CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Alicante 18 Junio 2010 -

"Imponente Juan del Álamo, muy refinado Saldívar"

FICHA DEL FESTEJO

Alicante. 1ª de Hogueras. Casi un cuarto de plaza. Templado.
Seis novillos de Los Galos (Simón Casas), bien armados. Al sexto, bravo y venido arriba, se le dio la vuelta al ruedo. Primero, cuarto y quinto, nobles, se emplearon. Manso huido el tercero. Sin fuerza el segundo.

Arturo Saldívar, de turquesa y oro, palmas tras aviso y una oreja tras un aviso.
Daniel Palencia, de nazareno y oro, saludos y silencio tras un aviso.
Juan del Álamo, de blanco y azabache, silencio tras un aviso y dos orejas. Salió a hombros

En la primera parte de la novillada se dejó ver la firmeza del mexicano Arturo Saldívar. Su serio encaje, su buen pulso. Dócil un primer novillo que, de tanto humillar, estuvo a punto de olisquear y hasta escarbar. Largo el trasteo de Saldívar, pero bien armado y de carácter: por la manera de sujetar al toro, que pretendió sin éxito rajarse al final. En un solo terreno el trabajo, en señal de madurez. Un desplante, el alarde de unas manoletinas de rodillas, temple severo, decisión genuina. El alicantino Palencia apenas se tuvo con un novillo casi inválido.

El tercero, tan bondadoso como manso y manso de los de huirse, puso a prueba la paciencia y los recursos del salmantino Juan del Álamo: una faena de corazón, de saber, de cierto talento para pegarle al toro pases tapándolo mucho y donde fuera, ganándole pasos y no perdiéndoselos, como procede con cierta clase de mansos. No con todos. La manera de sujetar al toro en sus intentos de huidas fue de torero hecho. Espléndida una última tanda de cinco ligados: la prueba del dominio. Con ambiente volcado, sin embargo, no pasó Del Álamo con la espada. Costaba con ése y con todos, porque la novillada de Los Galos (procedencia José Vázquez), gacha pero muy ancha de balcón, no fue cómoda.

Después de todo eso llegó la hora de la inevitable merienda. Después de la merienda vino lo mejor: un cuarto novillo de largo cuello de gaita, gran elasticidad y mucha entrega, y con él una fina faena de Saldívar que, encajado otra vez sin cuento, vertical, sueltos los brazos, llegó a torear con buen compás por las dos manos y a hacerlo con la izquierda a la manera del gran Antoñete. Trazo largo de muletazos bien enganchados, aplomo, sorprendentes golpes de repertorio, creciente seguridad. El trabajo tuvo empaque y seriedad. Suelto de partida, el toro hizo hilo en banderillas y acabó rendido al temple de Saldívar, que, ay, cobró media estocada tendida e insuficiente. Se resistió el toro a doblar, lo levantó dos veces el puntillero y voló la que hubiera sido segunda oreja. Premio merecido.

Apresto excesivo

Antes de volver a asomar Juan del Álamo pasó sin más página Palencia, en versión particularmente desafortunada porque ahora se le fueron sin disimulo los pies. El sexto, con cuajo de toro, gran culata, seria la cara, pero mejor conformada la estampa que la de cualquiera de los otros, fue el toro de la tarde. Del Álamo lo saludó con descaro y asiento, pero el capote, de apresto excesivo, tuvo demasiado poco vuelo. Dos medias verónicas en un quite, traídas las dos por delante, se celebraron. Por su acento barroco. Por su poderosa plástica rabiosa.

Aunque Ángel Rivas hijo se agarró en una vara dura, el toro estaba entero y crudo cuando Del Álamo pidió el cambio de tercio. Decisión precipitada, pero clave, porque, venido arriba, el novillo arreó muy en serio, atacó de bravo sin desmayo, repitió con galopes de segura codicia y, naturalmente, conmovió a la gente. Se metió en la faena todo el mundo. Bravo como siempre el torero de Ciudad Rodrigo, rápidas las ideas, enterradas las zapatillas, embraguetado, puesto en zona de riesgo sin esconderse, seguro el pulso del muletazo, templado en función de la velocidad del novillo, que era tremenda.

Dos tandas con la izquierda muy de verdad, abrochadas con el de obligado de pecho. Trincheras de rotundo garbo en otras soluciones. La faena fue de tensión, como siempre que un toro ataca. Y de gran resolución, como siempre que un torero aguanta sin miedo y juega. De impecable sinceridad la entrega. Cortada en el momento preciso la faena, según conviene a los trabajos de traca mayor. Una estocada caída, vómito, muerte lenta. No importó. La gente obligó al palco a sacar los dos pañuelos. Y el azul de la vuelta al ruedo para el toro.
 

Colpisa - Barquerito

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