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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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Zaragoza 9 Octubre 2009 - |
Ejercicio de albeitería |
Cuando la corrida se convierte en un ejercicio de albeitería, esto es de cuidados e intento de mejorar el calamitoso estado de unos animales inválidos y depauperados, ya pueden imaginarse lo que da de sí el espectáculo. Manos arriba –no por el atraco, sino para rematar cualquier lance por alto para evitar caídas-, intentos de conservar a la res sobre sus cuatro patas –y no sobre los muñones o codos, la panza o los lomos-, la suerte de varas convertida en un sanatorio para la extracción de simples muestras sanguíneas, y la verdad de la fiesta –esa sí- por los suelos como los animalitos. La corrida, o lo que los taurinos llaman corrida, fue una colección de inválidos de principio a fin, con el único lunar del primero, que buey como era acostumbrado a tirar de una carreta, se fue pegado a tablas hasta su querencia natural, en la cercanía de toriles. Inválidos a los que intentaron cuidar para luego ponerse bonitos en la faena, echando por tierra –nunca mejor dicho-, la base de sustentación –lo mismo digo- de la propia fiesta: el riesgo, la existencia de una res íntegra en su anatomía y fisiología, en su trapío y fuerzas, pitones y comportamiento. Porque el espectáculo se sostiene sobre el hecho de que esto es una lid, entre la inteligencia y el valor de un ser humano –ayudado de su técnica-, frente a un animal indómito, fiero, poderoso. Y cuando esto último falla, el equilibrio de fuerzas –no físicas sino teóricas- se desiguala y la lidia se convierte en un ejercicio de mimo, de cuidados paliativos antes de eutanasiar al agonizante animal. Quizá vaya con los tiempos –sobre todo esto de la eutanasia, porque está de moda quitarse de en medio a los más débiles o enfermos entre los humanos, desde el embrión en desarrollo, al anciano o al comatoso- pero la tauromaquia debería regirse por un sentimiento romántico y heroico, y cuando falla la piedra angular>: el toro de lidia, el edificio se desmorona por completo. La buena gente aragonesa ha acabado por pitar a varios de las faenas en el afán de los matadores de cuidar hasta la extenuación a sus pobres y débiles oponentes, porque aquello carecía de sentido, de lógico sentido hasta para el menos docto en taurina ciencia. Pero la fiesta sigue y así seguirán los responsables de este mundillo, sin que les importe un ardite el que los astados rueden cual pelotas por el suelo. ¡Qué más les da!
En lo demás, y al margen de la escasa presencia –que ya hubiese querido alguno tener la de algún novillo lidiado ayer-, los espadas han andado cada uno a su aire: Juan Bautista sin poder sujetar a su primero, el buey de turno, y sin conseguir sacar nada de provecho de su inválido cuarto, aunque a ambos los matase bien. Matías Tejela, con precauciones exageradas en ambos, al segundo que era un inválido toreándolo desde fuera y en paralelo, y al quinto bis, mandándolo asesinar en varas por si acaso; y Pinar insistente en los dos, para nada en su primer moribundo, y en práctica enfermeril en el último. Juan Bautista tuvo que pechar con un primero llamado Tostador, de 526 kilos, jabonero sucio, tocado de armas, mansísimo, rajado y de condición boyar. Dio alguna verónica al tercio, sin mayor historia, y acompañó las embestidas durante las dos primeras series, desde fuera y sin apreturas, todo a media altura para que no se cayese. Incluso ligó algo en la tercera tanda, pero con la pierna hacia atrás, en práctica de la anti carga de la suerte, tan de moda por estos momentos de la tauromaquia, dejando la muleta en la cara y estando colocado en el lomo del bicho. Pero como se repiten cuatro muletazos seguidos la gente los aplaude: cosas de la vida moderna. El toro se le rajó, acto seguido, y se fue a tablas, donde anduvo persiguiéndole el resto de la faena, sin llegar a poder con él, o a someterle en el terreno escogido. Una buena estocada entera, arriba, finalizó con la excursión de ambos. El cuarto pasaba por Clavellín, de 514 kilos, un colorado bragado y axiblanco, tocado de velas, manso y muy flojo, con trapío justito para el coso de la Misericordia. Volvió