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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis
toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile).
Seria corrida de remate y condición diversos.
Primero y cuarto, de distinto estilo, dieron mucho
juego. Más en bravo el uno que el otro; de mejor son
el otro que el uno. Para el cuarto se pidió la
vuelta. El segundo, que se volvió de salida dos
veces, y el tercero, que escarbó, se rajaron sin
remedio. Ni rompieron ni se dieron los otros dos.
ESPADAS:
Enrique Ponce, de plomo y oro, oreja tras un aviso y
dos orejas y rabo tras un aviso.
Sebastián Castella, de nazareno y oro, silencio
y ovación tras un aviso.
Miguel
Ángel Perera, de azulete y oro, ovación y saludos.
INCIDENCIAS
4ª de
feria. Casi tres cuartos de plaza. Fresco y
encapotado. Piso muy arenoso. Largueza del palco
para premiar con el rabo una faena de soberbia
caligrafía y relevante facilidad. Entregado y
versátil el torero de Chiva con un dócil atanasio
del Puerto.
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La corrida de Puerto
de San Lorenzo dio
dos toros de notable
condición y cuatro
de otra clase. Sólo
contaron los dos de
premio. Entraron en
el lote de Ponce.
Eso fue parte del
premio. Cosecha de
tres orejas y un
rabo, que no todos
los días. Ponce es
un gran hacedor de
toros. Que sabe
acoplarlos a su
concepto del toreo y
a su manera de
hacerlo. En el caso
de que se le
resistan. Y, cuando
no, es incapaz de
malograrlos. Nunca
ha desperdiciado un
toro bueno ni bravo.
No dejó pasar
ninguna de las dos
presas. Cayeron las
dos. Un rabo del
cuarto, una oreja
del primero, un
clamor al cabo. Un
aviso por toro
también. Más
voluntad que acierto
o rigor al irse tras
la espada. Pero le
puso firma a la
corrida y a la
feria.
El primer toro tuvo
más carácter que el
cuarto. Más carnes y
volumen el cuarto,
de tamaño
equis-equis, tan
propio del encaste
Atanasio. Mejores
hechuras el primero,
que fue, como tantos
de esa estirpe, de
menos a más. Aunque
mugiera antes de
doblar y doblara en
tablas. Una virtud
mayor: la de
humillar. Y otra: su
fijeza. La forma de
sujetarse en los
engaños. Irse de
ellos fue el gran
defecto de los dos
que se lidiaron
después. Los dos,
reclamados por una
irresistible
querencia cuadras y
toriles, tan propia
de las plazas
cubiertas cuando
están cerrados los
techos.
Al humillar y
sujetarse, y por ir
de menos a más, el
primer toro fue de
rico juego. De
fondo, que ya se
dejó sentir en un
viaje sin reservas
al caballo. Ponce no
se entretuvo en
manoseos y, tras
seis muletazos de
tanteo bien
trazados, estuvo en
los medios, donde el
toro pesó y atacó.
Por las dos manos se
puso Ponce en tandas
más rimadas o
cosidas que
propiamente ligadas.
A golpe de muelle
los remates de
muletazo, muy
despegados los
cambiados que
remataron. En el
toreo con la
izquierda, los
muletazos, bien
volados, fueron de
uno a uno.
Lo que discurrió
Ponce fue torear a
pies juntos, cerrar
flancos, no abrir
huecos y despedir el
toro no con un golpe
sino con un toque.
Gran habilidad.
Entre tanda y tanda
Ponce se pegó sus
paseos de pasarela
para reclamar el
aliento de la gente.
Sonó un aviso antes
de haber pensado
Ponce ni en montar
siquiera la espada.
Media estocada
defectuosa. Cerraron
al toro en tablas
con capotazos
expertos. Al
arrancarse al último
rodó el toro. Una
oreja.
El segundo fue un
imponente mozo. De
genio distraído y
cobardón, lo
descompuso una lidia
demoledora. Buscó en
su momento la huida
sin billete de
vuelta. Castella
abrevió. El tercero,
con menos cara,
descolgó de salida y
Perera lo toreó de
capa con calma y por
los vuelos. Pronto
empezó a buscar
escape. Perera lo
persiguió sin
carreras, lo tuvo
casi convencido,
pero no hubo caso:
si le daba adentros,
el toro se le iba a
tablas; si lo
toreaba por fuera,
el toro arrollaba.
Una excelente
estocada.
Lances
Ponce le tomó la
medida al cuarto con
sólo verlo asomar y
salió a recogerlo
con lances rodilla
en tierra. Suelto el
toro pero con tranco
acompasado. Se vio
del toro entonces su
docilidad. Al tomar
los engaños, también
su noble son. Al
emplearse en el
caballo y atacar en
banderillas, su
fondo encastado.
Borrón fueron dos
rajadas finales al
capricho de la
querencia de las
cuadras. Lo demás
fue un bello
batirse. Con ritmo.
Anillo al dedo para
Ponce, que, garboso
en un quite por
chicuelinas
abrochado con larga
cordobesa, puso
luego la música y la
caligrafía. La
naturalidad para
sostenerse en los
embroques
desmayadamente. La
soltura para jugar
los brazos como
desmadejándose pero
teniendo siempre el
pulso del toro en
los vuelos. No los
enganchó el toro
casi nunca. La
cabeza para
dosificar el teatro
inherente a
cualquier faena de
repertorio y la
listeza para, yendo
de un terreno a otro
y recorriendo mucha
plaza, no violentar
al toro. Fueron
extraordinarios los
seis muletazos
obligados en bucle y
a una mano con que
Ponce abrió faena
cuando todavía
estaba por brindar.
Se le arrancó el
toro mientras
buscaba por el
tendido al
destinatario: el
director de cine
Agustín Díaz Yanes,
hijo de torero
grande y gran
valedor del toreo en
todos los ámbitos.
Tan redonda como la
serie forzada de la
apertura no hubo
ninguna otra. Las
tandas improvisadas
por los viajes en
rosca del toro, de
rayas adentro,
fueron brillantes.
El toreo ayudado con
la izquierda, sutil
y sedoso. El final
rampante frente a
toriles, un rugido.
Costó igualar. Una
estocada defectuosa.
Estampida final del
toro a la punta
opuesta de toriles.
Un rabo. Se vinieron
abajo y protestaron
los otros dos toros.
Castella peleó con
garra. Perera, con
valor y fe. Pero
estaba sentenciada
la cosa.
Barquerito -
Colpisa
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