El espectáculo y
la corrida fueron
trepidantes de
principio a fin. Dos
horas y medio en el
filo de la navaja.
La emoción a
raudales; vértigo de
catarata; una
belicosa, muy
diversa y
temperamental
corrida de Palha en
cuya segunda mitad
aparecieron dos
toros –los dos
últimos- con cuajo y
armadura de plaza
mayor; el público
metido dentro de la
batalla y volcado
con cada uno de sus
lances, que fueron
muchísimos.
Entre tantos lances,
dos de extrema
tensión. Dos
cogidas. El primero
de corrida, el más
terciado de todos,
un toro de gran
viveza, correosito y
agresivo, se acostó
por la mano
izquierda y prendió
de sorpresa, y al
revolverse en las
zapatillas, a
Rafaelillo, que lo
había toreado antes
con severo dominio,
temple y seguridad
por la otra mano. La
voltereta fue
bestial. De las de
asta de molino. El
toro había cortado y
esperado en
banderillas y,
después de varas, se
había encampanado.
Pero la cogida
sobrevino tan sin
aviso y tan de
repente que no dio
ni tiempo a
interrumpir a la
banda el concierto.
Estaba sonando “La
gracia de Dios”. En
un santiamén se
levantó Rafaelillo.
Con tres sietes en
la taleguilla y
mudada la color.
Pálido, gélido el
gesto. Pero entero.
Todavía tuvo arrojo
para pegarle al toro
varios pases,
cuadrarlo y atacar
con la espada. Al
cuarto ataque
enterró una
estocada.
Antes de arrastrarse
el toro ya estaba
Rafaelillo en la
enfermería. Y en
ella sufrió una
pérdida de memoria y
conciencia. Hasta
desvanecerse. Se
supo luego que lo
habían trasladado en
ambulancia a la
vecina Zumárraga.
Como Rafaelillo no
llevaba cornada ni
rastro de sangre, y
había resistido
hasta tumbar al
toro, se entendió
que el percance no
sería mayor. Pero lo
fue.
Antes de soltarse el
cuarto toro se
anunció que Alberto
Aguilar mataría
cuarto y sexto
porque Rafaelillo no
podía seguir. Se
corrieron turnos. El
que iba a ser
segundo de lote de
Rafaelillo, cuarto
del sorteo, se jugó
de sexto. Fue un
largo y hondo toro
de formidable
trapío, bizco,
armado por delante.
Siendo la corrida
muy guerrera en el
caballo, este sexto
sólo cobró al
relance un primer
puyazo que remató
con una impropia coz
antes de irse suelto
y una segunda vara
que apenas le hizo
sangrar. Espabilado
en banderillas,
crudo pero de
acompasado galope,
acabó resultando el
de mejor son en la
muleta: el único que
de verdad metió la
cara y repitió por
abajo con ritmo no
díscolo. Pese a la
agresividad, fue un
toro armónico.
Con él vino a
convertirse en héroe
de la corrida, de la
tarde y de la feria
Alberto Aguilar. Un
torero madrileño de
la Escuela de
Tauromaquia Marcial
Lalanda,
relativamente nuevo,
desconocido para la
mayoría de los
testigos, postergado
prematuramente y
rescatado del olvido
gracias a sus muchas
gestas en plazas
francesas donde se
juegan toros de
ganaderías duras.
Gestas, durante los
dos últimos años,
que han trascendido
entre profesionales
pero sin más
resonancia. Ésta de
Azpeitia será gesta
célebre.
Además del percance
de Rafaelillo, y de
una cogida sin más
consecuencias que
una voltereta
monumental que el
segundo de corrida
le pegó al
puntillero, el lance
más serio fue la
cogida aparatosísima
que Alberto Aguilar
sufrió al volcarse
con la espada sobre
el testuz del cuarto
toro, que en el
mismo momento de
tragarse la estocada
levantó ferozmente a
Alberto los pies y
lo dejó tundido de
una paliza. Mareado,
perdido
pasajeramente,
Alberto tuvo fuerza
para ver doblar en
tablas al toro,
premiado con una
discutible y
discutida vuelta al
ruedo. Fue de valor
una faena de
fantástica
electricidad, pero
de aguante y poder.
De sujetarse Alberto
en los primeros
viajes arreados del
toro y de atreverse
a ganarle pasos y el
pitón contrario en
señal de dominio.
Cautivadora la
ardorosa presencia
de Alberto, de corta
estatura pero torera
presencia. De una
decisión contagiosa,
de una firmeza
sobresaliente.
Después de la
cogida, pasó a la
enfermería, pero
salió para matar al
sexto. Al verlo por
el callejón ya de
vuelta, rompió en
aplausos la gente.
El torero pareció
sentirse conmovido.
Era como el Ave
César de los
gladiadores. Y no en
gladiador, sino en
torero cabal estuvo
de nuevo Alberto con
el inmenso sexto, le
bajó la mano, lo
trajo y llevó
toreado, se
despatarró, lo ligó,
se lo pasó muy cerca
y lo gobernó con
soberbia. Una
estocada. ¡Perfecto!
Con el aire
defensivo del
segundo no se
arredró, sino todo
lo contrario. Pero
no pasó con la
espada. Sonó el
segundo aviso cuando
rodaba el toro.
El toro de peor
genio de la corrida
de Palha fue un
tercero de ancha
cuna, que apretó
desde el comienzo,
se frenó y revolvió,
pegó tornillazos y
acabó rajándose. Muy
sereno con él Javier
Cortés, que está en
primer año de
alternativa pero no
lo parece. Tragó
paquete, anduvo
listo, cortó a
tiempo y pinchó, eso
sí, seis veces. El
quinto, que de
salida se emplazó y
escarbó, salió
bastante más
manejable, pero
aprendió muy pronto
y fue de esos toros
que, se dice en la
jerga, no regalan ni
un viaje. Por eso
mismo fue toro de
tensión. Interesante
el seguro arrojo con
que el joven Cortés
le anduvo sin
perderle la cara
Colpisa -
Barquerito