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FICHA DEL FESTEJO |
Pamplona. 3ª de
feria. Lleno. Muy
caluroso.
Seis toros de
“Peñajara de Casta
Jijona” (José
Rufino). Corrida muy
aparatosa, de
variadas pintas. Muy
ofensivos segundo,
tercero y cuarto.
Cumplidores en el
caballo, salieron de
él rotos. Fue mal
común la falta de
fuelle, que no de
fijeza, pero el
tercero descolgó con
notable estilo. El
sexto, en el tipo
viejo de Contreras,
salió pronto y
celoso. Brusco un
primero severamente
castigado en vara
trasera; tardo y
aplomado el segundo;
apagado el cuarto;
adelantó por las dos
manos el quinto, que
fue el de menos
interés de los seis.
Diego Urdiales,
de grana y oro,
palmas y silencio.
Luis Bolívar,
de blanco y plata,
silencio en los dos.
Salvador Cortés,
de blanco y oro,
saludos tras un
aviso y silencio.

Salvador Cortés
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En el prólogo de
la media hora previa
a la corrida,
presentaron sus
credenciales las
peñas de sol: un
concierto afinado y
variado, salteado de
improvisaciones el
repertorio obligado.
Los que llegaron con
tiempo a la plaza
disfrutaron de todas
esas músicas. Entre
ellas se abrió hueco
con autoridad
irrefutable el vals
de Astrain, viejo
lema de los
sanfermines. La
música del Riau-riau.
Vigencia, por tanto,
de los clásicos,
siempre de moda.
Como el Te Deum de
Charpentier que se
corea en pie y no se
sabe si en son de
paz o de guerra. Muy
ceremoniosamente:
Pamplona.
Era el día del Santo
Patrón y presidía la
alcaldesa. Se
cumplió también el
rito: abucheos de
las peñas, pero no
hubo insultos esta
vez, y rendidas
ovaciones de la
mayoría de sombra.
Para hacer buena la
teoría de que sol y
sombra son dos
mundos en la plaza
de Pamplona. En la
disidencia política
vino a entrometerse
esta vez la causa
nacionalista
traducida en fútbol:
banderas alemanas en
las peñas de sol,
banderas españolas
en sombra. Estaba a
punto de jugarse en
Durban un
España-Alemania. Y
en Pamplona jugaban
los de Carlos I y
los de Carlos V. No
hubo muertos ni
heridos.
Tampoco en el
encierro, que fue de
los más rápidos de
los últimos años, de
los menos masivos y
de los más limpios.
Tardó en despegar la
manada, pero luego
los seis toros
corrieron los tres
tramos como bólidos.
Sólo vino un toro
negro, minoría
absoluta frente a
cinco de otras
pintas, y ese negro,
el de más kilos, el
más largo y
seguramente el más
bajo de los seis,
fue, por cierto, el
más en el tipo
original de
Contreras de la
ganadería: chato el
hocico, rizada
testa, acarneradito.
No tan ofensivo como
los demás. Pero tan
serio como
cualquiera de los
otros. El negro –un
Bandurrio de 640
kilos- fue el único
que perdió las manos
desparramado en el
encierro y es
probable que acusara
los efectos de esa
caída.
La corrida de
Peñajara, hierro que
volvía a sanfermines
al cabo de doce
años, salió mejor
para correrse en
encierro que para
torear por abajo, en
crudo y en directo.
Retinto albardado,
ensillado, el
primero, molido por
un primer puyazo muy
trasero y muy
sangrado, se empleó
en bruscos ataques
de corto viaje, como
disparos, y se
revolvía en un
palmo. Como tantos
toros de los que se
funden en el caballo
de pica. Diego
Urdiales, fino en el
saludo de capa,
tragó con los
ataques del toro y
hasta lo templó con
la zurda en una
tanda de limpio
encaje. Pausas y
paseos enfriaron al
toro, pero una
última tanda de
pases de costadillo
en cadeneta se
celebró. Y un par de
molinetes de
recurso. Una
estocada ladeada. No
rompió la faena del
todo la distancia o,
valga decir, el
hielo de las peñas.
Es que, aunque no lo
pareciera, estaban
frías.
No llegaron a entrar
propiamente en calor
en toda la tarde. El
segundo peñajara,
tardo, escarbador,
aplomado y
rebrincado, fue toro
de poca vida. Muy
desganado. Bolívar,
atrevido en el
recibo con una larga
cambiada de rodillas
en el tercio,
trajinó en los
medios antes de
cobrar una entera
soltando el engaño.
El tercero era un
cromo de cuadro
antiguo: como los
toros de los
carteles de Ruano
Llopis, Alcaraz o
Roberto Domingo.
Capirote en sardo,
calzado de las
cuatro manos,
ensabanado el lomo
ligeramente moteado,
rubiasco flequillo.
Tremendas velas:
acodada la cuerna,
formidable
artillería. Fue el
más noble de la
corrida y Salvador
Cortés se templó con
él por las dos
manos, en la
distancia y en
corto. Fue un
trabajo de buen
gusto, de rigor
técnico, mucha
serenidad y bastante
carácter. Algo
reiterativa la
faena, estuvieron de
más las pausas
exageradas que
rompían el ritmo. Un
pinchazo, una
estocada
desprendida. La
gente estaba por que
la cosa durara lo
justo y no animaron
a Salvador a dar la
vuelta al ruedo,
bien ganada. Se
aplaudió en el
arrastre al toro.
Llegó la hora de la
merienda, desenchufó
la mayoría y salió
un cuarto paso de
pitones, bizco,
anchísimo, de los
que no caben en los
engaños. Castaño
salpicado y
escapulado, muy
justas las fuerzas,
quebradas por tres
puyazos. Costaba
embarcarlo. Bien
colocado, Urdiales
acertó a hacerlo,
pero al lanzarse se
desinflaba el toro.
No hubo manera. Un
pinchazo y una
estocada. El quinto,
el de mayor volumen
pero no más cara,
adelantó por las dos
manos. A la
defensiva, por
tanto. Tardo, probón.
Más larga que
propiamente firme
una machacona porfía
de Bolívar. Un
metisaca, dos
pinchazos, una
entera atravesada.
Se hizo tal ruido
durante la lidia del
sexto que no pudo
precisarse si el
toro bramaba o no.
Probablemente. Otra
vez anduvo entero y
firme Salvador
Cortés, descarado.
No se desalentó,
pese a que la
retranca del toro
era incomodísima. En
las pausas se enfrió
el toro todas las
veces. Y la gente.
COLPISA -
Barquerito
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