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FICHA DEL FESTEJO |
Santander. 1ª de
feria. Soleado,
templado. Casi
lleno. Al final del
paseíllo, un minuto
de silencio en
recuerdo de ilustres
aficionados
santanderinos
fallecidos durante
el último año.
Largísimo sin razón
el festejo: dos
horas y media
Seis novillos de
Miranda de Pericalvo,
de hechuras y
condición
desiguales. Bueno el
tercero; notables
apuntes del cuarto,
lastimado en el
primer tercio.
Mansearon primero,
segundo y sexto.
Asperote el quinto.
Novillada muy
desigual de
jandillas de Miranda
de Pericalvo. Al de
mejor aire y menos
trapío, tercero de
corrida, le corta
Alcalde una oreja.
Festejo de casi dos
horas y media
Thomas Dufau,
de violeta y oro,
saludos en los dos.
Juan del Álamo,
de escarlata y oro,
silencio tras un
aviso y silencio
tras dos avisos.
Mario Alcalde,
de perla y oro, una
oreja y ovación. .
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Salieron más
mansos que bravos
los dos primeros
novillos de Miranda
de Pericalvo. El
primero no quiso
pelear en el caballo
y enseguida hizo
señales de huirse.
Había tardado un
mundo en asomar; no
tanto en cantar la
gallina. El segundo,
romo de partida y
escobillado
enseguida, pegó sus
diez arreoncitos, y
no más, y, en cuanto
encontró el camino
de la puerta de
toriles y el olor de
los corrales, se fue
por ellos. El
francés Thomas Dufau
anduvo seguro con el
mansito primero, lo
tapó para sujetarlo,
se estuvo vertical,
no le arredró una
voltereta –lo
sorprendió el toro
al hilo del pitón y
no perdonó- y se
adornó con
espaldinas de los
años sesenta: del
repertorio de
Miguelín o de El
Cordobés legítimo.
Una estocada
trasera. Dufau dio
impresión de valor
natural: sereno.
Juan del Álamo lució
llamativo arrojo con
el novillo
escobillado, el de
querencia por las
puertas. El arranque
de faena, a toro
obligado, tuvo
carácter; también
una tanda gobernando
los viajes. Luego,
la faena derivó en
ataques excesivos:
en tablas una porfía
populista. Iba a ser
una tarde desdichada
del torero de Ciudad
Rodrigo con la
espada. A ese primer
novillo de lote lo
atravesó hasta dos
veces. La falta de
tino para
encontrarle la
muerte al toro se
pagó con un aviso.
El tercero,
cornicorto y brocho,
metió la cara con
alegría y, con sus
gotitas de
mansedumbre, se
movió y empleó.
Pronto y noble. El
mejor de los seis. A
pies juntos lances
abombados de Mario
Alcalde, que era el
novato de la terna:
sólo tres meses de
circulación en
novilladas picadas.
Los logros mejores
de muleta fueron a
pies juntos también.
Dócil, fue y vino el
novillo, muy
descolgado, buen
golpe de riñón. Una
faena entusiasta.
Donde dispuso el
toro y no el torero,
que llegó a la gente
con la electricidad
propia del toreo de
parones. Un
pinchazo, una
estocada sin
puntilla, la primera
oreja de la feria.
Los tres novillos de
la segunda parte
tuvieron más cuajo
que los de la
primera. Sólo que el
cuarto, de preciosa
lámina, derribó con
estrépito, salió
roto del derribo y
demasiado herido de
dos puyazos caídos.
Y lastimado de un
medio volatín. Otra
vez se vio a Dufau
vertical, sosegado y
formal. Y torear
despacio con las dos
manos. En distancia
y en corto. Con
naturalidad. Pero el
toro perdía las
manos al tercer
esfuerzo seguido. No
fue faena de tirones
ni de resistencia.
La flaqueza del toro
enfrió a la gente,
Una estocada
desprendida pero
bien cobrada.
Interesante torero.
El quinto, cabezón,
ancho de cuerna pero
no ofensivo, se
quedó crudo del
caballo. Como tenía
una chispa de
aspereza, tendía a
protestar. No fue
buena la idea de
Juan del Álamo de
atacar desde el
principio y de
hacerlo sin darle al
toro ni tiempo. Así
que la faena tuvo
una parte de gran
batalla y fue, por
cierto, combate
nulo. Largo el
trasteo: el segundo
asalto ya lo ganó
Juan, pero se había
apagado el ritmo
imprescindible.
Muchos pases. Buenos
los de pecho,
valerosos los
circulares. Y un
quinario con la
espada. Cuatro
pinchazos, media
estocada y un
descabello. Dos
avisos.
Retinto y ensillado,
el sexto fue más
toro que los otros,
derribó de bravucón,
cabeceó con genio,
se maleó en una
lidia desafortunada,
berreó como los
mansos que se duelen
y se fue del engaño
con agrio estilo. Si
se le buscaba o
encontraba, pegaba
trallazos. Y
entonces pareció
Alcalde lo que es:
un torero recién
salido del cascarón.
En tablas se libró
un desabrido cuerpo
a cuerpo. Alcalde
salió arrollado y
volteado en un
arreón de manso.
Pero acertó con la
espada en gesto
valeroso.
Colpisa - Barquerito
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