La empresa Pagés,
que regenta el
coso de la Real
Maestranza desde
hace 75
años, vive un
momento
especialmente
delicado en
cuanto a imagen
pública,
reconocimiento y
popularidad.
Atrincherada en
un abono que se
vende por sí
solo gracias a
que ir a los
toros en la
Feria de Abril
se ha
convertido en un
acto social,
y con un abono
que amarra no
sólo la Feria de
Abril, sino la
programación de
mayo y junio,
así como el
ciclo de San
Miguel de
septiembre, las
críticas se
intensifican
desde varios
frentes. Con un
escaso, corto y
casi nulo
diálogo con los
interlocutores
taurinos
sevillanos, la
empresa parece
vivir al margen
de esta visión
del momento
taurino local.
Las siete
suspensiones del
pasado año, los
malos resultados
también de la
pasada campaña,
unido a los
malos resultados
ganaderos de la
actual Feria de
Abril, junto con
repeticiones
obcecadas de
algunas
ganaderías y
algunos toreros
que, año tras
año, fracasan
con estrépito en
Sevilla, así
como las
continuas
ausencias cada
año de toreros
muy destacados,
están provocando
que la paciencia
de varios
sectores
taurinos de la
ciudad,
incluyendo los
aficionados,
esté llegando a
su límite; y eso
que el límite de
esa paciencia
sevilana parece
casi infinito...
A ello hay que
sumarle
actitudes poco
comprensibles e
impropias de una
plaza de la
categoría de
Sevilla, como un
creciente
malestar de la
prensa (vetos a
periodistas,
periodistas que
no asisten a las
ruedas de
prensa o
se marchan de
las mismas ante
respuestas
abruptas de los
empresarios,
retirada de
credenciales,
reubicaciones de
sitios,..), una
palpable tensión
con equipos
gubernativos, la
nula
comunicación con
la Unión Taurina
de Abonados e
incluso algunos
actos puntuales
pero llamativos
de empleados de
la plaza. Por
cierto, que la
rigidez de las
normas de la
nueva empresa de
seguridad está
provocando más
de una voz
disconforme en
los tendidos.
Las dos
corridas
consecutivas
vividas (Juan
Pedro Domecq -un
año más- y
Puerto de San
Lorenzo), con el
descastamiento,
la mansedumbre
y, sobre todo,
la mala
presentación
-con el
beneplácito de
unos equipos
presidenciales
cada vez más
cuestionados-
parecen que han
sido la gota que
ha provocado
rebosar el vaso
de la paciencia.
Según explica
Álvaro Pastor
en su artículo
de opinión de
El
Mundo-Andalucía:
"...Pero ya
en el quinto,
vista la
sucesión de
despropósitos,
estalló la
plaza. Unos
cantaban
“vámonos,
vámonos”, al
compás de las
palmas, otros
directamente se
fueron,
colapsando los
pasillos de
tanta gente como
huía. En medio
del esperpento
surgió otra vez
la voz de la
grada
preguntando
dónde se habían
comprado las
reses ¿acaso en
el Ikea? Los
gritos, ora
irónicos ora
directos, fueron
la tónica (con o
sin ginebra) de
la tarde; a
Canorea, que no
se deja ver
mucho por el
burladero de la
empresa, lo
vistieron de
limpio, golfo
fue lo más leve
que le dijeron.
Y cuando Daniel
Luque quiso
ofrendar al
respetable el
que cerraba
plaza, le
sugirieron que
se lo brindara
al ganadero; el
presidente –que
ayer lo tenía
justo al lado,
pues le fui
infiel a mi
grada 4- tuvo
que taparse la
boca para que no
se le escapara
una
carcajada..."
También en
el mismo diario
El
Mundo-Andalucía
se puede leer la
columna de
opinión de
Manolo Grosso,
titulada 'La
Maestranza toca
fondo',
donde reseña
que:
"Tres horas
de corrida, ocho
toros, tres
espadas
ilusionados, la
plaza
prácticamente
llena, una
oreja, y sin
embargo, lo
único que se me
ocurre decir es
que todo,
absolutamente
todo, fue un
horror. La gente
empezó a
abandonar la
plaza al quinto
toro y el resto
lo deberíamos
haberlo hecho
antes. Una
catástrofe sin
paliativos. Como
bien decía ayer
el maestro
Amorós en este
periódico, lo
que
verdaderamente
sufrimos es una
“gripe taurina”,
cuyo efecto mas
evidente es la
ausencia total
de casta en
nuestra
ganadería brava.
