Arles. 6ª de feria. Lleno. Soleado y revuelto.
Chubascos en la segunda parte de festejo.
Seis
toros de Miura. Un sexto de corrida cinqueño y notable por su
bravura en los tres tercios, tres cinqueños más de variado estilo.
Oficio de Padilla, garra de Rafaelillo, valor sereno de Savalli
Juan José Padilla, de violeta y oro, saludos tras un aviso y
ovación. Rafaelillo, de coral y azabache, silencio y vuelta tras
un aviso. Mehdi Savalli, de azul cobalto y oro, vuelta tras
un aviso y ovación.
Cuatro de los
miuras de la corrida
del Domingo de
Pascua de Arles
tenían cumplidos los
cinco años. Dos se
llevó Padilla en el
lote: un primero de
festejo
sencillamente
monumental, de
apabullante
presencia, alto de
agujas, cárdeno,
largo, acaballado
pero distinguido.
Apretó de verdad en
una primera vara
larga. Fue un miura
clásico: por la
prontitud, por la
manera de entregarse
cuando se entregó y
por la forma de
protestar cuando
protestó. Por la
movilidad. Padilla
lo templó con el
capote, lo lidió con
categoría y, con la
mano izquierda, le
pegó una tanda
extraordinaria de
tres ligados y
despaciosos. Gran
toreo. Pero se pasó
de faena, la
estocada –al segundo
viaje- cayó
atravesada, el toro
tardó en doblar un
buen rato, sonó un
aviso y el premio,
de palmas sonoras,
lo compartieron a
medias torero y
toro.
El otro cinqueño del
lote de Padilla fue
de pinta exótica,
singular. Uno de
esos toros pintados
como cromos de la
tauromaquia de
Alcaraz, Ruano
Llopis, Roberto
Domingo o Luis
García Campos. El
programa de mano lo
dio por “sardo
coletero”. Era
muchas cosas más.
Retintos los pechos,
los cuartos
delanteros todos;
salpicado en tres
pelos y chorreado en
listas de morcillo
un lomo fantástico,
curvado, esculpido;
listón; rubio y
tostado el ancho
flequillo de una
frente ancha y
severa. Zancudo,
alto, flaco pero
lleno a la vez. Se
llamaba Garbancero,
dio en báscula 550
kilos.
La piel del toro fue
mudando de brillo a
medida que se
sangraban las
heridas de dos
puyazos duros y
certeros. Entraron
nubes cárdenas y
plomizas en el cielo
del anfiteatro, de
Arles y cayeron unas
cuantas gotas, pocas
pero inmensamente
densas. Resbalaron
sobre la larga
ensilladura del
toro, que se apoyó
mucho en las manos,
pegó cabezazos, hizo
de todo y amagó con
frenazos. Padilla
resolvió con su
facilidad natural,
prendió tres pares,
se puso de rodillas,
y luego de pie, por
alto, por abajo. La
porfía,
transparente, fue de
engañar Padilla al
toro cuando se
revolvía. Y de
disponer siempre de
él. Sin gestos de
más. No el Padilla
de las grandes
escenificaciones
dramáticas. Ni el
Padilla que dialoga
a la vez con la
gente y con el toro.
Dos pinchazos y una
estocada. Se
reconoció el talento
de fondo. El fondo
de torero de vuelta.
Los otros dos
cinqueños se
abrieron en lotes
separados. El sexto
fue el más bravo y
fiero de la corrida:
en el caballo, en
banderillas y hasta
el final, Un toro
Pescador de rizada
testuz cárdena, muy
frentudo y
mofletudo, algo
degollado, enroscada
la cabeza. Mehdi
Savalli, encajado y
fino con el capote a
la verónica, no del
todo preciso pero
valeroso en
banderillas, se vio
de pronto desbordado
por la erupción a
borbotones de la
bravura del toro. No
se esperaba tanto.
El cinqueño del lote
de Rafaelillo fue
segundo de corrida y
dio más sustos que
confianza: derrotes
virulentos,
trallazos por las
dos manos, ataques
por sorpresa,
acostones. Un
auténtico toro de
combate, como se
dice en el argot
torista de Francia.
Rafaelillo lo
despachó sin
afligirse. La gente
se puso de parte del
toro, que llenaba la
escena.
Savalli toreó con
asiento, reposo y
temple al tercero de
la tarde, que bramó
mucho y fue, por la
mano derecha, algo
incierto por mal
gobernado. Se estuvo
mascando la cogida.
Dos o tres veces.
Con candor insólito,
Savalli le consintió
al toro, se lo trajo
por delante, le
corrió la mano.
Estuvo a gusto. Muy
en torero clásico:
los adornos, los
desplantes, las
salidas. Pero se
pasó de faena y mató
de fea estocada
delantera y caída.
El quinto, rabón,
cabezón, mugidor,
castaño, fue algo
envenenado: no paró
de enredar, desmontó
a un picador, sacó
la silla de montar
por los aires y, si
no aparece la
providencial mano de
Alain Bonijol para
tener de las riendas
al caballo de su
cuadra tan domada,
saca al jaco por
encima de la
barrera. Se acabó
llevando el toro una
zurra buena en
varas. Rafaelillo se
dejó ver y decidió
atacar por la vía
heroica: las
espaldinas en
cadena, los abanicos
ligados al
desplante, muletazos
purísimos de
repente, sabores de
toda especie,
emoción desbordante
porque todo fue de
peligrar la vida del
artista, que tenía,
sin embargo, fría la
cabeza. Sabía
Rafaelillo lo que
hacía. A capón, en
corto y por derecho,
una estocada
delantera de gran
habilidad.