La fijeza de la corrida de Peñajara y, por tanto, su seria manera de emplearse: en el caballo, sin protestar, sino peleando; en banderillas y luego también. Aunque, zurrado en vara interminable, el sexto y último se apagara y claudicara; y aunque cabeceara en cortas y pegajosas embestidas un cuarto brusco. Los otros cuatro tuvieron, además de fijeza, buen son. Sorprendente carácter un quinto que, venido arriba, dejó marcada la cumbre de la corrida, que fueron dos soberbias tandas en redondo de Leandro. Pureza, temple, ligazón, compás, ajuste, ritmo.
Se retrató el torero vallisoletano por su mejor perfil: la calidad. Que la tiene. La decisión, más que suficiente; la imaginación necesaria. Compuesto empaque, pero un fondo riguroso. A veces se ha dicho que era torero agitanado este Leandro Marcos que un día, por consejo de Manolo Lozano –taurino de tres dimensiones y aguda visión-, decidió anunciarse como Leandro. A secas. Faena, ésa del encastado quinto, de torero largo. Capaz y orfebre. Un monumental remate de pecho a pies juntos fue joya. Vertical pero relajado. Muy suavemente. El toro, que galopó de salida pero no remató en el caballo, llevó muchas cosas dentro. Se vieron todas. Larga faena de torero largo. Y desigual por larga y porque la cumbre se vivió en la primera parte: torear Leandro sin catar ni probar; y decir el toreo caro a tiempo. Mejor antes que después.
Volcada la gente con Leandro. Se sintieron provocados muchos. Sensación de que el torero, anunciado en Madrid para finales de marzo, está. Está para empresas grandes. Un placer verlo torear con tanta facilidad. Y soltura. No matar: un bajonazo dejó sin premio la primera de sus dos faenas al noble segundo, de hermosa pinta sarda y precioso remate, que fue de mucho humillar, repetir con son y darse dulcemente. Descolgado, rompió a bueno el toro. De buena caligrafía una faena de tandas más cosidas que ligadas, sin soltar toro todas las veces. Notables el pulso, la colocación, la firmeza y la claridad de ideas de Leandro, que, además, dibujó con el capote cuatro lances embraguetados.
De manera que la primera de las dos corridas de Valdemorillo trajo regalos dentro. El primero y el tercero de la corrida de Peñajara, de hechuras distintas a las de los otros cuatro, más cortas las manos, más tupidas las cajas, fueron toros muy bondadosos. Un poco rebrincado el primero, que, justas las fuerzas, fue pronto y resistió bien. Abellán prefirió llevarlo tapado y no engancharlo, lo templó con seguro oficio, lo tuvo siempre en la mano. Trabajo de torero académico. Sólo que tardó en descubrir que el filón del toro estaba en la mano izquierda. Herido de estocada tendida y algo trasera, el toro tuvo muerte de bravo.
Codicioso y pronto, el tercero, bravo en el caballo, dio buen juego también. No terminó de templarse el aragonés Alberto Álvarez. Faena muy tropezada. Abellán anduvo resuelto con el cuarto, grandullón, casi 600 kilos, brusquito. Alberto Álvarez trató de lucir en alardes con el sexto: dos cites de largo, el pase cambiado por la espalda para abrir. Pero el toro tenía fundido los plomos.
Colpisa - Barquerito