Empieza a ser
preocupante que
a estas alturas
de la feria no
haya salido ni
un toro solo que
haya derrochado
bravura en los
tres tercios. No
hablo ya de la
escasa
presentación del
ganado, sino de
su condición que
se le supone de
bravo".
El
periodista
taurino titular
de la
Agencia EFE,
Juan
Miguel Núñez,
relata en su
crónica de la
corrida de ayer
miércoles de
Puerto de San
Lorenzo el
hastío de los
aficionados:
"A lo largo
de la función,
aprovechando los
silencios,
varios gritos
muy ocurrentes
ironizaron la
situación, con
un blanco
concreto: el
empresario. El
primero, y único
fuera de tono,
le tachó de
"golfo, Canorea",
mientras otro le
advertía que
"esta plaza
merece un
respeto",
recordándole un
tercero que
"este año te las
han dado por
todos lados".
Hubo también una
pregunta
interesándose
"¿dónde has
comprado los
toros...?
(citando el
nombre de un
conocido
hipermercado de
mobiliario de
bricolaje)". Y
finalmente una
sentencia: "Canorea,
te vas a quedar
solo". No faltó
tampoco la
alegría de un
cante colectivo,
al ser devuelto
el quinto y
antes de que
saliera el
segundo sobrero,
con el tendido
palmoteando a
compás un "vá-monos-vámonos".
Una pena, que lo
taurino se tome
a broma en La
Maestranza. Es
lo que hay. El
empresario
meditará si vale
la pena
ahorrarse unos
pocos miles de
euros con una
corrida tan
barata".
El
periodista
taurino
sevillano
Antonio
Lorca,
en la crónica
insertada en el
diario El
Pais sobre
la corrida de
Juan Pedro
Domecq, titulada
con un llamativo 'Una
lágrima por la
Maestranza',
comenta lo
siguiente:
"...Permitan
que una lágrima
simbólica se
deslice hoy por
esta página como
expresión
lastimosa de un
dolor profundo
ante la
enfermedad
irreversible que
padece la otrora
grande plaza de
la Real
Maestranza de
Sevilla. La que
fuera madre y
maestra de la
Tauromaquia es
hoy la imagen de
la tristeza y de
la decadencia de
la Fiesta de
toros. Qué pena
más grande...
Hace tiempo
que la
abandonaron los
aficionados,
aquellos que a
lo largo de
muchos años le
dieron lustre y
esplendor a su
mágica historia.
Y cada temporada
la ocupa gente
diversa, un
público
triunfalista y
frívolo,
turistas y
espectadores de
ocasión que
confunden el
toreo con un
ballet cursi
ante un
animalucho
enfermizo. Un
público sin
conocimiento,
veleidoso y
caprichoso,
impropio de la
categoría que
siempre ostentó
este templo.
Así, imperan el
conformismo y la
desidia,
síntomas de una
muerte
anunciada. Los
taurinos hacen
lo que quieren
porque el
público no hace
lo que debe. Y
con su
inhibición
permite la
estafa y la
manipulación.
Porque esta
Fiesta sin un
mínimo de
exigencia no
tiene sentido.
Quizá por
ello, el toreo
auténtico está
moribundo. Ya no
hay toros, sino
borreguitos,
gatitos, ratitas
y cerdos con
andares
cansinos. No hay
toreros, sino
señoritos que le
han cogido el
aire a estos
clientes de
aluvión. No hay
empresas que
velen por la
calidad de su
producto,
satisfechas con
el beneficio
rápido. Ni hay
autoridad que
vele por la
pureza de la
fiesta, a la que
soporta con
estoicismo y
acomplejada
vergüenza.
La corrida
de ayer fue la
expresión de que
ha muerto la
grandeza de la
plaza sevillana.
Se ha perdido la
sapiencia y se
ha impuesto la
frivolidad. Se
ha perdido la
majestad y manda
la ordinariez".
