El Juli, en torero grande, y Manzanares, a hombros
FICHA DEL FESTEJO
Barcelona. 8ª de abono (Feria del Mediterráneo). Casi tres cuartos: 12.000 espectadores. Bochorno, algo revuelto.
Seis toros de Victoriano del Río. Los dos primeros, con el hierro de Toros de Cortés; los demás, con el del propio nombre. Corrida en general bien cortada, pero de desigual remate. El quinto, ensabanado y capirote en cárdeno, fue el de más trapío. Protestado el tercero, justo de trapío. Terciados segundo y sexto. Este sexto, de muy pastueño son, noble y fijo, se empleó con calidad. Zurrados a modo en el caballo, flojeó el primero y se movió con aire bravo el cuarto; el segundo, muy sometido, se rajó; escarbó pero salió bondadoso el tercero; el quinto, de más a menos hasta venirse abajo. Todos aplaudidos en el arrastre.
El Fundi, de blanco y azabache, silencio tras un aviso y pitos. El Juli, que sustituyó a José Tomás, de tabaco y oro, saludos y una oreja. José María Manzanares, de tabaco y oro, ovación tras un aviso y dos orejas.
Buenos pares de banderillas de Luis Garcia, Curro Javier y Juan José Trujillo. Un notable puyazo de Diego Ortiz al quinto.
A sólo diez días
de la votación que
en el Parlament
decidirá sobre la
abolición o no de
las corridas de
toros en Cataluña,
ésta de Barcelona
vino cargada de
intenciones. Después
de cortar en mayo
temporada por causa
mayor, José Tomás
dejó vacante su
plaza. Vino por él
El Juli. Un Juli
espléndido. En su
palo específico de
torero inteligente
que desgrana como en
clave las razones de
torear: la elección
de terrenos y
distancias, las
pautas y los
momentos de la
lidia, la misma
mesura sin descartar
ni improvisaciones
ni golpes de
sorpresa. Y en el
otro palo, es decir,
en versión más
desgarrada, de
torero eternamente
ambicioso.
Y responsable: sobre
sus hombros caía el
peso de esta corrida
tan trascendente.
Era la vigésima
octava vez que en
once años hacía el
paseo en la
Monumental. Nunca
con tanta carga. Por
primera vez
sustituía a José
Tomás en Barcelona.
Estuvo la gente con
El Juli tan cariñosa
como suele. “Juli,
te queremos”, dijo
una voz anónima.
Pura
correspondencia:
Manzanares llegó a
torear entregado,
ajustado y acoplado
con la mano derecha
a sus dos toros,
pero sin redondear
faena, y el fondo de
la corrida estuvo
más donde anduvo El
Juli que en ninguna
otra parte.
Cauteloso,
desconfiado y en
renuncios repetidos,
El Fundi, descarado
sólo en un quite de
lances de costadillo
al tercero, no contó
apenas. Hizo pegar
en varas sin piedad
a sus dos toros. El
primero se acostó
por la mano
izquierda pero
descolgó bien por la
otra. No estaba El
Fundi para mayores
tratos. El cuarto
tuvo bravo fondo y
estuvo a punto de
desbordarlo.
Los dos toros
sencillos fueron los
del lote de
Manzanares: un
bomboncito el sexto,
engatillado, brocho
y terciado; noble el
tercero, que se
astilló el pitón
izquierdo al primer
remate, escarbó
entre pausas y tuvo
la virtud de meter
la cara por abajo.
En corrida
caprichosamente
repartida El Juli se
llevó los dos toros
que, dando juego,
fueron menos
propicios: el
segundo, por ponerse
pegajoso y adelantar
por la mano derecha,
y por rajarse sin
remedio cuando El
Juli, que lo templó
en dos tandas
devastadoras con la
zurda, se emperró
casi tercamente en
sujetarlo fuera de
querencia como si
quisiera amarrarlo;
y un quinto de
espectacular
estampa: anchos
pechos y caja, casi
600 kilos, la pinta
ensabanada pero
capirote en cárdeno,
ojalado y bocinero,
el de más cara de la
corrida. Un cromo.
Toro guerrero pero
El Juli pidió a
Diego Ortiz que
midiera un puyazo
primero, que tiñó de
sangre como un gran
borrón colorado la
capa de armiño. El
Juli lo toreó en los
medios y dando
distancia en tres
tandas en redondo de
rico compás:
despacio de verdad.
Con ese codilleo que
El Juli ha
incorporado a su
repertorio bastó
para sujetar al
toro, que estaba
venido abajo a los
quince viajes en
serio. El Juli,
espléndidos en
remates cambiados a
pies juntos –como
homenajes
intencionados a José
Tomás-, tuvo que
darle refresco al
toro. Quería
cortarle las orejas.
No quiso trabajar
por la mano
izquierda el toro, y
escarbó, y El Juli
recurrió entonces a
los péndulos, a
encajarse entre
pitones, a tirar por
arriba en viajes de
ida y vuelta, a dos
cambios de mano, a
los circulares
agónicos sin perder
pasos. O sea, que
fue zurrar la badana
al toro. El toro se
rindió tras la
igualada tres veces,
El Juli dibujó un
soberbio muletazo de
recurso en uno de
esos cantes de
gallina, pinchó
arriba y, luego,
enterró la estocada
de la tarde, a
volapié y en la
misma cruz. La
arrancada última del
toro la libró con
otro muletazo por
alto fantástico,
digno de verse. Y
rodó sin puntilla el
toro.
Como el pitón
derecho del segundo
fue un punto
incierto, El Juli no
pasó con la espada
hasta el tercer
viaje y tuvo que
descabellar dos
veces. Entre los
primores de Julián
con el capote, el
mayor fue un quite
por chicuelinas al
segundo toro:
dejándolo llegar
mucho y girando de
puntillas. Un remate
a punta de capote
fue antológico.
Manzanares pegó,
sueltos, lances
templados. No
siempre cargada la
suerte, volados los
brazos. En paralelo
a tablas le armó al
tercero una linda
primera parte de
faena. Sin ligar con
la izquierda,
tapando en exceso al
toro y abusando de
las pausas. No tuvo
unidad la faena. Un
pinchazo, una
estocada ladeada y
desprendida. El
encaje en los
muletazos que
abrieron tanda con
la derecha, en el
sexto toro, fue, con
diferencia la obra
mayor de Manzanares
en toda la tarde. Su
mejor señal. Entre
los solos del pifano
de un pasodoble se
oyeron
estremecedoramente
las voces de
Manzanares para
reclamar a un toro
que venía al engaño
y no de oídas. La
faena, sin apuesta
por la mano zurda,
perdió carácter en
cada corte, pero el
final, con
circulares
invertidos provocó a
la gente. Y pases de
pecho de los de
fundirse. Una
estocada a paso de
banderillas y
arrancando desde muy
largo. Letal.