a lancear a la verónica, sin grandes alardes, aunque hubo dos previas genuflexo. Luego, con el inválido en el último trance, lo pasó con suciedad desde afuera y para afuera o en paralelo, porque el torito tendía a derrotar por arriba al finalizar el lance y la media altura no favorecía su dominio. Se vino abajo rápidamente y volvió a matarlo de una buena estocada entera y un poco desprendida, yendo a tablas el bicho a doblar. A Tejela le correspondió Imperdible, de 510 en la báscula, un animal colorado bragado y girón, de escasa culata, tocado de puntas, manso e inválido. Sinceramente creo que el pobre bicho quería embestir, pero la ausencia absoluta de fuerzas se lo impediría desde que salió. Hubo algún esbozo de verónica aceptable con la capa, y el animalito estuvo a punto de cumplir en varas. En la muleta todo fue un querer y no poder del toro; Tejela no le bajaba la mano, lo pasaba desde afuera y sin forzar, rematando hacia arriba los pases, pero Imperdible no tenía fuerzas ni para aquello, empezó a tardear, a embestir con poco viaje; el diestro comenzó a darle aire y pasarlo de uno en uno, siempre descolocado excepto en el primer cite, y así se acabó la cosa. Una entera baja, poco más o menos por el rincón, lo dejó para criar malvas. En el quinto bis, el sobrero de la ganadería de Abilio Hernández que salió tras de que el picador acosara y derribara perfectamente al inválido titular, de nombre Cuba, con 560 en la romana zaragozana, negro con bragas, tocado y un poco bizco del zurdo, feo y manso, vimos aun menos, porque no le dio la gana al maestro de conservarlo. El toro que parecía conocer mundo con generosidad saldría al paso, se frenaba al entrar en los capotes –buena la brega de Raúl Adrada- y Tejela se excusó de darle un capotazo para mandar que lo asesinaran en varas. Dicho y hecho. El picador le dio de tal forma en el primer encuentro que hasta allí llegaron las buenas o malas cualidades del caribeño. Y para mostrarlo más a las claras, el diestro lo tiró en cinco ocasiones en la docena de pases que le dio con el trapo rojo, y se fue a por la tizona con el beneplácito general para despenarlo de media delanterilla y desprendida sin pasar. Pitos iniciales y silencio tras el arrastre. A Pinar le colaron un tercero llamado Bombero, pero con la misma forma física que un pocero, porque todo era irse al suelo para buscar en lo subterráneo. Pesó unos míseros 496 kilos, no por la cuantía, sino porque estaba anovillado, pero era bonito de capa, colorado ojo de perdiz, bragado y meano corrido, listón y chorreado, gargantillo y salpicado –casi salinero-. Cortito y defendiéndose, desde la salida mostró a las claras desde el principio, su condición mansa e inválida. El movimiento llegó a hacerse casi imperceptible en la muleta: unos centímetros al final. Antes de aquello hubo alguna serie del albaceteño desde fuera o al hilo, sin forzar el viaje y aunque en redondo desde alguna distancia y despegado, llevándolo a media altura, en series de tres y el de pecho, que a veces le costaba tomar. Pitos desde la quinta tanda para que mandara al moribundo al cementerio vacuno donde le correspondía, lo que hizo de un pinchazo arriba y una entera, desprendida y un poco atravesada. En el sexto llegó a cortar la única oreja del festejo. El animal tenía por apodo Decano, con 536 kilos, castaño de capa, delantero de defensas, manso, soso, flojo pero embestidor. Y ahí le sacó partido a base de cuidarlo bien, con disimulo, llevándolo a media altura y rematando los lances por arriba, metiéndoselo en redondo un poco pero sin abusar de forzar el recorrido, buscando muchas veces las afueras. Consiguió ligar, y tal es otro de los méritos de la faena, a pesar de andar algo descolocado casi todo el trasteo. Y para terminar, y con objeto de levantar algo los ánimos del respetable que se habían venido algo abajo en las dos últimas tandas, recurrió al repertorio populista tradicional: circular invertido, medios pases por ambos pitones, agarre lomar y giro en la cara. Una entera caída, de rápido efecto, le conseguiría una oreja por suscripción popular, generosa cual corazón del pueblo maño. Un festejo inolvidable… por lo malo, pero digno de todo olvido. Cope.es |
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