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FICHA DEL FESTEJO |
Arles (Francia). 3ª de la Feria del Arroz. Matinal.
3.000 espectadores. Veraniego.
Matinal. Seis novillos de Antonio Palla. El segundo, jugado de
sobrero. De buenas hechuras y desigual condición. Cumplidores en el
caballo, manejables los seis.
Alejandro Enríquez, de guinda y oro, aplausos en los dos.
Thomas Joubert “Tomasito”, de carmín y oro, vuelta tras un aviso
y ovación tras un aviso.
Diego Silveti, de verde manzana y oro, aplausos y palmas tras
un aviso.
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Eran nuevos en
Arles el granadino
Alejandro Enríquez y
el mexicano Diego
Silveti. Entre uno y
otro, el relleno
sustancioso del
cartel: el torero de
la tierra, Thomas
Joubert, que ha
vuelto a anunciarse
con su apodo
original: Tomasito.
Debutaba en Arles el
ganadero, el
salmantino Antonio
Palla, de cuyo
hierro fue el toro
de rejones que abrió
la gran fiesta
taurina del sábado:
la de las diez
orejas, cinco El
Juli y cinco Juan
Bautista, y la de la
gran manifestación
pro tauromaquias.
Tomasito toreó bien
y a ratos bastante
bien. Con el capote:
transparente el
encaje, bueno el
juego de brazos,
cierta armonía en el
lance clásico –la
inmortal verónica de
manos altas, las
revoleras, las
largas-, no tanta
sutileza en las
manos o muñecas,
desparpajo en el
toreo más
convencional –las
talaveranas, las
chicuelinas de
costado, la larga
cambiada de
rodillas- y un
querer estar en
todas antes y
después de varas.
Con la muleta:
temple cándido y
sincero, ligazón y
ajuste en tandas por
las dos manos,
serenidad para
volver tras dos
volteretas a la cara
del toro, que lo
sorprendió
descubierto y no
tuvo más remedio que
cumplir con su
deber: hacer presa.
Presa, no carne ni
sangre.
Despaciosidad, esa
pequeña gota mística
del toreo que se
ofrece como en
sacrificio. ¿A la
manera de José
Tomás? No. Pero la
estancia en México
ha dejado en
Tomasito una huella:
el toreo vertical,
de no rectificar ni
a costa de
atropellar la razón.
Como tantos toreros
tancredos, la
expresión peca de
hierática. Frialdad.
Es valiente este
torero, y el valor
es genuino. La
imaginación: para
menudear en adornos
como el molinete
ligado al pase de
las flores, y éste
con el de pecho.
Ensayos en serio de
toreo fundamental.
Entereza, Más fluida
la faena del quinto
novillo, que
embistió despacito.
Más sólida la del
segundo, que salió
de sobrero, porque
éste pegó sus
taponazos. Y la
espada. La espada
que no entra o entra
mal y tarde, porque
Tomasito ni juega la
mano del engaño ni
pasa ni hace fuerza
con la mano que
empuña el acero. Y
eso lo echó a perder
casi todo. Porque
con el descabello
tampoco es el que lo
inventó sino todo lo
contrario. El torero
tiene ángel además
de valor.
Caligráfico, frío de
cuello el granadino
Enríquez, que lucía
un espléndido terno
guinda y oro. Todo
el oro del mundo en
la chaquetilla. Sin
mayor suerte, porque
los dos toros menos
propicios de la
bondadosa y algo
apagada novillada de
Palla fueron primero
y cuarto. El cuarto
se derrumbó varias
veces y, después de
vuelto a la
vertical, parecía el
carretón a cámara
lenta, y entonces
Enríquez pegó con la
zurda dos muletazos
de artista. Sólo
dos. Sereno y
compuesto en el otro
turno. Fácil con la
espada: dos enteras
tendidas.
Arles ha sido de
siempre puerto
franco para los
toreros mexicanos y
esta vez desembarcó
el último vástago de
una dinastía de
felinos reyes: los
Silveti. Diego
Silveti, que sólo
lució su buen gusto
genético en una
parsimoniosa tanda
con la zurda al
sexto novillote, y
que toreó mucho más
templado por alto
que por bajo, como
si se le
encasquillara el
arma al buscar el
muletazo puro que
tira del toro hasta
el final
arrastrándolo. Más
decidido con el
sexto que con el
tercero, de pareja
condición, pero ese
sexto enterró dos
veces pitones en
otros tantos
volatines y no pudo
lo debido. Grandes
intentos con el
capote a la espalda.
Pero, cuando
ajustados, los
lances salieron
enganchados. Y
viceversa.
COLPISA -
Barquerito
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