He estudiado
y analizado
-tan
profundamente
como me ha
permitido la
escasa
capacidad
que puede
alcanzar la
mente-, la
esencia de
su ser y de
las
“figuraciones
mítico-artísticas”
con las que
realiza su
toreo y he
llegado a la
conclusión
de que José
Tomás es un
ser
reencarnado
de toreros
que vivieron
en tiempos
pasados.
Algunos de
ellos
soñaron
hacer con
los toros lo
que con
asombrosa
quietud
realiza este
torero
reencarnado.
Él sabe,
aunque a
nadie se lo
diga, que no
es él, que
en su
interior
existen
extrañas
voces que le
incitan a
provocar
calambres de
emociones
incontenibles.
Son los
toreros que
él está
reencarnando.
De otra
forma no
podría
comprenderse
lo que hace
en los
ruedos y el
estoicismo
pavoroso
-firmando
cada tarde
su
testamento-
que sus
faenas
irradian.
De los muchos diestros en que su
esencia humana y artística están reencarnadas, quiero en esta
primera ocasión fijar la atención en dos: Manuel García y Cuesta
(Espartero) y Manuel Rodríguez Sánchez (Manolete).
¿Acaso no son éstos dos toreros, entre otros muchos, los que le
hablan desde el más allá a José Tomás? Los aficionados saben que
algo extraño ocurre, pero no saben lo que es…, pero van con
verdadera locura a verlo, convencidos de que verán cosas
inexplicables. ¡Y tienen toda la razón! Pero, en realidad, lo
que ven es a un torero que resucita todas las tardes que actúa.
Incontables tardes, frente a
muchos toros, José Tomás le dice a uno de sus reencarnados: “¡Si
este toro es muy malo y me va a coger!”, y el Espartero o
Manolete le dice: “¡Y eso qué importa! … y sí debes
preocuparte cuando te tengas que enfrentar a un toro como el
famoso Gorrete, de Miura.” El diestro madrileño continúa
felizmente metido en el riesgo de entrar a suerte en cualquier
terreno, por difícil que sea. Semejante conducta sólo es
frecuente en hombres que tienen el angustioso temple de José
Tomás, como lo tuvo el Espartero y Manolete,
ambos heridos de muerte por miureños: Perdigón e
Islero.
Para aquellos toreros, ni en el toreo ni en
la vida no son otra cosa que actitudes y sendas ingenuas y
rectilíneas, y ello, sin duda, fue y es en José Tomás lo que
les dio aquél carácter de niño grande, que así como en el
Espartero iba acompañada de aquella sonrisa tan suya, que no
le abandonó ni en la muerte, en Manolete y José Tomás, se
convierte en seriedad luctuosa, de frialdad marmórea, presagios
de futuras coplas y cantares. Los tres han desprendido una
estoica tranquilidad pasando de muleta llamó y llama tanto la
atención… y, posiblemente, es que ni ellos mismos se dieron
cuenta de tal carácter.
Es indudable que las condiciones de carácter de los tres
diestros orientaron desde el principio sus respectivas formas de
torear, exponiéndose cada tarde al más elevado de los
sacrificios: la entrega de la vida. Entonces, como en nuestros
días, por ser aquellas singulares, singulares habían de ser sus
manera de torear, cuando no se está al borde
del suicidio. Los tres fueron despreocupados de las reglas
técnicas defensivas del toreo, y especialmente tenían muchas
cualidades que explicaban el delirio de sus incondicionales, que
en el caso de José Tomás llegan al borde de una locura
colectiva.
En este último, como en Manolete,
principalmente merece subrayarse el aplomo, que nos inyecta una
verdadera descomposición de nervios, de su figura y la quietud,
que sobrecoge el ánimo, de sus pies en el manejo de la muleta y,
sobre todo, el terreno inverosímilmente próximo al toro en que
desenvuelve sus indescriptibles faenas, que impulsan los deseos
de Manolete a resucitar. Parece imposible poder
realizarlas en semejante terreno, pero cuando lo hace es porque
sí es posible –“falta la prueba del miura”-, y el propio
José Tomás parece confirmarlo con sus constantes tropiezos y
series de cogidas.
Visto cuanto decimos, a más de un
siglo (1894-2009) tan inconmensurable empeños de a pie, llegamos
a la conclusión de que lo que vieron los aficionados de entonces
y los que vemos a José Tomás hoy, constituyen el fundamento de
una peculiar forma de torear, pero que no llegó a cuajar en los
dos desdichado diestro precursores, que no disfrutaron de los super seleccionados toros de nuestros días, pero que había de
imponerse muchos años después con Manolete y terminar
siendo la piedra angular de toda una manera del supuesto
toreo moderno que hace José Tomás. A ello, debe el puesto
que, a juicio de la mayoría de los aficionados, ya ocupa el
diestro madrileño en la historia de la tauromaquia y que pedimos
al Altísimo que no tenga que coronar su fama con la misma
desdichada muerte que los en él reencarnados, porque los toros
no perdonan tanto.
Carlos V. Serrano
El Puerto, 17 junio 2009