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FICHA DEL FESTEJO |
El
torero jerezano
sufre una cogida de
lleno y muy
aparatosa, pero sale
milagrosamente
indemne y en gesto
profesional, vuelve
de la enfermería a
tiempo de matar el
toro
Pamplona. 7ª de San
Fermín. Lleno.
Caluroso. Más de
tres cuartos de
plaza. En acto de
protesta contra la
alcaldesa de
Pamplona, las peñas
de sol no acudieron
a los toros.
Seis toros de Miura.
Corrida
extraordinariamente
ofensiva, con
mayoría de toros
playeros, y de
desigual tipo.
Cumplieron en varas
los seis. Se
vinieron abajo
segundo, tercero y
cuarto, muy
deslucidos. Se movió
pronto el primero,
que fue el mejor;
salió noble un
apagado segundo;
incierto el sexto.
Juan José Padilla,
de tabaco y oro, una
oreja y silencio
tras un aviso.
Rafaelillo,
de carmín y oro,
saludos tras un
aviso y silencio
tras dos avisos.
Javier Valverde,
de corinto y oro,
silencio en los dos.

Juan José Padilla
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Insólito prólogo: la
plaza estaba
despejada pero el
paseíllo se hizo con
tres minutos de
retraso. Por motivos
desconocidos. No se
oyó el coro clásico
de miles de voces
que antes del paseo
tararea a compás el
Te Deum de
Charpentier. Ese
tarareo de un salmo
barroco es la música
de los toros de
Pamplona. Una de sus
señas de identidad.
Pero es que no
estaban las peñas,
que con su ausencia
y su silencio
hicieron patente, y
de manera muy
original, su
protesta contra la
alcaldesa de
Pamplona. Hay pleito
por medio, habrá
cambiado de cara
pero no de manos el
Ayuntamiento dentro
de un año y la
disputa de las peñas
será probablemente
agua pasada para
entonces. Sin el
fondo acústico de
las peñas, sin su
aportación tan
patente al
espectáculo de todas
las tardes, la
corrida quedó tocada
desde el arranque.
No parecía Pamplona.
Inmensa la mancha de
cemento en los
tendidos y andanadas
donde reina lo que
en la jerga del país
se llama, de
siempre, “la mocina”.
La corrida de Miura,
extraordinariamente
ofensiva, sí fue de
las de Pamplona,
pero no la mejor de
las muchas miuradas
que aquí se llevan
vistas, sentidas y
libradas. Estaba uno
de los héroes
predilectos de las
peñas y no peñas,
Juan José Padilla, y
estuvo a punto de
producirse una
tragedia fatal: el
primer miura lo
levantó por las
zapatillas, lo
prendió por la
entrepierna en un
ataque por la mano
izquierda, lo
derribó y buscó, lo
encunó y lo llevó
entre las astas
zarandeándolo un
buen rato. El toro,
encelado, arreaba a
su querencia de
corrales –tan propia
de los toros que han
corrido el
encierro-, no
soltaba la presa
porque la huida a
querencia lo cegaba.
Saltaron al quite
las cuadrillas, se
hizo interminable el
momento de angustia,
al fin cayó como un
fardo Padilla al
suelo.
A la enfermería con
él. Se vivió casi un
minuto de espanto, y
se sentía en el
ambiente. Rafaelillo,
segundo espada,
salió a escena
entonces para
cumplir con la
obligación de dar
muerte al toro. Pero
cuando, armado con
los trastos,
Rafaelillo hizo
ademán de ir al
toro, desde el
callejón y junto a
la enfermería
hicieron señales muy
visibles de que lo
dejara. ¡Porque iba
a salir Padilla! Y
salió. El gesto de
la feria. Con la
taleguilla hecha
girones, despojado
de la chaquetilla,
el rostro demacrado,
cojeando y
doliéndose. Pero con
la felicidad de
saberse indemne al
fin y al cabo. La
ovación fue de gala.
Y si llegan a estar
las peñas en su
sitio, se viene
abajo la plaza. Unas
manoletinas, la
igualada y una
estocada muy baja.
Una oreja, se pidió
otra.
El toro de la cogida
fue el de mejor
empleo de los seis
miuras, el que más
pronto se movió y,
por la mano derecha,
el de más recorrido
y mejor son. Padilla
lo toreó de capa con
variedad e ingenio
–largas cambiadas,
mandiles, verónicas,
media, revolera-,
prendió tres pares
de buena gasolina y
toreó con la derecha
con autoridad: al
estribo primero –y
ya el toro le mandó
un recado por la
mano izquierda- y en
el tercio después.
No se hizo de rogar
la música. “Camino
de rosas”. Una
bonita manera de
andar por delante al
toro en lo que
parecía final de
faena. No fue feliz
la idea de ponerse
por la izquierda
cuando el toro había
avisado ya dos
veces. Y, en fin, el
susto y el milagro.
Y ahí se acabaron
las emociones de una
corrida bastante
apagada y salpicada
por avisos que
castigaron el exceso
de metraje de dos
faenas de notable
destreza de
Rafaelillo, paciente
con un segundo
aplomado, tardo y
corto, y de verdad
resuelto con un
quinto de
impresionante percha
que, pegajoso el
aire, se le metió
por las dos manos si
no venía toreado por
delante. Con la mano
izquierda Rafaelillo
dibujó apuntes
seguros. Los dos
toros fueron a
menos. A los dos los
cazó con la espada
pero ninguna de las
dos estocadas tuvo
muerte y, a la hora
del descabello, el
quinto, que no
descubrió, trató de
hacer por él. Estuvo
a punto de caer un
tercer aviso.
Todavía
convaleciente de la
paliza tan terrible,
Padilla abrevió en
faena clásica de
aliño con un cuarto
playero,
descaradísimo,
degollado y
cornipaso que tomó
el engaño andando,
sin celo alguno.
Javier Valverde le
hizo al primero, que
rodó en costalada y
no tuvo poder, una
faena justificatoria,
de las de no pasar
gran cosa, y cortó a
tiempo cuando el
sexto, de soberbia
culata y
terroríficas vergas,
empezó a orientarse
por las dos manos. Y
a ver al torero
moverse.
COLPISA -
Barquerito
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