Arles (Francia). 2ª de la Feria del Arroz. Casi
lleno. Corrida goyesca. La pintora neoyorquina Ena Swansea había
diseñado, sobre el ruedo oval del anfiteatro, una instalación de
polvos negros y azules, en evocación de la textura y los tonos de
pinturas rupestres, con todo lo cual se representaron hasta cien
toros sobre un fondo celeste o marino. El alcalde de Arles, con una
corte de damas vestidas a la usanza de la tierra, entregó placas
conmemorativas a los dos matadores. La joven Ena Swansea fue
ovacionada al saludar antes de empezar la corrida.
Un toro despuntado para rejones de Antonio Palla, jugado por
delante, grandón y violento, y, en puntas y para lidia ordinaria,
seis de Daniel Ruiz. Corrida de parejas y buenas hechuras, de
desigual condición pero notable por su fijeza y su general bondad.
Tercero y cuarto, los de más calidad, ovacionados en el arrastre.
Manuel Manzanares, silencio. Mano a mano tras la caída
forzosa de José María Manzanares. El Juli, de añil y negro, una oreja, dos orejas y dos orejas.
Juan Bautista, de marfil y negro, una oreja, dos orejas y dos
orejas. A hombros los dos
El prólogo fue
memorable: la
convocatoria en
defensa de la
tauromaquia reclamó
en las escalinatas
del venerable
anfiteatro de Arles
y en sus aledaños la
presencia de unas
cinco mil almas. A
pleno sol. El
alcalde comunista de
Arles y el
presidente
–socialista- de la
Región Provenza-Alpes-Costa
Azul, uno de los
tres grandes
enclaves franceses
del toreo,
dirigieron a la
multitud parlamentos
breves, intensos,
clarísimos. Y
jaleados y coreados
con pasión. Una
especie de “¡No
pasarán!” dirigido a
los “anticorrida”,
que es como en
Francia se llama
genéricamente a los
neoanimalistas o
abolicionistas.
En un estrado junto
a la cancela mayor
del anfiteatro, un
coro mixto y una
banda de música
entonaron hasta tres
veces las vibrantes
notas del “Toreador”
de la Carmen de
Bizet. La
manifestación en el
sitio se tuvo por
gloriosa. La
euforia, inmensa.
Era, además, la
corrida de gala
dentro del
calendario de la
tradicional Feria
del Arroz, que es la
fiesta mayor de
Arles y de la
Camarga. Un día de
espléndida luz,
caluroso. Casi llena
la plaza. La cita
era a las cinco de
la tarde, pero
dentro de las arenas
y antes del paseíllo
todavía se vivió una
segunda
manifestación
musical de casi
media hora. El mismo
coro –con una tiple
solista- y la
orquestina Chicuelo
II, que es la banda
oficial de la plaza,
interpretaron
sucesivamente piezas
de Agustín Lara y
Joaquín Rodrigo, la
Salve Rociera
–coreada por más de
diez mil voces
anónimas y
transformada en
pagano olé, olé, olé…
por el toreo- y
piezas varias del
repertorio de música
peñista sanferminera
del maestro
Turrillas. La
fusión, abigarrada
pero acorde, resultó
un emotivo brindis
al sol. Todavía
después del
paseíllo, el alcalde
de Arles y un
cortejo de damas
tocadas y vestidas
al uso arlesiano
hicieron los honores
a El Juli y a Juan
Bautista. Y a la
pintora
norteamericana Ena
Swansea que había
convertido el ruedo
de Arles como por
arte de magia en un
friso de pinturas
rupestres a modo de
alfombra azul y
negra. Con sólo un
protagonista: el
toro. Cien toros de
idéntico perfil pero
distintos tamaños,
geométricamente
emparejados. Un
alarde de
imaginación tan
deslumbrante como el
día.
Y la corrida, que
vivió contagiada de
la euforia propia
del caso, porque
sirvieron los seis
toros de Daniel
Ruiz, que igual que
los cien salidos del
numen de Ena Swansea
fueron parejos. El
Juli se pegó una
fiesta más, pero
distinta, porque le
hizo a cada uno de
los tres toros que
mató lo que convino
hacer y no otra cosa
que estuviera de
antemano prevista.
De manera que las
tres faenas enteras
–desde la salida por
el toril hasta el
mismo arrastre-
fueron la manera
misma de pensar y
hacer de El Juli:
discurrir, ponerse,
estar, colocarse,
cambiar de velocidad
y manos, gobernar
con el pulso que
soportó cada uno de
los tres toros.
Redonda la faena del
tercero, que fue uno
de los dos mejores
del envío; poderosa
la del primero, que
pegó muchos
cabezazos; de
“¡Ríndete, fiera!”
la del quinto, que
quiso lo mínimo pero
se acabó rindiendo.
Sin puntilla los
tres toros, que
rodaron como
peonzas. Inagotable
Julián, aclamado por
niños y mayores,
tratado en Arles
como un dios romano.
Y enseguida Juan
Bautista, valiente,
templado, sereno,
centrado, refinado,
seguro: ameno con el
capote, buen
lidiador, suave al
torear con pureza
por las dos manos,
bravo al atacar con
la espada.
Coprotagonista casi
a la par de El Juli
de un espectáculo
que, a pesar de
durar tres horas, se
pasó como un sueño
sin sentir. Salvo
que el menor de los
Manzanares, animado
a debutar en el
templo de los
caballistas de la
Camarga, se encontró
con un toro muy
incómodo para hacer
las cosas bien del
todo. La gente salió
toreando. Fue muy
bonito de ver y
sentir.