Gracias
a los
dos
artistas
del
cartel a
corrida
de la
feria
jerezana
pudo
tener un
argumento.
Los
artistas
del
cartel
tropezaron
con las
miserias
de un
encierro
paupérrimo
de Juan
Pedro.
Por
contra,
el mejor
toro de
la
suelta
cayó en
manos de
El Fandi,
torero
afanoso
que hizo
lo
posible
por
agradar,
aunque a
la
afición
le
quedaron
las
ganas de
haber
podido
contemplar
a
Morante
o a
Manzanares
con ese
mejor
astado.
Hay que
incidir
en lo
dicho
tantas
veces.
Toros
como los
de Juan
Pedro,
absolutamente
descastados
y sin
fuerzas,
no
contribuyen
a la
revitalización
de la
Fiesta.
Es un
género
de toros
que por
su falta
de casta
puede
acabar
con la
tauromaquia.
El
peligro
está
dentro.
Si los
toros no
transmiten
emoción,
nada
tiene
sentido.
De esta
corrida
podremos
leer que
ha sido
manejable,
que ha
sido
noble,
que se
ha
dejado.
Esta
corrida
ha sido
una
calamidad
absoluta
que no
sirve
para
nada; es
una
mentira
absoluta.
Sólo el
quinto
de Juan
Pedro
tuvo
alguna
capacidad
para
repetir
con
alegría
a la
muleta.
Gracias
a los
matadores
del
cartel
la
corrida
se
salvó.
Los
detalles
de arte
de
Morante
y
Manzanares
fueron
verdaderas
obras
maestras.
Por su
parte,
El Fandi
fue fiel
a su
estilo
bullidor,
aunque
al toro
quinto
debió
torearlo
mejor, o
al menos
con más
gusto.
El
problema
es que
su
entrega
y ganas
de
agradar
son
encomiables,
pero su
torería
es de
una
limitación
total.
Si El
Fandi
toreara
bien,
sería el
no va
más.
Morante
tropezó
con dos
toros
nada
fáciles
para que
su arte
resplandeciera.
De nuevo
mostró
esa
faceta
de
torero
que
busca el
triunfo
a toda
costa.
El que
abrió
plaza no
le dejó
esbozar
más que
algunos
pases
sueltos.
Molestado
por el
viento,
la faena
no llegó
a
cuajar.
Con
el
cuarto
armó un
alboroto
con el
capote
con
verónicas
excelsas
y
chicuelinas
de alto
voltaje.
La plaza
rujió
ante
tanta
belleza.
Lástima
que el
animal
fuera
una
miseria
en sus
arrancadas,
cansinas,
sin
fuelle,
de forma
que
Morante,
totalmente
entregado,
no pudo
ligar la
faena,
aunque
se
sucedieron
los
pasajes
de gran
belleza,
unas
veces en
los
naturales,
otras
con la
derecha
y
siempre
en los
remates
y los
adornos.
Cómo
sería su
labor
que, a
pesar de
no matar
bien,
fue
premiado
con una
oreja.
Manzanares
cuajó un
hermoso
comienzo
de faena
al
tercero
con
pases a
media
altura.
Los
derechazos
cadenciosos
fueron
recibidos
con
júbilo.
El de
Juan
Pedro se
apagó
pronto y
la faena
perdió
calidad,
pero
ganó en
entrega
con
detalles
sueltos
del
mejor
arte del
alicantino.
De nuevo
funcionó
la
espada y
el
premio
llegó a
sus
manos.
Con
el flojo
sexto,
Manzanares
volvió a
torear
muy
despacio
por
ambos
pitones
en una
labor
intermitente,
la misma
que
imponía
el toro
que
estaba
cogido
con
alfileres.
De nuevo
surgieron
pases
sueltos
de gran
calidad
que
salvaron
su
conjunto.
El
Fandi
cubrió
su tarde
con sus
armas
habituales.
El
segundo
era
excesivamente
soso. El
trasteo
largo
del
granadino
no llegó
a
calentar
al
tendido.
Con
el mejor
toro de
la
tarde,
El Fandi
puso en
práctica
toda su
artillería
torera.
Desde
las
largas
cambiadas
de
salida,
pasando
por las
banderillas,
hasta
los
pasajes
del
final
fueron
el toreo
vistoso
y
superficial
de
Fandila,
muy bien
recibido
por la
plaza.
El toro
fue tan
templado
que el
toreo al
natural
alcanzó
fases de
mayor
calidad.
Aún así,
el
premio
de dos
orejas
fue una
exageración,
que se
puede
explicar
por las
notables
carencias
de
triunfo
que se
suceden
en esta
feria.
Con
una
corrida
mala,
cinco
orejas.
El
ganadero
seguro
que está
feliz,
pero esa
felicidad
es la
propia
tumba
del
toreo,
porque
ahora
seguirá
criando
toros de
tanto
arte que
son una
verdadera
basura.
El final
fue
lastimoso.
Manzanares
y El
Fandi, a
hombros
y
Morante
andando.
El arte,
incomprendido.