En el
portal de
información
taurina
detorosenlibertad.com
se puede leer la
crónica del
veterano
y contrastado
periodista
taurino
José Antonio
del Moral
-al que la
empresa le ha
rechazado este
año la
credencial de
prensa tras 20
años pagándose
un abono de
barrera-, donde
comenta a modo
de resumen:
"Bajo
mínimos –ni
cuajo, ni apenas
trapío, ni
fuerza, ni
casta, ni por
supuesto bravura
y con sólo un
toro posible por
muy claro aunque
remiso, el
tercero– la
corrida de Juan
Pedro Domecq dio
al traste con
las expectativas
de otro festejo
que, si no acabó
en escándalo,
fue porque la
plaza de la Real
Maestranza, con
sus propietarios
a la cabeza,
tragan todo lo
que les echen.
¿Culpables?
Salvo el
alternativado
Antonio Nazaré,
que tendrá que
volver a
doctorarse en
otro escenario
más exigente y
serio, todos los
demás
implicados: la
empresa, a
sabiendas de que
aquí seguirán
haciendo lo que
les venga en
gana cada año
hasta que mueran
los últimos
herederos
usufructuarios
del señor Pagés;
el ganadero por
fiarse de sus
insignificantes
productos; las
dos figuras
actuantes y sus
representantes
por la
responsabilidad
que les incumbe
como principales
protagonistas;
la autoridad y
los veterinarios
por consentirlo;
y el público en
general por
admitirlo sin
rechistar lo más
mínimo".
Como última
muestra, lo que
escribe el
compañero
Fernando
Carrasco
en la edición de
hoy de
ABC-Sevilla
sobre la corrida
de ayer de El
Puerto de San
Lorenzo:
"Sin lugar a
dudas, y a pesar
de que todavía
quedan toros
hasta el
domingo, sí
podemos escribir
que esta Feria
de Abril el
fracaso ganadero
es una realidad.
Ayer la corrida
del Puerto de
San Lorenzo fue
la gota que
colmó el vaso.
La mansedumbre a
raudales campeó
por el ruedo
sevillano en
todo momento y
la oreja
cortada, a ley,
por Daniel
Luque, no sirve
ni para
maquillar el
estrepitoso
juego de los de
San Lorenzo.
Pero es que el
día anterior
pasó cuasi de
puntillas el
nulo juego de
los de Juan
Pedro Domecq
gracias a
Morante de la
Puebla. ¿Qué
hubiese pasado
si José Antonio
no se inventa la
faena a ese
quinto «juampedro»?
Lo mismo le
meten fuego a la
plaza. Y no
dejamos atrás
otro de los
grandes petardos
de este año: la
corrida de
Victorino
Martín, que
además del mal
juego ofrecido
tuvo una
presentación
propia de una
plaza de pueblo.
Pero
aquí somos
santos -y
tontos, y perdón
por la
expresión-. Tres
gritos durante
la corrida y ya
está. En otras
plazas se
hubiese formado
la mundial cada
tarde. No se
puede consentir
que ganaderos
que cobran como
si tuviesen la
gallina de los
huevos de oro,
traigan lo que
están trayendo
-siempre con
honrosas
excepciones-.Mas
una gran parte
de culpa también
hay que
apuntársela a
quienes aprueban
estos toros. Ya
escribíamos a
principios de
Feria que era
necesario
unificar
criterios.
Parece que la
cosa no es así.
Lo malo de todo
es que entramos
en la recta
final. Puede que
salga la corrida
de la Feria,
pero desde
luego, flaco
favor nos han
hecho los
ganaderos este
año. Así que,
¡puerta, que
está vista la
vaca!"
Todas estas
críticas se
suman a
comunicados que
vienen a
reprochar
algunas
actitudes de la
empresa, como
los de la Unión
Taurina de
Abonados y
Aficionados de
Sevilla, o la
Asociación de la
Prensa de
Sevilla.
Mientras, a la
empresa y a la
Maestranza
parece
importarles poco
toda esta
realidad. Mucho
y bien deberá
trabajar la
empresa para
poder enderezar
la complicada
situación de
quebranto de la
credibilidad y
la confianza de
los aficionados
y la prensa. Se
hace necesaria
una reflexión
entre todas las
partes
implicadas.
*Publicado en
www.sevillataurina.com