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FICHA DEL FESTEJO |
La
Feria del Toro, la
mejor de los últimos
años, se cierre con
una corrida
terciada. El Juli
cumple con mal lote;
Castella, dos orejas
del mejor de la
tarde. Firme Perera
Pamplona. 10ª de San
Fermín. Lleno.
Veraniego, algo de
viento fresquito.
Seis toros de
Francisco de Borja
Domecq Solís. Todos,
con el hierro de
Jandilla, salvo el
cuarto, que llevaba
el de Vegahermosa.
Corrida en tipo,
pero terciada para
ser de la partida de
Pamplona. Segundo y
tercero se emplearon
con buen son. El
primero, enfermo,
con llamativa
hinchazón de vientre
y pecho, escarbó
dolido y no se
empleó. El cuarto
escarbó afligido con
la cara entre las
manos: muy
deslucido. El quinto
se defendió en
regates y ataques de
toro a visado. De
más a menos un sexto
de buenos apuntes.
El Juli, de
violeta y oro,
silencio en los dos.
Sebastián Castella,
de perla y negro,
dos orejas y
saludos.
Miguel Ángel
Perera, de
moscatel y oro,
ovación en los dos.

Sebastián Castella
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La corrida que cerró
la octava de San
Fermín salió en
tipo, el tipo de
Jandilla, pero no en
la línea del toro de
Pamplona. Menos
armada y con menor
cuajo que cualquiera
de las siete
previas. Apenas
había escarbado
ningún toro en esta
feria –y es probable
pero no está probado
que la carrera del
encierro sea el
antídoto- y de
pronto dieron en
hacerlo como posesos
los dos del lote de
El Juli: un primero
abombado que,
corneado en los
corralillos o en el
encierro, tuvo que
ser inyectado antes
de saltar al ruedo,
y un cuarto que
metió la cara entre
las manos en señal
de mansedumbre.
Escarbar es señal de
muchas lecturas:
agresividad,
cobardonería,
reservonería,
incertidumbre. Todo
un poco.
Esos dos toros que
tanto escarbaron se
dejaron pegar en el
caballo. Y ya no
más. El primero,
inflado como de aire
o gas, abotargado,
parecía un globo a
punto de reventar.
Al escarbar se
encogía, y, al
encogerse,
olisqueaba y
remoloneaba. Ese era
su punto incierto.
El Juli lo lidió con
loable brevedad. No
más de dos docenas
de muletazos. No
estuvo de más
ninguno. Ni hubo
ninguno que no
tuviera su razón de
ser. Sin tiempos
muertos la faena.
Para que el toro no
pudiera ni pensar.
Toques de Julián
para decidir dónde y
cuándo. Y, en su
momento, una
estocada arriba.
El cuarto jandilla
escarbó antes de ir
el caballo. Picazón
o mansedumbre. Lo
que fuera. Lo propio
de tantas corridas
de Jandilla como se
han corrido en
Pamplona era su
templado arreo. Pues
este cuarto toro fue
al revés. Un par de
taponazos antes de
ponerse a trabajar y
la renuncia sin
disimulo cuando hubo
que emplearse. Ni en
los medios ni en las
rayas. En tablas, ya
afligidito, se
defendió del todo.
El Juli no le perdió
la cara ni tampoco
pasos. Lo cuadró
cuando convino,
agarró al segundo
viaje una estocada
trasera y al segundo
golpe de verduguillo
acertó. Y rodó el
toro, de tan pobre
nota. Cinqueño, 550
kilos, se llamaba
Exquisito. En el
encierro tan movido
y peligroso de la
mañana, el último de
los ocho de San
Fermín, ese toro
Exquisito hizo sudar
la gota gorda a
mozos y pastores. A
la hora de la
función cantó la
gallina.
Dos jandillas
hicieron los honores
al hierro: un
segundo salpicado,
arremangadito y
apuntado, muy bien
hecho, de pronto y
leve compás; y un
tercero colorado,
terciado, lavado, de
bondadoso carácter.
Con el segundo de
corrida se esmeró
Castella. Un
pastueño galope, una
embestida dulzona.
La cara alta en los
viajes por la mano
izquierda;
descolgado el toro
cuando vino tocado
por la derecha. De
coser y cantar la
faena porque el toro
tuvo codicia. Más
entrega que fondo.
Ningún misterio.
Castella anduvo a
placer. Los
circulares cambiados
y un cambio de manos
en un palmo
parecieron grandes
alardes. Una
estocada. Dos
orejas. Vivo y con
pies, el tercero
tuvo candor de
golondrina,
prontitud de
ardilla, la
docilidad sencilla
del toro-jandilla.
El toro ideal para
un torero recién
salido de cornada:
Perera. Firme y
vertical, seguro el
torero extremeño,
que se puso, abrió y
descaró sin pausas
ni dudas. Uno de
esos trabajos tan
suyos, tan de Perera:
sólido, estoico,
templado, grave.
El quinto hizo cosas
de las que sólo
hacen en Pamplona
los toros que acusan
el resabio del
encierro.
Perdigonazos
primero, fuego
graneado después,
cabezazos
defensivos. No de ir
por la presa sino de
sacudirse los
engaños. En uno de
los derrotes el toro
prendió a Castella
por la ingle y le
pegó una voltereta
que vino a
indisponerlo todavía
más. Pese a los
regates y pese a
sentirse blanco de
la diana, Castella
no se inmutó. La
forma de sostenerle
al toro el pulso fue
llamativa: por su
carga de seco valor.
Ese valor de no
darse ninguna
importancia. Lo
incierto del toro
aconsejó abreviar.
Cuadrar y matar.
El último toro de
San Fermín se
llamaba Filósofo,
negro mulato. De
ritmo vivo en la
partida primera. Y
con frescura Perera
toreó de capote: las
manos bajas y en
línea lances de
mucho castigo. En
corto las tomas del
toro y rápido el
dibujo, apurado. Dos
puyazos en regla
resultaron excesivo
castigo. En
banderillas esperó
el toro y en la
muleta sintió
enseguida el pulso
poderoso de Perera
como si fuera un
yugo. También
escarbó ese sexto y
último toro de la
feria. Que ha sido,
por lo demás, feria
de grandes toros.
Una docena y media
de buena nota. La de
Jandilla parecía de
pronto corrida de
otra feria. No
Pamplona.
COLPISA -
Barquerito
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