CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                   

Pamplona 7 de Julio 2010

Firmeza de Salvador Cortés, ofensiva corrida de Peñajara

FICHA DEL FESTEJO

Pamplona. 3ª de feria. Lleno. Muy caluroso.
Seis toros de “Peñajara de Casta Jijona” (José Rufino). Corrida muy aparatosa, de variadas pintas. Muy ofensivos segundo, tercero y cuarto. Cumplidores en el caballo, salieron de él rotos. Fue mal común la falta de fuelle, que no de fijeza, pero el tercero descolgó con notable estilo. El sexto, en el tipo viejo de Contreras, salió pronto y celoso. Brusco un primero severamente castigado en vara trasera; tardo y aplomado el segundo; apagado el cuarto; adelantó por las dos manos el quinto, que fue el de menos interés de los seis.

Diego Urdiales, de grana y oro, palmas y silencio.
Luis Bolívar, de blanco y plata, silencio en los dos. Salvador Cortés, de blanco y oro, saludos tras un aviso y silencio.


Salvador Cortés

En el prólogo de la media hora previa a la corrida, presentaron sus credenciales las peñas de sol: un concierto afinado y variado, salteado de improvisaciones el repertorio obligado. Los que llegaron con tiempo a la plaza disfrutaron de todas esas músicas. Entre ellas se abrió hueco con autoridad irrefutable el vals de Astrain, viejo lema de los sanfermines. La música del Riau-riau. Vigencia, por tanto, de los clásicos, siempre de moda. Como el Te Deum de Charpentier que se corea en pie y no se sabe si en son de paz o de guerra. Muy ceremoniosamente: Pamplona.

Era el día del Santo Patrón y presidía la alcaldesa. Se cumplió también el rito: abucheos de las peñas, pero no hubo insultos esta vez, y rendidas ovaciones de la mayoría de sombra. Para hacer buena la teoría de que sol y sombra son dos mundos en la plaza de Pamplona. En la disidencia política vino a entrometerse esta vez la causa nacionalista traducida en fútbol: banderas alemanas en las peñas de sol, banderas españolas en sombra. Estaba a punto de jugarse en Durban un España-Alemania. Y en Pamplona jugaban los de Carlos I y los de Carlos V. No hubo muertos ni heridos.

Tampoco en el encierro, que fue de los más rápidos de los últimos años, de los menos masivos y de los más limpios. Tardó en despegar la manada, pero luego los seis toros corrieron los tres tramos como bólidos. Sólo vino un toro negro, minoría absoluta frente a cinco de otras pintas, y ese negro, el de más kilos, el más largo y seguramente el más bajo de los seis, fue, por cierto, el más en el tipo original de Contreras de la ganadería: chato el hocico, rizada testa, acarneradito. No tan ofensivo como los demás. Pero tan serio como cualquiera de los otros. El negro –un Bandurrio de 640 kilos- fue el único que perdió las manos desparramado en el encierro y es probable que acusara los efectos de esa caída.

La corrida de Peñajara, hierro que volvía a sanfermines al cabo de doce años, salió mejor para correrse en encierro que para torear por abajo, en crudo y en directo. Retinto albardado, ensillado, el primero, molido por un primer puyazo muy trasero y muy sangrado, se empleó en bruscos ataques de corto viaje, como disparos, y se revolvía en un palmo. Como tantos toros de los que se funden en el caballo de pica. Diego Urdiales, fino en el saludo de capa, tragó con los ataques del toro y hasta lo templó con la zurda en una tanda de limpio encaje. Pausas y paseos enfriaron al toro, pero una última tanda de pases de costadillo en cadeneta se celebró. Y un par de molinetes de recurso. Una estocada ladeada. No rompió la faena del todo la distancia o, valga decir, el hielo de las peñas. Es que, aunque no lo pareciera, estaban frías.

No llegaron a entrar propiamente en calor en toda la tarde. El segundo peñajara, tardo, escarbador, aplomado y rebrincado, fue toro de poca vida. Muy desganado. Bolívar, atrevido en el recibo con una larga cambiada de rodillas en el tercio, trajinó en los medios antes de cobrar una entera soltando el engaño. El tercero era un cromo de cuadro antiguo: como los toros de los carteles de Ruano Llopis, Alcaraz o Roberto Domingo. Capirote en sardo, calzado de las cuatro manos, ensabanado el lomo ligeramente moteado, rubiasco flequillo. Tremendas velas: acodada la cuerna, formidable artillería. Fue el más noble de la corrida y Salvador Cortés se templó con él por las dos manos, en la distancia y en corto. Fue un trabajo de buen gusto, de rigor técnico, mucha serenidad y bastante carácter. Algo reiterativa la faena, estuvieron de más las pausas exageradas que rompían el ritmo. Un pinchazo, una estocada desprendida. La gente estaba por que la cosa durara lo justo y no animaron a Salvador a dar la vuelta al ruedo, bien ganada. Se aplaudió en el arrastre al toro.

Llegó la hora de la merienda, desenchufó la mayoría y salió un cuarto paso de pitones, bizco, anchísimo, de los que no caben en los engaños. Castaño salpicado y escapulado, muy justas las fuerzas, quebradas por tres puyazos. Costaba embarcarlo. Bien colocado, Urdiales acertó a hacerlo, pero al lanzarse se desinflaba el toro. No hubo manera. Un pinchazo y una estocada. El quinto, el de mayor volumen pero no más cara, adelantó por las dos manos. A la defensiva, por tanto. Tardo, probón. Más larga que propiamente firme una machacona porfía de Bolívar. Un metisaca, dos pinchazos, una entera atravesada. Se hizo tal ruido durante la lidia del sexto que no pudo precisarse si el toro bramaba o no. Probablemente. Otra vez anduvo entero y firme Salvador Cortés, descarado. No se desalentó, pese a que la retranca del toro era incomodísima. En las pausas se enfrió el toro todas las veces. Y la gente.

COLPISA - Barquerito
 

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