguió César
Pérez con aire
fiero. La primera
razón de Juan
Bautista fueron
cinco o seis
muletazos rodilla en
tierra. Sólo una
rodilla, la que
cargaba la suerte.
Los seis o los cinco
tuvieron temple y
armonía. El toreo
bien dicho. Una
tanda enseguida con
la mano izquierda,
por abajo, ligada,
reunida y segura.
Muy bonita. Y otra
menos fresca. Se
puso brusco por la
mano derecha el toro
y se acabó de
repente el juego. El
final de faena fue
más de castigar y
esgrimir que de
dibujar. Hubo un
desarme, aunque Juan
Bautista no pasara
apuros. Salvo con la
espada. El toro le
esperó con la
bayoneta calada.
Media tendida, un
pinchado, una entera
caída. El toro le
gustó a la gente.
Las cosechas
No sólo Juan
Bautista cató de las
dos cosechas de
Moisés Fraile.
También Talavante:
un segundo, de El
Pilar, noble y
bondadoso, pero
rebrincado y sin
brío; y un quinto,
atanasio, ofensivo,
acucharado pero muy
armado, y que manseó
en el caballo
escupiéndose de un
caballo a otro. Al
manso Talavante y su
gente lo dejaron ir
de un lado a otro a
su aire porque una
receta vieja
aconseja esa medida
como fórmula
magistral. Se serenó
el toro y Talavante
no pasó ni trago con
él. Se vio
descorazonado al
torero, pero no
afligido. Sin
ilusión pero no sin
recursos para
resolver la
papeleta. Se vino
abajo a la hora de
descabellar. Dos
avisos en un toro.
Uno más en otro.
Algún lances suelto
templado. Pocas
ideas. Estaba muy
pálido Talavante.
Como un león Daniel
Luque. Para él
fueron los dos
pilares que se
enlotaron juntos. Un
tercero sin fijeza,
distraído por
sistema pero que, en
tablas, acabó
repitiendo muy a
última hora. Y un
sexto celoso y
nervioso,
temperamental, que
no consentía si no
iba empapado el
engaño. No fue, por
tanto, sencillo el
lote. Pero el deseo,
la presencia juvenil
y el rampante final
de la primera faena
tuvo premio. Y casi
la segunda, bastante
más desigual de
todo: de intenciones
y de logros. Con
embroques en falso.
De torero nuevo.
Pero de torero nuevo
el corazón también.
La manera de llegar.
Y la habilidad para
pegar pases a moscas
en vuelo.
Colpisa - Barquerito |