No son comunes
los toros castaños
en las ganaderías de
encaste Atanasio, y
en Azpeitia vino a
saltar uno para
abrir feria: el
primero de los seis
de Dolores Aguirre.
Chorreado en
verdugo, abundantes
carnes, el hondo
cuajo que dan los
cinco años bien
cumplidos. Iban a
prodigarse durante
toda la tarde las
escenas fuertes y la
primera fue, con ese
toro chorreado, un
derribo de caballo.
Poderoso caballo
vuelto del revés y
molido a palos por
el toro, que se
enceló con el peto
en el suelo y buscó
herir en el cuello y
las ancas
desprotegidas. A
todo tiraba cornadas
sin atinar. Parece
mentira que la
batalla se saldara
con el caballo
ileso.
Coleado sin éxito
por un monosabio, el
toro se acabó yendo
suelto del campo de
batalla. Pero tomó
todavía un segundo
puyazo delantero de
mucho sangrar. Y
dejando charcos por
el piso. Después de
sangrado, el toro
empezó a frenarse, a
ponerse por delante,
a cortar viaje sin
desplazarse sino
defendiéndose. Sin
estirarse, por
tanto. Ni descolgar.
Se revolvía por las
dos manos, pronto se
metió por debajo de
los vuelos y, aunque
a Morenito de Aranda
le sobra oficio, no
fue posible pegar
tres pases seguidos.
Ni ayudándose
Morenito con la
espada cuando, la
muleta en la zurda,
trató de abrirlo. Lo
propio habría sido
una faena clásica de
aliño, abreviar y
montar la espada.
Pero, como el toreo
de castigo no se
estila ni se aprecia
ni es sencillo,
Morenito no se
atrevió a cortar por
lo sano. Media
estocada delantera
que escupió el toro
y una entera buena.
La coriácea dureza
de los toros de
Dolores Aguirre no
fue sorpresa. Pero
tanta dureza de
manos resultó
exagerada. Sólo el
sexto, de abrumadora
estampa, corto de
manos pero altísimo
de agujas, ensillado
y ventrudo, tuvo son
para moverse sin
empacho. Y para
emplearse en el
caballo con buen
estilo: metiendo los
riñones, romaneando
como si se pasara el
caballo de un pitón
a otro, y
derribando, aunque
yéndose suelto tras
el derribo. Y por
eso de ahorraron los
crudos momentos
vividos con el
indómito castaño del
arranque. Fue, por
eso, el toro de la
tarde. Pronto a los
cites, claro el
viaje por la mano
derecha, hasta una
suavidad impensable
en toros de tanto
volumen. Se soltó
sin divisa y parecía
todavía más grande
de lo que era. ¿600
kilos?
En Azpeitia no es
preceptiva la
tablilla de los
pesos pero no sólo
ese sexto, sino
cuarto, quinto y
seguramente el
primero también
rondarían la cifra,
que asusta. Los tres
toros de la segunda
parte estaban,
además, muy armados.
Cinqueños los tres.
El quinto, de porte
espectacular, y con
aire de querer
saltar al callejón
de salida, habría
cumplido los seis
años del tope
reglamentario dentro
de sólo tres meses.
El cuarto,
descaradísimo,
veleto y bizco, y
paso del cuerno de
la bizquera, fue de
impresionante
trapío. Al trote y
no al galope, al
paso gateado en
muchas bazas, este
toro tan de tormenta
se repuchó en el
caballo sin irse de
él, escarbó y
desparramó mucha la
vista. Un toro
mirón. Con la antena
puesta como un
quinto sentido.
Morenito brindó al
público pero al
cuarto viaje debió
de arrepentirse. El
toro era de hazañas
bélicas, lo desarmó
dos veces, lo buscó
alguna más. Dos
muletazos de pitón a
pitón y una estocada
atravesada alargando
el brazo con supina
habilidad acabaron
contando como
méritos mayores.
No salió mejor lib
rado del reparto
Iván Fandiño, porque
el quinto de corrida
se empleó como a
golpes y lo desarmó
más de una vez.
Después de enganchar
engaños, el toro se
indispuso con
sentido. Y hubo que
cortar. Iván cobró
una buena estocada
suficiente. El
segundo de la tarde
salió dormido de
toriles, se escupió
delo caballo de
pica, mugía
reburdeando, como si
llorara de dolor,
llevaba una cornada
en los testículos.
Duró y tuvo su
docena de muletazos,
y se los pegó
Fandiño: una tanda
de horma y castigo
-dobladas por las
dos manos, cambiados
por alto- y una en
redondo de buen
compasito. Después
de esas dos tandas,
ya pasó el toro a
rebrincarse, a
protestas y a
enterarse antes de
tomar el engaño. O a
ponerse pegajoso.
Fandiño se desplantó
genuflexo en los
medios, pero lejitos
del toro. No se sabe
si fue o no un
desplante. Una buena
estocada, dos
descabellos.
Para el nuevo de la
terna, el ecijano
Miguel Ángel
Delgado, fue el toro
de la tarde. Tres
airosas tandas con
la mano derecha, de
toques y no
enganches, bien
compuestas,
templados los
viajes. Pero a la
gente le pareció
poco. O porque el
toro se hubiera
quedado con la gente
y se viera demasiado
o porque con la mano
izquierda no hubo
función. Media
lagartijera y tras
mucho resistirse
rodó sin puntilla el
toro. El tercero, el
único cuatreño del
envío, se escupió de
hasta seis picotazos
corridos, se huyó de
engaños, pegó
oleadas en
banderillas de las
de ir barriendo
barreras. Delgado se
hizo de ánimo,
sujetó al toro y
hasta llegó a
acariciarlo en dos o
tres primeros
arreoncitos. Se
levantó algo de
viendo, Delgado usa
una muleta muy
pequeña y se vio
descubierto.
Descubierto, visto y
apuntado. Y no pudo
ser. De un pinchazo
hondo, salió el toro
descompuesto en
arreón feroz hacia
la puerta de
corrales. Y después
de doblar el toro, y
justo antes de ser
laceado al tiro de
mulillas, se cumplió
con la oración de
Azpeitia: la banda,
espléndida la tarde
entera, tocó el
célebre zortziko
fúnebre, que es la
parte más solemne de
esta fiesta.
Colpisa -
Barquerito