CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Vitoria  -8 de Agosto 2009 - 4ª de feria

Un gran trabajo de Ponce

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile). Seria corrida de remate y condición diversos. Primero y cuarto, de distinto estilo, dieron mucho juego. Más en bravo el uno que el otro; de mejor son el otro que el uno. Para el cuarto se pidió la vuelta. El segundo, que se volvió de salida dos veces, y el tercero, que escarbó, se rajaron sin remedio. Ni rompieron ni se dieron los otros dos.


ESPADAS:

Enrique Ponce, de plomo y oro, oreja tras un aviso y dos orejas y rabo tras un aviso.

Sebastián Castella, de nazareno y oro, silencio y ovación tras un aviso.

Miguel Ángel Perera, de azulete y oro, ovación y saludos.
 

INCIDENCIAS

4ª de feria. Casi tres cuartos de plaza. Fresco y encapotado. Piso muy arenoso. Largueza del palco para premiar con el rabo una faena de soberbia caligrafía y relevante facilidad. Entregado y versátil el torero de Chiva con un dócil atanasio del Puerto.



 

La corrida de Puerto de San Lorenzo dio dos toros de notable condición y cuatro de otra clase. Sólo contaron los dos de premio. Entraron en el lote de Ponce. Eso fue parte del premio. Cosecha de tres orejas y un rabo, que no todos los días. Ponce es un gran hacedor de toros. Que sabe acoplarlos a su concepto del toreo y a su manera de hacerlo. En el caso de que se le resistan. Y, cuando no, es incapaz de malograrlos. Nunca ha desperdiciado un toro bueno ni bravo. No dejó pasar ninguna de las dos presas. Cayeron las dos. Un rabo del cuarto, una oreja del primero, un clamor al cabo. Un aviso por toro también. Más voluntad que acierto o rigor al irse tras la espada. Pero le puso firma a la corrida y a la feria.
El primer toro tuvo más carácter que el cuarto. Más carnes y volumen el cuarto, de tamaño equis-equis, tan propio del encaste Atanasio. Mejores hechuras el primero, que fue, como tantos de esa estirpe, de menos a más. Aunque mugiera antes de doblar y doblara en tablas. Una virtud mayor: la de humillar. Y otra: su fijeza. La forma de sujetarse en los engaños. Irse de ellos fue el gran defecto de los dos que se lidiaron después. Los dos, reclamados por una irresistible querencia cuadras y toriles, tan propia de las plazas cubiertas cuando están cerrados los techos.
Al humillar y sujetarse, y por ir de menos a más, el primer toro fue de rico juego. De fondo, que ya se dejó sentir en un viaje sin reservas al caballo. Ponce no se entretuvo en manoseos y, tras seis muletazos de tanteo bien trazados, estuvo en los medios, donde el toro pesó y atacó. Por las dos manos se puso Ponce en tandas más rimadas o cosidas que propiamente ligadas. A golpe de muelle los remates de muletazo, muy despegados los cambiados que remataron. En el toreo con la izquierda, los muletazos, bien volados, fueron de uno a uno.
Lo que discurrió Ponce fue torear a pies juntos, cerrar flancos, no abrir huecos y despedir el toro no con un golpe sino con un toque. Gran habilidad. Entre tanda y tanda Ponce se pegó sus paseos de pasarela para reclamar el aliento de la gente. Sonó un aviso antes de haber pensado Ponce ni en montar siquiera la espada. Media estocada defectuosa. Cerraron al toro en tablas con capotazos expertos. Al arrancarse al último rodó el toro. Una oreja.
El segundo fue un imponente mozo. De genio distraído y cobardón, lo descompuso una lidia demoledora. Buscó en su momento la huida sin billete de vuelta. Castella abrevió. El tercero, con menos cara, descolgó de salida y Perera lo toreó de capa con calma y por los vuelos. Pronto empezó a buscar escape. Perera lo persiguió sin carreras, lo tuvo casi convencido, pero no hubo caso: si le daba adentros, el toro se le iba a tablas; si lo toreaba por fuera, el toro arrollaba. Una excelente estocada.
Lances

Ponce le tomó la medida al cuarto con sólo verlo asomar y salió a recogerlo con lances rodilla en tierra. Suelto el toro pero con tranco acompasado. Se vio del toro entonces su docilidad. Al tomar los engaños, también su noble son. Al emplearse en el caballo y atacar en banderillas, su fondo encastado. Borrón fueron dos rajadas finales al capricho de la querencia de las cuadras. Lo demás fue un bello batirse. Con ritmo. Anillo al dedo para Ponce, que, garboso en un quite por chicuelinas abrochado con larga cordobesa, puso luego la música y la caligrafía. La naturalidad para sostenerse en los embroques desmayadamente. La soltura para jugar los brazos como desmadejándose pero teniendo siempre el pulso del toro en los vuelos. No los enganchó el toro casi nunca. La cabeza para dosificar el teatro inherente a cualquier faena de repertorio y la listeza para, yendo de un terreno a otro y recorriendo mucha plaza, no violentar al toro. Fueron extraordinarios los seis muletazos obligados en bucle y a una mano con que Ponce abrió faena cuando todavía estaba por brindar. Se le arrancó el toro mientras buscaba por el tendido al destinatario: el director de cine Agustín Díaz Yanes, hijo de torero grande y gran valedor del toreo en todos los ámbitos.
Tan redonda como la serie forzada de la apertura no hubo ninguna otra. Las tandas improvisadas por los viajes en rosca del toro, de rayas adentro, fueron brillantes. El toreo ayudado con la izquierda, sutil y sedoso. El final rampante frente a toriles, un rugido. Costó igualar. Una estocada defectuosa. Estampida final del toro a la punta opuesta de toriles. Un rabo. Se vinieron abajo y protestaron los otros dos toros. Castella peleó con garra. Perera, con valor y fe. Pero estaba sentenciada la cosa.

 

Barquerito - Colpisa

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